San Pedro Bautista nace en San Esteban del Valle el año
1542, tres siglos más tarde que San Francisco. No pudo
conocerlo, naturalmente, pero posiblemente sí conoció
al gran reformador de su Orden, Pedro de Alcántara, famoso
y muy querido por las gentes de estos pueblos abulenses: San Esteban
del Valle, Mombeltrán, Cuevas, Guisando y sobre todo Arenas,
donde quiso venir a morir y donde yacen hasta el día de
hoy sus restos.
San Pedro de Alcántara había estudiado también
en Salamanca y no es improbable que su recuerdo se conservara
aún fresco entre algunos universitarios, máxime
al saberle ya famoso. Lo cierto es que, en 1567, a los cinco años
de morir San Pedro en Arenas (1562), el joven Pedro Blázquez
(Bautista) regresa de Salamanca, pide su ingreso en la Orden y
hace su noviciado en el convento de Arenas, junto al sepulcro
del gran contemplativo y penitente Pedro de Alcántara.
Aquí, en pleno fervor y rigor espiritual de la reforma
alcantarina forja su espíritu el joven novicio Pedro Bautista.
San Pedro de Alcántara no llegó a ir de misionero
entre los infieles, pero fue un gran misionero popular, conocido
como gran predicador. Como reformador y fundador de la Provincia
de San José supo infundir e impulsar la vocación
misionera de los hermanos que se iban incorporando a su reforma,
abriéndoles el espíritu y orientándoles hacia
los nuevos campos de misión que venían de descubrir
algunos de sus paisanos cacereños, el así llamado
Nuevo Mundo. En este sentido hay que decir que San Pedro de Alcántara
y su reforma conectan con la más genuina tradición
de la Orden fundada por San Francisco. Además, la Provincia
franciscana que nace con San Pedro Bautista en Filipinas nace
en pleno campo de misiones entre infieles y ha perseverado allí
hasta este siglo, en que Filipinas se ha emancipado y convertido
en Provincia franciscana autóctona y autónoma. Y
Filipinas, gracias a la acción misionera de promoción
integral de los franciscanos, y también de otros institutos,
hoy es el enclave cristiano más importante de Extremo Oriente.
Pedro Bautista profesa en 1568, al año de ingresar. Al
venir con los estudios eclesiásticos ya hechos, incluso
con la orden del diaconado, fue muy pronto ordenado sacerdote
y destinado por los superiores al apostolado de la predicación
y a la formación en la provincia. Parece que no le llenaba
esta tarea. A un cierto momento debió de sentir la llamada
del Señor: «Pedro, rema mar adentro». Y siguió
la inspiración. El clima que se respiraba en toda la península
favorecía este impulso. Tras un serio discernimiento, un
buen día presentó su moción a los superiores,
como ordena la Regla (cap. 12), y obtuvo el visto bueno para incorporarse
a un grupo de religiosos que iban a partir rumbo a Nueva España
(Méjico).
Era el año 1581. Para allí se embarcó y
allí permaneció y trabajó por espacio de
casi tres años. Fue como su noviciado misionero. Vio muchas
cosas y la experiencia le serviría de gran ayuda para el
resto de su vida. Pero él nunca pensó que Méjico
era la estación terminal de su aventura. Su objetivo, como
el de todos los hermanos de hábito fue siempre China y
Japón. Filipinas, con respecto a su ideal, venía
a ser como una escala para repostar, no para echar raíces.
Llegó a Manila como Comisario el año 1584. Cumplido
su cometido, se entregó sin demora a la labor misionera
con el celo y el entusiasmo que le permitían las circunstancias.
¡Tan cierto es que sólo el amor es misionero! El
amor que arde en el corazón de los hombres. Este es el
secreto del ardor misionero de Pedro Bautista. Pero ¿cómo
predicar a los nativos sin apenas conocer su lengua? Recurre a
las obras. Entra en contacto con los ambientes más pobres
y necesitados. Visita y cura a los enfermos. Levanta para ellos
residencias y hospitales y se convierte en médico de los
cuerpos y de las almas. Los primeros destinatarios de este nuevo
misionero y de sus compañeros de religión fueron
los leprosos y los pobres, como lo fueron para San Francisco (cf.
Test 3). Si esto causó impresión en Filipinas aun
entre algunos cristianos y eclesiásticos empleados en la
labor misionera, llegó a causar alarma entre los políticos
cuando públicamente alzó la voz en defensa de los
derechos conculcados de los pobres.
Su amor apostólico le llevaba a ser «estropajo de
los leprosos» y abogado defensor de los sin voz, injustamente
maltratados y explotados, a veces, por los colonizadores y encomenderos.
Pedro Bautista ya había sido testigo de ello en Méjico
y sabía de boca de los indígenas lo que marcaba
la diferencia para ellos entre el misionero franciscano e incluso
otros misioneros. Lo recoge el historiador mexicano Miguel León:
«A los indígenas les gustan los franciscanos porque
estos andan pobres y descalzos como nosotros, comen lo que nosotros,
asiéntanse entre nosotros, conversan entre nosotros mansamente...
Con su amor y caridad atraen tanto a ricos como a pobres..., mucho
más a los indios pobres. Nunca se halló pleito ni
quejas de los bienaventurados hermanos».
Los malolientes indios y leprosos que detestaban incluso algunos
misioneros, les olían a cielo a los franciscanos en Méjico,
Filipinas y Japón, sigue diciendo el mismo autor. Otro
observador veraz de los hechos comenta: «Mientras nosotros
en nuestras pesquerías damos muerte a los indios, estos
hijos de San Francisco han preferido morir por ellos» (Rodrigo
de Niebla, cronista). Esta ha sido otra constante histórica
de la Orden.
Pedro Bautista conocía muy bien todo esto y lo había
asimilado por ser y responder al método recomendado por
San Francisco en la primera Regla, que dice: «... y los
hermanos que van entre sarracenos y otros infieles, pueden comportarse
entre ellos espiritualmente de dos modos. Uno, que no promuevan
disputas y controversias, sino que se sometan a toda humana criatura
por Dios, y confiesen que son cristianos. Otro, que cuando les
parezca que agrada al Señor, anuncien la Palabra de Dios
para que crean, se bauticen y hagan cristianos» (1 R 16).
Se trata no de imponer, sino de proponer, no tanto de demostrar
con argumentos, cuanto de mostrar con la vida y las obras. El
amor es praxis. San Pedro hizo experiencia en Filipinas de que
el mejor soporte del misionero era la vida escondida con Cristo
en Dios, es decir, la contemplación, la austeridad de vida
expresada en la penitencia, la descalcez y, sobre todo, en la
pobreza evangélica, elementos todos nucleares y vertebradores
de las ordenaciones de la reforma Alcantarina profesada por el
santo y sus compañeros.
Y aprendió, igualmente por experiencia, que el mejor púlpito
para el misionero franciscano eran los hospitales y las escuelas
erigidas al lado de las iglesias pobrecillas y los conventos para
atender a los pobres y enfermos y para sacar a todos de las tinieblas
de la ignorancia y el error.
Cuando sonó la hora de Dios y Pedro Bautista fue designado
embajador de Felipe II ante el emperador del Japón Taikosama,
trasvasó con él su metodología misionera
al Japón también. Al emperador nunca le inquietó
este nuevo modo de vivir y actuar de los nuevos misioneros; al
contrario, le complacía, y por eso les prometió
toda suerte de ayuda. A su oferta de hijos, él respondió
que sería su padre.
La novedad introducida por Pedro Bautista y sus hermanos franciscanos
de la descalcez causó profunda impresión en el ámbito
japonés, no por la misión diplomática de
Pedro Bautista, sino porque mostraban un talante propio, distinto
del de otros misioneros, pues a ninguno de éstos habían
visto los nativos descender a lavar a los leprosos, curarlos y
hasta besar sus heridas, andar descalzos y con el hábito
remendado, vivir de limosna y a la intemperie como los más
pobres, menospreciar las riquezas, etc. Esto produjo necesariamente
división de opiniones y posturas: en algunos, celotipia;
en otros, incluso gentiles, admiración y estima.
Fray Juan Pobre, excelente reportero de los acontecimientos,
recoge en su Historia comentarios como éste: «...
su ley es la mejor de todas, y que debía haber algún
premio en la otra vida, pues en ésta curaban a los leprosos,
que tanto en Japón aborrecían». Los frailes
eran noticia en todo Japón. De todas partes llegaban al
hospital de Miyako y al de Nagasaki sobre todo leprosos para comprobar
cosa tan extrema. Al constatarlo con sus propios ojos, un testigo
que aún era gentil comenzó a predicar a los leprosos
diciendo: «Tened en mucho esta obra maravillosa que estos
extranjeros blancos hacen con vosotros... Y mirad que seáis
agradecidos, pues no hay padre ni madre que tal haga con sus hijos
cuando están leprosos; cortarles sí y matarlos,
mas regalarlos así, como éstos hacen con vosotros,
nunca tal se ha visto en Japón».
Fácil es suponer la fuerza de atracción que paulatinamente
comenzó a ejercer la vida y comportamiento de los nuevos
misioneros. Lo que nos resulta difícil de comprender es
que al mismo tiempo y por la misma razón fueran conminados
a abandonar la misión de Japón. El historiador jesuita
padre Frois tacha a los franciscanos de imprudentes y temerarios
por su metodología misionera. Y el mismo obispo, Pedro
Martínez, de la Compañía de Jesús,
invocando la autoridad papal y la suya, les prohibió toda
actividad apostólica y asistencial, y hasta la mendicación
para sobrevivir, con objeto de que abandonaran su campo de misión
en Japón.
Las causas y acusaciones eran tan infundadas que forzaron una
réplica bien ponderada del pacífico embajador, Pedro
Bautista, que revela la talla de su enorme personalidad humana
y evangélica. En una carta preciosa dirigida al obispo
le dice entre otras cosas: «Y también advierta
vuestra Señoría que nuestros Breves (documentos
pontificios) los han examinado doce teólogos y un doctor
en leyes, y todos nos obligan, so pena de pecado mortal, a no
dejar las almas del Japón. Y cuando V. Señoría
por fuerza y, como dicen, nos quisiera tomar por hambre, como
parece lo ha mandado vedándonos las limosnas, sepa que
aunque coma hojas de árboles no tengo que dejar el Japón
hasta que lo mande el Papa y el Rey muy bien informados; porque
tanto como esto conviene hacer por las almas que Cristo nuestro
Redentor con su sangre redimió» (Carta de finales
de 1596).
Pedro Bautista y sus compañeros, animados por el espíritu,
el celo y el amor, a pesar de tantas dificultades, no pasaron
a la clandestinidad sino que se mantuvieron a cara descubierta
junto al necesitado hasta el día en que les encarcelaron.
La pobreza franciscana siembra amor y florece en bienaventuranza,
pero tiene un precio. Pedro Bautista y sus compañeros lo
comprobaron cuando por la causa del evangelio les pidieron la
vida en el calvario de Nagasaki y generosamente la dieron. Les
cerraron la boca, pero los pobres siguen gritando: «Pedimos
con lágrimas y suplicamos que no solamente estos padres
no se vayan, mas que antes, para nuestro consuelo, se multipliquen
en Japón» (de la carta firmada por los pobres
enfermos y leprosos de los hospitales de San José y Santa
Ana, que son ochenta).
Pedro Bautista realizó el sueño acariciado por
San Francisco: Rubricar con la propia sangre del martirio el anuncio
del Evangelio como verdadero fraile menor.
(José Alvarez, ofm)