Leyenda
de Sta. Clara Proceso
de canonización
Clara nació en Asís, pequeña
ciudad italiana de la Umbría, en el año 1193 ó
1194, en el seno de una de las familias de la nobleza ciudadana,
del matrimonio Favarone de Offreduccio y Ortolana. El domicilio
familiar, el espacio propio de la vida de la mujer de la aristocracia,
se encontraba en el corazón de la ciudad: la plaza de la
catedral de San Rufino.
De su educación humana y religiosa se hizo cargo su madre,
una mujer fuerte que lograba integrar la gestión de la
casa con sus peregrinaciones -una de las expresiones del resurgir
religioso de los siglos XII y XIII- a Roma, Tierra Santa, Santiago
de Compostela y diversos santuarios de Italia; que cuida personalmente
la atención a los numerosos pobres existentes en una población
de rápido crecimiento demográfico, por el gran flujo
migratorio que surge del paso de los señores feudales a
las ciudades libres, del campo a la ciudad. De su madre recibe
Clara su espíritu emprendedor, su delicadeza y sensibilidad,
su preocupación religiosa y por los pobres, y el gusto
por la oración, ya en su juventud, como se desprende del
testimonio de los testigos del Proceso de canonización
de la Santa.
Las fuentes biográficas guardan silencio sobre todo lo
que se refiere a la formación recibida en el hogar familiar
o fuera de él. Cabe suponer que, dado su origen noble,
su formación cultural iría más allá
de lo que era habitual, especialmente para una mujer, cosa que
parecen corroborar sus escritos, aunque es evidente la presencia
en ellos de la mano de colaboradores. Es de suponer también
que, según las costumbres de la época, fuera educada
en las tareas de hilar y tejer, arte que cultivó especialmente
la Santa en sus últimos años, cuando la enfermedad
la mantuvo postrada, «confeccionando corporales para las
iglesias del valle y de los montes de Asís» (Proceso
1,11). Y hay que pensar asimismo que recibiría una educación
en las formas y la cultura cortesanas, y por ello en las gestas
de los héroes y los santos, y que, llegada la edad oportuna,
sería preparada para el matrimonio con algún otro
miembro de la nobleza, y que, desde los ideales de la mujer-esposa,
tratarían de inculcar en ella actitudes como el sometimiento,
la prudencia, el silencio, la reserva y la humildad.
Siendo todavía niña, la guerra en Asís entre
pueblo y burguesía contra la vieja nobleza feudal obligó
a la familia de Clara a exiliarse, hacia 1201 ó 1202, en
la vecina ciudad de Perusa, siendo ello ocasión para que
el pueblo y la burguesía de Asís le declararan la
guerra. El ejército asisiense fue derrotado en la batalla
de Collestrada, y Francisco de Bernardone (Francisco de Asís)
hecho prisionero, siendo liberado un año más tarde,
después del pago de su rescate. Firmada la paz entre Asís
y Perusa, la familia de Clara regresa a Asís, hacia 1205.
A su vuelta Clara hubo de hacerse poco a poco a su ciudad, que
tanto había cambiado en los últimos años.
En seguida comenzó a oír hablar de algo que iba
a influir de manera decisiva en su vida: la conversión
del joven Francisco, «el rey de la juventud de Asís»,
hijo del rico comerciante Pedro Bernardone, exponente significativo
de la burguesía naciente: renunciando a su vida fácil,
había comenzado una vida de penitencia, retiro y oración,
conviviendo con los pobres y leprosos, a los que ayudaba generosamente
con los bienes de su familia. Poco después de su llegada,
la propia Clara oyó, y hasta tal vez fue testigo en la
plaza donde se alzaba el domicilio familiar, de la renuncia de
Francisco ante el obispo a todos los bienes e incluso a sus vestidos
en manos de su padre.
Recluida en el hogar familiar, según era propio de las
jóvenes de la aristocracia, Clara siguió siempre
con un secreto interés los rumores populares sobre los
pasos del joven convertido. A sus oídos llegó la
noticia, que ella recuerda más tarde en su Testamento,
de que restaurando la ermita de San Damián había
dicho a los que por allí estaban: «Venid y ayudadme
en la obra del monasterio de San Damián, porque en él
vivirán unas señoras, con cuya famosa y santa vida
religiosa será glorificado nuestro Padre celestial»
(Testamento, 13-14). Supo también Clara que inmediatamente
se habían unido a Francisco algunos otros jóvenes
de la ciudad: unos, miembros de la vieja nobleza, otros, de la
nueva burguesía, y otros, finalmente, gentes del campo,
artesanos..., y que, conseguido del papa Inocencio III el reconocimiento
oficial de su forma de vida y regla, se habían establecido
en la ermita de Santa María de los Ángeles, actuando
como predicadores pobrísimos itinerantes, predicando en
iglesias y plazas, y viviendo del trabajo de sus manos y de la
limosna.
De la vida de Clara en estas fechas da fe en el Proceso de canonización
uno de los sirvientes de la casa paterna, quien dice que, «aunque
la corte de su casa era una de las mayores de la ciudad y en ella
se hacían grandes dispendios, los alimentos que le daban
como en gran casa para comer, ella los reservaba y ocultaba, y
luego los enviaba a los pobres... Y ella llevaba bajo los otros
vestidos una áspera estameña de color blanco. Dijo
también que ayunaba y permanecía en oración,
y hacía otras obras piadosas, como él había
visto» (Proceso 10,1-5). Entre los pobres a los que llega
su solidaridad están también Francisco y sus primeros
compañeros en Santa María de los Ángeles.
Entretanto, la familia de Clara pretende unirla en matrimonio
«según su nobleza, con hombres grandes y poderosos.
Pero la joven, que tendría entonces aproximadamente 18
años, no pudo ser convencida de ninguna manera, porque
quería permanecer virgen y vivir en pobreza» (Proceso
19,2).
TRAS LOS PASOS DE FRANCISCO DE ASÍS
Clara quedó fuertemente impresionada por la «conversión»
de Francisco, cuya forma de vida le interrogaba profundamente,
y, poco a poco, durante unos cinco años, fue madurando
en ella la idea de compartir su «forma de vida y pobreza».
Con este fin se encontró en varias ocasiones con el Santo,
haciéndolo a escondidas, dadas las lógicas resistencias
del ambiente familiar y la necesidad de mantener a salvo la «buena
fama» de una mujer de su clase. Clara le informó
de su propósito, que Francisco alentó; por lo que,
en la noche del Domingo de Ramos de 1212, después de haber
vendido los bienes de su dote para el matrimonio y distribuido
lo recabado entre los pobres [?], Clara se fugó de la casa
paterna, y, en Santa María de los Ángeles, donde
la esperaban Francisco y sus compañeros, el Santo aceptó
su consagración a Dios.
Francisco la llevó seguidamente al monasterio benedictino
de San Pablo de las Abadesas, en Bastia Umbra, uno de los más
importantes y ricos de la comarca, con el fin de defenderla frente
a la más que probable ira de la familia, y a la espera
de clarificar cuál había de ser su forma de vida
y su participación en la vida de su fraternidad. Conocedores
de su paradero, los familiares -que, tal vez, hubieran podido
aceptar de ella una opción por la vida monástica,
pero que considerarían, sin lugar a dudas, una bajeza inaceptable
su opción «franciscana»- quisieron sacarla
por la fuerza del monasterio, cosa que no lograron tanto por la
firmeza de Clara y el hecho de hacer constar su consagración
a Dios, como por el derecho de asilo de que gozaba el monasterio.
Después de una breve estancia en San Pablo, Clara pasó
a la comunidad de Santo Ángel de Panzo, a las puertas de
Asís, donde un grupo de mujeres religiosas vivían
vida común. Buscaba con ello una forma de vida más
conforme a la que llevaban Francisco y sus hermanos. Estando en
Santo Ángel se le unió su hermana Inés, Santa
Inés de Asís, que, en las manos de Francisco, se
consagró también a Dios. En breve se les unieron
otras compañeras, y, según el testimonio de la Santa
en su Testamento, todas ellas prometieron voluntariamente obediencia
a Francisco (Testamento 24-25).
Pocas fechas más tarde Clara y sus primeras hermanas se
establecieron en San Damián -por lo que se las conocerá
en seguida como damianitas-, y recibieron de Francisco la «Forma
vitae», con la que tenía lugar su plena incorporación
a la fraternidad franciscana, después de sus tanteos monásticos
y penitenciales. De ello da fe la propia Clara en su Regla, cuando
dice: «Y considerando el bienaventurado padre [Francisco]
que no temeríamos pobreza alguna, ni trabajo, ni tribulación,
ni afrenta, ni desprecio del mundo, sino que, al contrario, todas
estas cosas las tendríamos por grandes delicias, movido
a piedad escribió para nosotras la forma de vida»
(RCl 6,2-3), «con el propósito, sobre todo -añade
la Santa en su testamento- de que perseveráramos siempre
en la santa pobreza» (TestCl 33).
LA LARGA LUCHA POR «EL PRIVILEGIO DE LA POBREZA»
Aunque en los últimos decenios habían comenzado
a surgir en Italia y otros lugares del mundo cristiano comunidades
de mujeres religiosas con ideales más o menos similares
a los de las hermanas de San Damián, la forma de vida de
éstas chocaba con los modelos preexistentes y comúnmente
aceptados de vida religiosa. Por esto, es más que probable
que se vieran rodeadas durante algún tiempo de una cierta
incomprensión general, así como de la actitud prudente
y recelosa de la autoridad eclesiástica que, en el Concilio
Lateranense IV (1215), prohibía nuevas formas y comunidades
religiosas al margen de las reglas tradicionales, teniendo en
el punto de mira, sobre todo, las nuevas comunidades religiosas
femeninas, que no raras veces habían ido surgiendo sin
una regla precisa y hasta sin el reconocimiento del obispo respectivo.
Como consecuencia de ello, Clara y sus hermanas se vieron obligadas
a aceptar la Regla benedictina, poco acorde con la forma de vida
y pobreza de San Damián. Pero la Santa no se resignó
a ello, y para salvaguarda de la originalidad de su inspiración
y de las peculiaridades de su vida religiosa en pobreza-minoridad,
fraternidad y contemplación, solicitó y consiguió
del papa Inocencio III, salvadas las lógicas resistencias,
el insólito privilegio, llamado Privilegio de la pobreza,
de poder vivir sin privilegios, sin rentas ni posesiones, siguiendo
las huellas de Cristo pobre. Entretanto Francisco dejó
totalmente en manos de Clara el gobierno de su comunidad, pasando
a ser su abadesa, cargo que ella asumió, según escribe
su primer biógrafo, «porque la obligó el bienaventurado
Francisco» (Leyenda 12).
La decisión del Lateranense IV no fue óbice, sin
embargo, para que algunos eclesiásticos siguieran alentando
las nuevas comunidades religiosas femeninas, como es el caso del
cardenal Hugolino, quien consiguió poner bajo la protección
de la Santa Sede a algunas de estas comunidades, a las que ayudó
para que consiguieran terrenos en los que construir sus casas-monasterios,
y rentas con las que asegurar su vida. El mismo Hugolino redactó
para ellas unas «Constituciones» como legislación
propia al lado de la Regla benedictina, con las que se trataba
de salvaguardar su inspiración, al tiempo que insistía
en su opción de clausura. Aunque las diferencias existentes
entre estas comunidades y la de San Damián eran claras,
comenzando por el aspecto exterior del lugar donde habitaban Clara
y sus hermanas -más parecido a los eremitorios de los hermanos
de Francisco que a un sólido monasterio-, en 1219, estando
Francisco en Oriente, el cardenal Hugolino puso a la comunidad
de San Damián bajo las Constituciones por él elaboradas.
Pero la Santa no se sintió a gusto con ellas, pues aunque
en temas de pobreza podía hacerse fuerte con su Privilegio
de la pobreza, no le bastaba esto para hacer valer la originalidad
franciscana de su inspiración.
En el Proceso de canonización (6,6; 7,2) leemos un particular
relativo a estas fechas, de excepcional importancia a la hora
de entender la novedad del ideal de vida religiosa de Clara y
sus hermanas: cuando se enteró del martirio de los primeros
Hermanos Menores en Marruecos (año 1220, 16 de enero),
expresó su deseo de ir allí para sufrir también
ella el martirio en testimonio de la fe.
El 29 de noviembre de 1223, el papa Honorio III aprobaba, mediante
bula, la Regla de Francisco para los Hermanos Menores, con lo
que Clara comenzó a soñar con acogerse a ella, liberándose
de la Regla benedictina y las Constituciones hugolinianas. Pero
por el momento hubo de soportar la tensión de la espera,
al tiempo que veía a Francisco aquejado por un sinnúmero
de dolencias y, lo que para él y ella era peor, abatido
y angustiado porque una parte de sus hermanos parecía haber
olvidado la primitiva radicalidad evangélica de la pobreza
y la humildad. En los primeros meses de 1225, antes de emprender
viaje a Rieti en busca de cuidados médicos, el Santo quiso
despedirse de las hermanas de San Damián. El agravarse
de sus muchas dolencias le obligó a permanecer allí
algunas semanas, circunstancia que ofreció a Clara la oportunidad
de ayudar a Francisco a liberarse de las garras de la noche de
su espíritu. «Por una de esas intuiciones, propias
y frecuentes en las mujeres más entusiastas y más
puras -escribe Paul Sabatier-, Clara había penetrado hasta
el fondo en el corazón de Francisco, y se había
sentido arrebatada por la misma pasión que él; lo
fue hasta el fin de su vida. No sólo defendió a
Francisco y su inspiración frente a los demás, lo
defendió frente a él mismo. En esas horas sombrías
del desaliento, que turban tan profundamente las almas más
bellas, y esterilizan los más grandes esfuerzos, Clara
se encontró a su lado para mostrarle el camino seguro»
(P. Sabatier, Francisco de Asís, Barcelona, 1986, 154).
Y recobrada la paz de su espíritu, Francisco, hecho físicamente
todo él una llaga y casi ciego, compuso entonces la primera
parte del Cántico de las criaturas y su Exhortación
cantada para Clara y sus hermanas, invitándolas a perseverar,
con gozo y alegría, en su forma de vida y pobreza.
En la tarde del 3 de octubre de 1226, moría Francisco
en Santa María de los Ángeles. Al día siguiente
tuvo lugar el traslado de su cuerpo a la iglesia de San Jorge.
A su paso por San Damián, Clara y sus hermanas pudieron
darle su último adiós. La muerte del «padre
Francisco», a quien Clara había considerado siempre
su «columna», su «único consuelo después
de Dios» y su «apoyo» (TestCl 38), supuso para
ella un gran vacío; pero lejos de alejarla de su propósito,
avivó en ella el fuego de la fidelidad al camino evangélico
franciscano.
LA PRIMERA MUJER FUNDADORA,
AUTORA DE UNA REGLA
El 16 de julio de 1228, el cardenal Hugolino, ahora papa Gregorio
IX, presidió en Asís la ceremonia de canonización
de San Francisco, aprovechando la ocasión para visitar
a Clara, a quien profesaba una profunda estima. Quiso urgirla
para que aceptara propiedades con las que asegurar la vida del
monasterio; pero «Clara se le resistió con ánimo
esforzado y de ningún modo accedió. Y cuando el
pontífice le responde: "Si temes por el voto, nos
te desligamos del voto". Le dice ella: "Santísimo
padre, a ningún precio deseo ser dispensada del seguimiento
indeclinable de Cristo"» (Leyenda 14). Y la Santa consiguió
arrancar entonces del Papa la confirmación del privilegio
de la pobreza, que más tarde extendió a otros de
los monasterios surgidos según el modelo y la inspiración
de San Damián.
En los años siguientes, Clara tuvo que asumir una cierta
soledad en su lucha, agudizada por el sufrimiento de ver divididos
a los Hermanos Menores en la interpretación de los ideales
de Francisco, que, en la complementariedad de su vocación,
eran también los suyos. Pero la fe de Clara y su amor inquebrantable
a la herencia de Francisco hizo que San Damián se convirtiera
en el santuario de la fidelidad a los orígenes franciscanos,
y Clara en la mejor intérprete del franciscanismo.
La enfermedad apareció en seguida en el horizonte de la
Santa, y se hizo su compañera de camino en medio de la
monotonía de lo cotidiano, rota ocasionalmente por algún
que otro suceso excepcional, como el ingreso en San Damián,
hacia 1229, de Beatriz, la hermana pequeña de Clara, y,
poco después, de su madre Ortolana; o el asalto a San Damián,
en 1240, de las tropas sarracenas, pagadas por el emperador Federico
II, que pretendía imponer su autoridad en Asís:
Clara «manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la
puerta y la coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí
la caja de plata donde se guardaba con suma devoción el
Cuerpo del santo de los santos... Y de inmediato los enemigos
se escaparon deprisa por los muros que habían escalado»
(Leyenda 22). Al año siguiente, un nuevo suceso bélico
vino a turbar la paz de San Damián: Asís era asediado
por Vital de Aversa, al frente de las tropas imperiales; y la
ciudad se vio liberada del asedio por la oración de Clara
y sus hermanas.
Imperturbablemente fiel, con el ardor del enamorado, a su forma
de vida evangélica y pobreza, tras las huellas de Cristo
Siervo, Clara siguió anhelando poder acogerse a la Regla
de Francisco, cosa que consiguió parcialmente en 1247,
con la Regla o forma de vida dada por Inocencio IV para la Orden
de San Damián, por la que la Regla de San Benito era sustituida
por la de San Francisco en la fórmula de la profesión,
al tiempo que pasaban a ser norma legal las modificaciones autorizadas
hasta entonces a las damianitas en relación con las Constituciones
hugolinianas. Mas tampoco pudo Clara quedar satisfecha con la
nueva regla, que no recogía adecuadamente su ideal evangélico
franciscano, y autorizaba la posesión de toda clase de
bienes en común; por lo que las hermanas de San Damián,
haciendo valer su privilegio de la pobreza, no se sintieron obligadas
a su observancia.
La Regla de Inocencio IV encontró también fuertes
resistencias en algunos otros monasterios, por lo que, tres años
más tarde, el mismo papa declaraba que no era su intención
imponerla, ocasión que aprovechó Clara para presentar
a la aprobación pontificia su propia Regla franciscana,
redactada teniendo como base la Regla de Francisco y los escritos
del Santo para las hermanas de San Damián. En septiembre
de 1252, el cardenal Rainaldo, en su condición de cardenal
protector de la Orden de los Hermanos Menores y de la Orden de
San Damián, aprobó en nombre del papa, para el solo
monasterio de San Damián, la Regla de Clara.
Desde hacía algunos meses la enfermedad mantenía
postrada en el lecho a la Santa; haciendo temer en más
de una ocasión su próxima muerte, Clara dictó
su Testamento. En el proceso de canonización, las hermanas
de San Damián narran un hecho prodigioso que habría
tenido lugar en la nochebuena de ese mismo año: forzada
la Santa a permanecer en cama, no pudo participar de la liturgia
de la nochebuena; lamentándose afectuosamente de ello ante
el Señor, pudo ver desde su propio lecho a los Hermanos
Menores que celebraban la Eucaristía en la basílica
de San Francisco en Asís, y unirse a su celebración.
Es ésta la razón por la que el papa Pío XII
la nombró, en 1958, patrona de la televisión.
En los primeros días de agosto de 1253, el papa Inocencio
IV visitó a la Santa en su lecho de muerte, ocasión
que aprovechó ella para pedir la aprobación pontificia
de su Regla para la Orden de Hermanas Pobres, cosa que le fue
concedida, mediante bula, el 9 de agosto. En el pergamino original,
en la parte superior del mismo, se lee, escrito por el propio
papa: «Hágase según se pide»; y al final
del mismo: «Por las razones conocidas por mí y por
el [cardenal] protector del monasterio, hágase según
se pide». En el exterior del mismo pergamino puede leerse
también: «Clara la tocó y la besó muchas
veces».
MUERTE Y GLORIFICACIÓN
Ahora sí podía descansar en paz: paz para su débil
y frágil cuerpo, y paz para su vigoroso espíritu,
que buscó siempre, por encima de todo, «seguir la
pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo» (RCl
12), y tuvo como su mayor delicia el encuentro con Aquel de quien
dice, en su última carta a Santa Inés de Praga,
que «su amor enamora, su contemplación reanima, su
benignidad llena, su suavidad colma, su recuerdo ilumina suavemente,
su perfume hace revivir a los muertos y su visión gloriosa
hace dichosos a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial»
(4 CtaCl 11-13). En su serena y confiada agonía, se le
oyó decir, refiriéndose a sí misma: «Ve
segura, porque llevas buena escolta para el viaje. Ve, porque
aquel que te creó te santificó, y, guardándote
siempre, como la madre al hijo, te ha amado con amor tierno. Bendito
seas, Señor, porque me creaste» (Leyenda 46).
Dos días más tarde, el 11 de agosto de 1253, moría
Clara en San Damián, y al día siguiente era enterrada
en la iglesia de San Jorge en Asís. Presidió los
funerales el papa Inocencio, quien «en el momento en que
iban a comenzar los oficios divinos y los hermanos iniciaban el
de difuntos..., dice que debe rezarse el oficio de vírgenes,
y no el de difuntos, como si quisiera canonizarla aún antes
de que su cuerpo fuera entregado a la sepultura»; intervino
entonces el cardenal Rainaldo invitando a la prudencia, y se dijo
la misa de difuntos (Leyenda 47).
A la muerte de la Santa eran numerosos los monasterios de la
Orden de San Damián -no menos de veinte en la península
Ibérica-, que con la Regla de Urbano IV (1263) será
en adelante reconocida como «Orden de Santa Clara».
Pocas semanas después de su muerte comenzó en Asís
la recogida de testimonios para su canonización. Hasta
nosotros han llegado las actas del proceso, que fueron la fuente
principal para la redacción de la biografía oficial
de la Santa (Leyenda de Santa Clara), atribuida al franciscano
Tomás de Celano, primer biógrafo de San Francisco.
En agosto de 1255 tuvo lugar la canonización de Clara de
Asís en la catedral de Anagni: era la primera mujer que
sin ser de estirpe regia, subía desde hacía siglos
al honor de los altares. En 1260 se efectuó el traslado
de sus restos a la basílica que lleva su nombre en Asís.
(Julio Herránz, ofm)