El año 1422 se formó el nuevo hogar Silva-Meneses,
en el que vería la luz Beatriz. Su padre fue este aguerrido
caballero, don Ruy Gómez de Silva, tan distinguido en la
cruzada contra los árabes. Su madre, doña Isabel
Meneses, procedía de ilustre sangre real y era la segunda
de los cuatro hijos de don Pedro Meneses.
La vida del nuevo matrimonio transcurrió entre Ceuta y
Campo Mayor, cuya alcaidía le fue concedida a Ruy Gómez
de Silva por el rey portugués. Campo Mayor es una ciudad
fronteriza con España, del distrito de Portalegre y diócesis
de Evora. Aunque no faltan historiadores antiguos que dan a Beatriz
por nacida en Ceuta, la tradición del primer convento concepcionista
de Toledo considera a Campo Mayor como la patria de su madre fundadora
y en esta villa portuguesa se conservan los mejores recuerdos
de la infancia de Beatriz. Como fecha de su nacimiento se señala
el año 1424.
La madre de Beatriz, siguiendo la tradición familiar,
era muy devota de la Orden de San Francisco y por ello encomendó
la educación religiosa de sus once hijos a los padres franciscanos,
que sembraron en sus almas un amor especial a la Inmaculada Concepción.
El quinto de los hermanos de Beatriz, llamado Juan y luego Beato
Amadeo de Silva, tomó el hábito de San Francisco
y fundó la asociación llamada de los «amadeístas».
Hay una tradición conservada en Campo Mayor, que es todo
un símbolo de la belleza angelical que distinguía
a la joven Beatriz. En una de sus iglesias se venera un cuadro
de la Virgen con la cabeza inclinada y los ojos cerrados, sosteniendo
sobre sus rodillas al Niño. A su lado están arrodillados
San Francisco y San Antonio. Las facciones de esta Virgen, según
la tradición, son copia del rostro candoroso de Beatriz.
Su padre quiso tener un cuadro de la Virgen para la capilla de
su residencia y con este fin mandó venir a un pintor italiano.
El artista expuso al padre que el mejor modelo para la Virgen
sería su misma hija. Esta, por obediencia, accedió
a ello, pero, poseída de un inocente pudor en servir de
modelo para un cuadro de María Inmaculada, no abrió
sus ojos ante el pintor. Así resultó una imagen
de la Virgen sumamente expresiva y delicada, conocida con el nombre
de la «Virgen de los ojos cerrados».
En 1447 Juan II de Castilla contraía matrimonio con Isabel,
princesa de Portugal. Esto dio lugar a que la nueva reina de Castilla
pidiese al alcaide de Campo Mayor a su hija Beatriz como primera
dama. Tenía ya entonces veintitrés años,
y, al decir de la Historia manuscrita de 1526, «allende
venir de sangre real, era muy graciosa doncella y excedía
a todas las demás de su tiempo en hermosura y gentileza».
La corte de Castilla residía por entonces en Tordesillas,
al oeste de Valladolid, en plena meseta castellana, junto al río
Duero. El ambiente palaciego estaba dominado por intrigas y frivolidades
cortesanas de la época. Estas fueron las espinas que encontró
Beatriz en Tordesillas, haciendo más bella y fragante la
flor de su virginidad.
Fuese por intrigas de algún caballero resentido ante la
negativa de Beatriz a sus pretensiones, fuese por celos de la
reina, que llegó a ver en ella una amante rival, cayó
en desgracia de ésta. «Viendo la grande estimación
que todos hacían de la sierva de Dios, la reina hubo celos
de ella y del rey, su marido, y fueron tan grandes que, por quitarla
de delante de los ojos, la encerró en un cofre, donde la
tuvo encerrada tres días, sin que en ellos se le diera
de comer y de beber». Fue todo un torbellino de pasión,
que quiso tronchar la vida de esta delicada flor, pero acudió
en su defensa la Reina del cielo.
«La Virgen María se le apareció con hábito
blanco y manto azul y el Niño Jesús en brazos, y,
luego de haberla confortado con cariño maternal, le intimó
que fundara en su honor la Orden de la Purísima Concepción,
con el mismo hábito blanco y azul que ella llevaba. Ante
tan señalada merced de su Reina y Señora, Beatriz
se ofreció por su esclava y le consagró, rebosante
de gratitud, el voto de su virginidad y le rogó confiadamente
la librara de aquella prisión. La Reina celestial accede
sonriente y desaparece».
La intervención de don Juan Meneses, tío de Beatriz,
hizo que la reina Isabel abriese el cofre pasados tres días,
esperando que su dama fuese ya cadáver. La sorpresa de
todos fue impresionante. Beatriz apareció con más
belleza y lozanía que antes de ser encerrada. Todos adivinaron
que la bella dama portuguesa había sido favorecida en aquellas
horas obscuras y tenebrosas con alguna luz especial del cielo.
La Santísima Virgen la había escogido para dama
suya. Era preciso cambiar de palacio. «A los tres días
de verse libre del encierro, sin más dilación, pidió
salir de Tordesillas, dirigiéndose a Toledo, acompañada
de dos doncellas.»
Camino de Toledo tiene lugar, al pasar por un monte, la aparición
de dos frailes franciscanos. Beatriz pensó que eran enviados
por la reina para confesarla antes de morir a manos de un verdugo.
«Entonces, declarando ella su pena y temor, díjole
un fraile de aquéllos, que parecía portugués,
que no llorase, porque no solamente no eran ellos mensajeros de
su muerte, mas antes la venían a consolar y la hacían
saber que había de ser una de las mayores señoras
de España, y que sus hijos serían nombrados en toda
la cristiandad. A esto respondió que era doncella y que,
con el emperador que la demandase, no se casaría en ninguna
manera, porque tenía hecho voto de limpieza a la Reina
del cielo. Y dijéronle ellos: “Lo que hemos dicho
ha de ser”». Sigue describiendo la Historia anónima
de 1526 cómo, después de consolarla, al llegar a
una posada y disponerse para comer, desaparecieron aquellos dos
frailes misteriosos, «y Beatriz creyó firmemente
que el Señor le había enviado para consolarla e
instruirla a San Francisco de Asís y a San Antonio de Padua,
a los cuales celebró fiesta en adelante todos los años».
En Toledo florecían por esta época numerosos monasterios
de todas las principales Órdenes, especialmente cistercienses,
dominicas y clarisas. Razones que la historia no nos ha transmitido
hicieron que Beatriz escogiese el monasterio cisterciense de Santo
Domingo de Silos (vulgarmente «El Antiguo»); tal vez
relaciones muy personales con alguna de las religiosas de este
monasterio, perteneciente a la nobleza portuguesa o castellana;
tal vez el haber encontrado en este monasterio las condiciones
más a propósito para la vida retirada que ella pensaba
llevar, sin ser religiosa.
En este vetusto solar de Toledo buscó Beatriz su casita
de Nazaret, como «señora de piso», y en él
vivió treinta años dedicados a la oración,
al sacrificio y al desprecio del mundo. «La sierva de Dios
fue muy humilde en sus acciones, despreciando su persona en actos
exteriores; ... era su vida heroica y... vivió treinta
años en Santo Domingo, ejercitándose en toda virtud.»
Hay un dato muy significativo que revela su enérgica decisión
de romper con el mundo: «Dende que salió de la corte
del rey Don Juan hasta que murió ningún hombre ni
mujer vio su rostro enteramente descubierto, si no fue la reina
Doña Isabel (la Católica) y la que le daba de tocar,
porque, aun para comer delante de solas sus criadas, apenas descubría
del todo la boca».
A la mortificación y vida retirada unía la práctica
de la oración prolongada y una liberalidad magnánima
para emplear todos sus bienes en dar culto a Dios y socorrer al
pobre. Con sus rentas hizo labrar un nuevo claustro y la sala
capitular del monasterio donde residía; con ellas favoreció
también a cuantos pobres solicitaron su ayuda. Con el trabajo
de sus manos, hilando o bordando, santificó también
los ratos libres.
Mientras tanto la Providencia iba preparando los acontecimientos
para que Isabel la Católica se interesase por la fundación
de la Orden concepcionista. Había sido proclamada reina
en 1474 y algún año después entraba en Toledo;
venía a cumplir la promesa hecha en la batalla de Toro
de edificar un templo a San Juan Evangelista. El lugar escogido
está próximo al monasterio donde residía
Beatriz. En todos estos años turbulentos, en medio de campañas
guerreras, cuando la reina venía a Toledo buscaba tiempo
para ir a conversar con Beatriz, la dama que la había mecido
en sus brazos cuando niña. En 1479, «con la ayuda
de Dios y de la gloriosa Virgen María, su Madre»,
se firmó la paz definitiva entre Castilla y Portugal. Esto
pudo ser un motivo especial para que la Reina Católica,
tan devota de la Inmaculada, apoyase la fundación de la
Orden concepcionista, que la Virgen había confiado a Beatriz.
Por estos años «se dice que se le apareció
(a Beatriz) la Madre de Dios otra vez, distinta de la referida
del cofre, volviéndola a mostrar cómo había
de ser el hábito que traerían sus monjas».
El año 1484 Isabel la Católica concertaba con Beatriz
la donación de unas casas de los palacios reales de Galiana,
junto a la muralla norte de Toledo. Le donaba también la
capilla adjunta, dedicada a Santa Fe por la reina Doña
Constanza, esposa de Alfonso VI. Con doce compañeras (entre
ellas una sobrina) pasó Beatriz a ocupar esta nueva mansión
toledana. «En esta casa entró tan desacomodada con
gran alegría, y dio orden de irla fabricando al modo necesario
para que pudiese ser convento de religiosas.»
Cinco años pasó Beatriz echando los cimientos de
la Orden concepcionista, bajo la protección de Santa Fe.
El nombre de esta santa francesa decía muy bien con la
fe que había demostrado Beatriz desde que salió
de Tordesillas. Isabel la Católica se serviría del
patrocinio de esta misma Santa en la conquista de Granada, con
una fe paralela a la de Beatriz.
La aprobación de la Orden concepcionista, pedida al Papa
por mediación de la Reina Católica, era firmada
por Inocencio VIII el 30 de abril de 1489. En este mismo día
se presentó en el torno del convento provisional de Santa
Fe un personaje misterioso, preguntando por doña Beatriz
de Silva y comunicándola la firma de la bula por el Papa.
«De esta manera lo supo ella en Toledo, cuando se otorgó
en Roma, por revelación divina y creyó, sin duda,
que este mensajero era San Rafael, porque desde que supo decir
el Avemaría le había sido muy devota y le rezaba
cada día alguna cosa en especial.»
Tres meses más tarde llega a Toledo la noticia de que
la bula se había ido al fondo del mar, por haber naufragado
la nave donde venía. «De esto recibió grandísima
tristeza, y con mucha ansia de su corazón no hizo tres
días sino llorar. Al cabo de ellos fue a abrir un cofre
para cierta cosa necesaria, y, no sin mucha maravilla, halló
allí la dicha bula encima de todo.» Toda la ciudad
de Toledo se asoció con gran júbilo a la procesión
en que se trasladó la «bula del milagro» desde
la catedral al convento de Santa Fe. Tuvieron lugar todos estos
festejos en los primeros días del mes de agosto de 1491.
Actuó en la procesión, misa pontifical y sermón
el insigne padre franciscano Francisco García de Quijada,
obispo de Guadix, y anunció que a los quince días
tendría lugar en la capilla de Santa Fe la toma de hábitos
y velos por Beatriz y sus compañeras.
Pero... «a los cinco días, estando (Beatriz) puesta
en muy devota oración en el coro, aparecióle la
Virgen sin mancilla..., la cual le dijo: “Hija, de hoy en
diez días has de ir conmigo, que no es nuestra voluntad
que goces acá en la tierra de esto que deseas”».
El mismo día 16 de agosto, que se había acordado
para la toma de hábitos, tuvo lugar la tranquila muerte
de Beatriz. El mismo padre confesor le impuso el hábito
y velo concepcionistas y recibió su profesión religiosa.
«Al tiempo de su muerte fueron vistas dos cosas maravillosas:
la una fue que, como le quitaron del rostro el velo para darle
la unción, fue tanto el brillo que de su rostro salió
que todos quedaron espantados; la otra fue que en mitad de la
frente le vieron una estrella, la cual estuvo allí puesta
hasta que expiró, y daba tan gran luz y resplandor como
la luna cuando más luce, de lo cual fueron testigos seis
religiosos de la Orden de San Francisco». Había sido
escogida como estrella para guiar a generaciones de vírgenes,
que consagrarían a Dios su amor y su pureza, en honor de
María Inmaculada. Se iba al cielo para guiarlas mejor desde
allí.
«Siendo viva esta señora doña Beatriz y yendo
una vez a maitines, según acostumbraba, halló la
lámpara del Santísimo Sacramento muerta, y poniéndose
en oración, vióla manifiestamente encender, no viendo
quién la encendía; tras esto oyó una voz,
según ella después lo descubrió, que bajamente
le dijo: “Tu Orden ha de ser como esto que has visto, que
toda ha de ser deshecha por tu muerte, mas como la Iglesia de
Dios fue perseguida al principio, pero después floreció
y fue muy ensalzada, así ella florecerá y será
multiplicada por todas las partes del mundo, tanto que en su tiempo
no se edificará casa alguna de otra Orden”».
Así sucedió, en efecto. Recién fallecida,
se apareció Beatriz en Guadalajara al padre fray Juan de
Tolosa, franciscano, diciéndole que se encaminase a Toledo
para defender su Orden. Las religiosas de Santo Domingo pretendían
que fuese enterrado en su monasterio el cuerpo de Beatriz y que
se fusionasen con ellas sus compañeras, en vez de llevar
adelante la nueva Orden concepcionista. La intervención
del padre Tolosa evitó la extinción de la incipiente
Orden. Cuatro años después surgió una nueva
tempestad al fusionarse el vecino monasterio de monjas benedictinas
de San Pedro de las Dueñas con el de Santa Fe y tener lugar
grandes desavenencias. La abadesa de Santa Fe, madre Felipa de
Silva, sobrina de Beatriz, resolvió abandonar su convento
y trasladarse al de religiosas dominicas de la Madre de Dios,
en la misma ciudad, llevándose consigo las reliquias de
su venerable tía. Otro fraile franciscano, el cardenal
Cisneros, volvió a encender la lamparilla de la Orden concepcionista,
trasladando el convento de Santa Fe al que habían ocupado
los frailes franciscanos, muy próximo a él, y apoyando
la fundación de nuevos conventos concepcionistas.
A este último convento fueron trasladadas definitivamente
las venerables reliquias de Beatriz, comenzando a recibir culto
público poco después de su muerte. El afán
por poseerlas es una buena prueba de ello. Los menologios de la
Orden franciscana, cisterciense y benedictina la dan el título
de «Beata». Abundan los relatos de favores milagrosos
obtenidos por su intercesión. El año 1924 el papa
Pío XI confirmó el culto inmemorial tributado a
Beatriz como a Beata, con lo que nuevamente podía recibir
culto público después de las normas prohibitivas
de Urbano VIII en el siglo XVI. Reanudada la causa de canonización
por Pío XII, todas sus hijas esperan venerarla pronto como
Santa. [Esa esperanza se convirtió en realidad el 3 de
octubre de 1976, cuando Pablo VI la canonizó solemnemente].
Después de más de cuatro siglos de existencia, y
a pesar de las grandes pruebas por las que ha tenido que pasar
la vida de clausura, aún conserva la Orden concepcionista
más de 120 conventos diseminados por Europa y América
Latina; de ellos corresponden a España más de 90.
Esta es la gran gloria de la Beata Beatriz de Silva, adalid de
la Inmaculada varios siglos antes de su definición dogmática.
(Ireneo García)