Nació en Lisboa, el 15 de agosto, en el seno de una familia
noble. Tradicionalmente se dice que el año 1195, pero no
es seguro; tal vez cinco años antes. Su nombre de bautismo
fue Fernando. Recibió su primera instrucción, estudios
primarios y secundarios, en la escuela catedralicia de Lisboa.
Sus padres querían que hiciera carrera y se situara en
la vida. Pero los designios de Dios eran otros muy diferentes.
Por eso, obedeciendo a las insinuaciones del Espíritu en
su corazón, a los 15 años ingresó en los
Canónigos Regulares de san Agustín, en el monasterio
de San Vicente de Fora, foco de cultura y de espiritualidad, en
busca de retiro y de otra gloria distinta de la mundana. La decisión
supuso un gran contratiempo para la familia.
Mas, como quiera que, de una parte, los monjes podían
ejercer, según su regla, la acción pastoral fuera
del monasterio en el cuidado de parroquias, y, de otra, los amigos
y parientes turbaban con sus visitas frecuentes la quietud del
joven, decidió pasar dos años más tarde al
monasterio de Santa Cruz de Coimbra, centro famoso de estudios
en aquel entonces y de gran poder e influjo, incluso político,
por lo cual vivió relaciones tensas con la corte y con
el obispo, además de algunas divisiones internas. Así
lo da a entender, cuando en sus Sermones habla duramente contra
los malos ejemplos y abusos de algunos prelados y monjes, y contra
los bandos en los monasterios. Allí recibió una
buena formación intelectual, pues había una buena
biblioteca y buenos profesores provenientes de la universidad
de París. Allí culminó su preparación
teológica, forjó el temple de su alma en
la oración, la lectura espiritual, la disciplina y el estudio,
completando su formación agustiniana, y allí recibió,
casi con toda seguridad, la ordenación sacerdotal.
Pero el joven Fernando deseaba ardientemente en su interior otro
tipo de vida y de espiritualidad. Tenía ansias
de ser misionero y dar su vida por Cristo entre los sarracenos,
cosas que no podría realizar entre los Canónigos
Regulares. La ocasión no tardó mucho en presentarse.
En efecto, hacia el 1219 se habían instalado los franciscanos
en el eremitorio de San Antonio de los Olivares y se acercaban
a los Canónigos Regulares de Santa Cruz a pedir limosna.
Fernando era portero, y en esos contactos surgió la simpatía
mutua: la sencillez de los franciscanos, su predicación
itinerante, su misión apostólica cautivaron a Fernando,
quien, al poder contemplar poco después con sus ojos los
restos de los protomártires de la Orden franciscana, sacrificados
en Marruecos, se decide a dar el paso, pidiendo ser admitido entre
los franciscanos con la condición de ser enviado a las
misiones entre los sarracenos. Fue admitido, y a los tres días
recibió en nuevo hábito, circunstancia de que se
sirvió también para cambiar de nombre. Desde entonces
se llamará Antonio. Su vida será austeridad,
oración, predicación, trabajo y penitencia. Estamos
en el año 1220. Antonio pasó a Marruecos ese mismo
año. Veía así cumplido su deseo de difundir
la fe y de recibir el martirio por la misma fe; pero, apenas llegado
allí, cayó gravemente enfermo, por lo que tuvo que
volver a su tierra. De nuevo los designios de la providencia no
coincidían con los suyos. Experimentó una fuerte
desilusión. Además, contrajo la enfermedad de la
“fiebre malaria”, teniendo que retornar poco más
tarde a su patria. Pero, debido a una tormenta, no llegó
a la Península Ibérica, sino que la nave cambió
de rumbo para atracar en Sicilia (Messina), año 1221. Este
mismo año se tiene en la Orden el capítulo general,
llamado de las esteras, donde conoció a San Francisco.
Al final del mismo, como no era conocido de nadie, fue destinado
al eremitorio de Montepaolo, donde maduró en la espiritualidad
franciscana en su contacto diario con los frailes, en la oscuridad,
dedicado a la oración, a la penitencia y al conocimiento
de Cristo crucificado. Su interioridad y su capacidad de escucha
le enseñarán que el camino del testimonio del amor
en medio de las circunstancias de la vida, vividas con fe, es
también dar la vida por Dios y por los hombres.
Ahora vivirá el Evangelio a la manera franciscana, como
“fraile menor”, en fraternidad y apostolicidad.
La fiebre reumática, contraída en Marruecos, pudo
dejarle como secuela una dispnea (respiración ansiosa,
molesta), que podría explicar la hidropesía del
Santo a que aluden las fuentes.
Mas la luz no se puede mantener oculta. Y así, el año
1222 se manifestó en una reunión de frailes, de
forma casual, como un gran predicador y conocedor de la Sagrada
Escritura, por lo que San Francisco le autorizó el estudio
y la enseñanza a los frailes, llegando a ser de este modo
el primer lector o profesor de la Orden en Bolonia
(1223). De 1224 al 1227 se encuentra en diversas regiones del
sur de Francia, combatiendo con su palabra las herejías
de los albigenses, cátaros, y otras semejantes; ocupaba
el tiempo, además, en sermones, clases, coloquios y controversias,
y en la instrucción del clero. Desempeñó
también cargos en la Orden, entre ellos el oficio de Ministro
Provincial (1227-30).
El año 1230 retorna a Padua, donde escribe y predica,
y trabaja en la reconciliación de los paduanos, divididos
en bandos entre sí. Meses antes de morir (febrero-junio)
predicó una intensa cuaresma en Padua, en la forma antigua,
es decir, como institución litúrgica, a base de
predicación diaria en diversas iglesias, practicando las
estaciones penitenciales, de modo que resultó un medio
maravilloso para catequizar al pueblo cristiano, bastante dejado
en su instrucción religiosa y en el conocimiento de la
fe, por lo que era fácil presa de los herejes y de las
sectas. Predicaba también fuera de las iglesias, en las
praderas, y acudían multitudes a escucharlo, hasta muchos
comerciantes y el propio obispo, concentrados más en su
persona que en su mensaje.
Se dice que comunicaba la sabiduría con humildad, con
fervorosa pasión y ardor, con veracidad y libertad, sin
mostrarse interesado por nada. Atraía su vida, porque vivía
lo que decía; y en sus escritos pide a los predicadores
que hagan concordar su vida con su palabra (sabio consejo). Se
había convertido en predicador, varón apostólico,
Doctor Evangélico, en lo que reside su principal
gloria, por encima de sus milagros.
Murió, con certeza, el 13 de junio de 1231, a los 36 ó
40 años de edad, en el convento de Arcella, que se encuentra
en el trayecto que va de Camposampiero a Padua, a unos 20 kilómetros
de esta ciudad, adonde lo llevaban en estado de extrema gravedad.
De esta forma quedó unido para siempre a la ciudad de Padua,
que tanto amó en vida. Los niños de Padua gritaron
su muerte por la ciudad: ¡Ha muerto el Santo, ha muerto
San Antonio!