Santos franciscanos
Biografías


Bto. Andrés Hibernón

Bta. Angela de Foligno

Sta. Ángela de la Cruz

Sta. Ángela de Mérici

S. Antonio de Padua

Bto. Apolinar Franco

Sta. Beatriz de Silva

S. Benito de Palermo

Stos. Berardo y comp.

S. Bernardino de Siena

S. Buenaventura

Bto. Ceferino, "El Pelé"

Sta. Clara de Asís

Sta. Coleta de Corbie

S. Diego de Alcalá

S. Félix de Cantalicio

S. Francisco Solano

Bto. Gil de Asís

Sta. Inés de Asís

Sta. Inés de Praga

Sta. Isabel de Hungría

S. Jaime de la Marca

S. José de Copertino

S. Juan de Capistrano

Bto. Juan Duns Escoto

Bto. Junípero Serra

S. Leonardo de Porto M.

S. Lorenzo de Brindis

Sta. Margarita de Cortona

Bta. María Ana Mogas F.

Bta. María de la Pasión

S. Maximiliano M. Kolbe

S. Pascual Bailón

S. Pedro Bautista

S. Pedro de Alcántara

S. Pedro Regalado

S. Pío de Pietrelcina

Bto. Raimundo Lulio

Bto. Sebastián de Aparicio

Sta. Verónica Giuliani


San Antonio de Padua (1195 - 1231)

Nació en Lisboa, el 15 de agosto, en el seno de una familia noble. Tradicionalmente se dice que el año 1195, pero no es seguro; tal vez cinco años antes. Su nombre de bautismo fue Fernando. Recibió su primera instrucción, estudios primarios y secundarios, en la escuela catedralicia de Lisboa. Sus padres querían que hiciera carrera y se situara en la vida. Pero los designios de Dios eran otros muy diferentes. Por eso, obedeciendo a las insinuaciones del Espíritu en su corazón, a los 15 años ingresó en los Canónigos Regulares de san Agustín, en el monasterio de San Vicente de Fora, foco de cultura y de espiritualidad, en busca de retiro y de otra gloria distinta de la mundana. La decisión supuso un gran contratiempo para la familia.

Mas, como quiera que, de una parte, los monjes podían ejercer, según su regla, la acción pastoral fuera del monasterio en el cuidado de parroquias, y, de otra, los amigos y parientes turbaban con sus visitas frecuentes la quietud del joven, decidió pasar dos años más tarde al monasterio de Santa Cruz de Coimbra, centro famoso de estudios en aquel entonces y de gran poder e influjo, incluso político, por lo cual vivió relaciones tensas con la corte y con el obispo, además de algunas divisiones internas. Así lo da a entender, cuando en sus Sermones habla duramente contra los malos ejemplos y abusos de algunos prelados y monjes, y contra los bandos en los monasterios. Allí recibió una buena formación intelectual, pues había una buena biblioteca y buenos profesores provenientes de la universidad de París. Allí culminó su preparación teológica, forjó el temple de su alma en la oración, la lectura espiritual, la disciplina y el estudio, completando su formación agustiniana, y allí recibió, casi con toda seguridad, la ordenación sacerdotal.

Pero el joven Fernando deseaba ardientemente en su interior otro tipo de vida y de espiritualidad. Tenía ansias de ser misionero y dar su vida por Cristo entre los sarracenos, cosas que no podría realizar entre los Canónigos Regulares. La ocasión no tardó mucho en presentarse. En efecto, hacia el 1219 se habían instalado los franciscanos en el eremitorio de San Antonio de los Olivares y se acercaban a los Canónigos Regulares de Santa Cruz a pedir limosna. Fernando era portero, y en esos contactos surgió la simpatía mutua: la sencillez de los franciscanos, su predicación itinerante, su misión apostólica cautivaron a Fernando, quien, al poder contemplar poco después con sus ojos los restos de los protomártires de la Orden franciscana, sacrificados en Marruecos, se decide a dar el paso, pidiendo ser admitido entre los franciscanos con la condición de ser enviado a las misiones entre los sarracenos. Fue admitido, y a los tres días recibió en nuevo hábito, circunstancia de que se sirvió también para cambiar de nombre. Desde entonces se llamará Antonio. Su vida será austeridad, oración, predicación, trabajo y penitencia. Estamos en el año 1220. Antonio pasó a Marruecos ese mismo año. Veía así cumplido su deseo de difundir la fe y de recibir el martirio por la misma fe; pero, apenas llegado allí, cayó gravemente enfermo, por lo que tuvo que volver a su tierra. De nuevo los designios de la providencia no coincidían con los suyos. Experimentó una fuerte desilusión. Además, contrajo la enfermedad de la “fiebre malaria”, teniendo que retornar poco más tarde a su patria. Pero, debido a una tormenta, no llegó a la Península Ibérica, sino que la nave cambió de rumbo para atracar en Sicilia (Messina), año 1221. Este mismo año se tiene en la Orden el capítulo general, llamado de las esteras, donde conoció a San Francisco. Al final del mismo, como no era conocido de nadie, fue destinado al eremitorio de Montepaolo, donde maduró en la espiritualidad franciscana en su contacto diario con los frailes, en la oscuridad, dedicado a la oración, a la penitencia y al conocimiento de Cristo crucificado. Su interioridad y su capacidad de escucha le enseñarán que el camino del testimonio del amor en medio de las circunstancias de la vida, vividas con fe, es también dar la vida por Dios y por los hombres.

Ahora vivirá el Evangelio a la manera franciscana, como “fraile menor”, en fraternidad y apostolicidad. La fiebre reumática, contraída en Marruecos, pudo dejarle como secuela una dispnea (respiración ansiosa, molesta), que podría explicar la hidropesía del Santo a que aluden las fuentes.

Mas la luz no se puede mantener oculta. Y así, el año 1222 se manifestó en una reunión de frailes, de forma casual, como un gran predicador y conocedor de la Sagrada Escritura, por lo que San Francisco le autorizó el estudio y la enseñanza a los frailes, llegando a ser de este modo el primer lector o profesor de la Orden en Bolonia (1223). De 1224 al 1227 se encuentra en diversas regiones del sur de Francia, combatiendo con su palabra las herejías de los albigenses, cátaros, y otras semejantes; ocupaba el tiempo, además, en sermones, clases, coloquios y controversias, y en la instrucción del clero. Desempeñó también cargos en la Orden, entre ellos el oficio de Ministro Provincial (1227-30).

El año 1230 retorna a Padua, donde escribe y predica, y trabaja en la reconciliación de los paduanos, divididos en bandos entre sí. Meses antes de morir (febrero-junio) predicó una intensa cuaresma en Padua, en la forma antigua, es decir, como institución litúrgica, a base de predicación diaria en diversas iglesias, practicando las estaciones penitenciales, de modo que resultó un medio maravilloso para catequizar al pueblo cristiano, bastante dejado en su instrucción religiosa y en el conocimiento de la fe, por lo que era fácil presa de los herejes y de las sectas. Predicaba también fuera de las iglesias, en las praderas, y acudían multitudes a escucharlo, hasta muchos comerciantes y el propio obispo, concentrados más en su persona que en su mensaje.

Se dice que comunicaba la sabiduría con humildad, con fervorosa pasión y ardor, con veracidad y libertad, sin mostrarse interesado por nada. Atraía su vida, porque vivía lo que decía; y en sus escritos pide a los predicadores que hagan concordar su vida con su palabra (sabio consejo). Se había convertido en predicador, varón apostólico, Doctor Evangélico, en lo que reside su principal gloria, por encima de sus milagros.

Murió, con certeza, el 13 de junio de 1231, a los 36 ó 40 años de edad, en el convento de Arcella, que se encuentra en el trayecto que va de Camposampiero a Padua, a unos 20 kilómetros de esta ciudad, adonde lo llevaban en estado de extrema gravedad. De esta forma quedó unido para siempre a la ciudad de Padua, que tanto amó en vida. Los niños de Padua gritaron su muerte por la ciudad: ¡Ha muerto el Santo, ha muerto San Antonio!

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