Quinto domingo de PASCUA

Hech 14, 20b-26

Se narra el retorno de Bernabé y Pablo de su primer viaje misionero a la comunidad de Antioquía, después de haber consolidado las comunidades que ellos fundaron en su actividad misionera. Ésta básicamente fue obra del Espíritu, que les dio fortaleza en medio de las persecuciones, y abrió el corazón de los gentiles a la palabra divina. La acogida de ésta fue posible porque Dios apoyaba en todo momento su tarea. La lectura de hoy es una especie de sumario lucano, donde informa de las tareas misioneras de portadores de la palabra, al tiempo que éstos exhortan a los creyentes a mantenerse anclados en la fe. En este sumario de Lucas también pretende mostrar el nombramiento de presbíteros al frente de dichas comunidades locales. El v.27 resume las intenciones de Lc, al subrayar que Dios mismo ha conducido a los gentiles a la fe cristiana, y de esta manera la finalidad histórico-teológica del relato del viaje es introducir el “concilio de Jerusalén”, que será narrado a continuación.

Lc igualmente al hilo de las informaciones de Pablo y Bernabé inserta criterios y características de la existencia cristiana: constancia en las persecuciones, perseverancia en la fe, que no son coyunturas puntuales, sino modalidades de la fe para cualquier época. El establecimiento de presbíteros y encomendarlos al Señor define la unión de dichas comunidades en la fe.

Lc con este relato no piensa sólo en informar de la obra misionera de Pablo y Bernabé, sino se convierte en una “celebración de la obra del Señor”. En la comunidad cristiana deben aparecer en primer lugar las maravillas que Dios realiza, y no los esfuerzos de los creyentes. Esencial no es hablar de sí mismos, sino de Dios.

Ideal de comunidad: Bien sabemos de las colaboraciones a la hora fomentar los núcleos cristianos en parroquias, grupos de oración, etc, pero la palabra de Señor hoy nos recuerda que la fe surge de la acogida del Señor resucitado en cada uno de los creyentes. Su palabra obra maravillas, y lleva a compartirla con los hermanos recíprocamente. Sólo el don incondicionado conduce a la reciprocidad, sino fácilmente deriva en una tarea humana.

Sal 144, 8-13ab

Este salmo acróstico pertenece a la pequeña colección de David (Sal 138-144), y abre el horizonte solemne de la parte final del salterio. Es definido como un himno de “alabanza”, centrado en Dios, como rey y dueño del espacio y del tiempo, y se desglosa en una inagotable secuencia de atributos divinos que expresan su inabarcable bondad y grandeza. Su soberanía la ejerce sobre la creación con su providencia. La ternura y el corazón de Dios prevalecen en su gobierno y juicio. En todas sus obras es posible encontrar una huella que habla de Él en términos de bondad, amor y gloria efusiva.

El Sal. suele ser divido en cuatro estrofas: primera, v. 3-6; segunda, v. 7-9; tercera, v. 11-13; cuarta, v. 14-20, articuladas con el prólogo (v. 1-2), interludio (v. 10), epílogo (v. 21). Como se puede observar, en la liturgia se ofrece básicamente el centro del salmo.

El Sal. canta al Dios de la ternura, que cuida de todas sus criaturas. Toda la plegaria está impregnada de alegría, alabanza, sostenidas por la certeza que el justo está en las manos de Dios.

Lectura cristiana: Es un canto al Dios cercano, a quien lo invoca, pues escucha los deseos de quienes confían en Él. San Bernardo afirmaba que “es necesario que el alma justa ame a Dios con un amor inmenso para que pueda descansar plenamente en Dios, y esto es obra del Espíritu”. El Sal nos invita a abrirnos a este Dios que nos contempla en tal tesitura, y esta vivencia la debemos estrenar constantemente, y lo deseable es celebrarla comunitariamente.

Ap 21, 1-5a

Constituye la primera descripción de la Jerusalén celestial, que representa el símbolo del pueblo de Dios en la plenitud de su llegada y andadura. Literariamente culmina una aspiración profunda en la dinámica del libro: es decir, la nueva creación, la novedad de la vida despojada de tanta maldad y ambigüedad humana, vida inaugurada por Cristo. Es el comienzo de la Jerusalén celestial, que alcanza hasta el cap. 22,5. Dios muestra con toda claridad y rotundamente que “todo es bueno”, evocando cuanto se había afirmado en Gén 1,1-2,3. El “cielo nuevo y la tierra nueva” expresan un mundo totalmente rehecho por Dios, donde se podrá entonar el cántico nuevo, no tanto una melodía nueva, cuanto la celebración y culminación de la actuación progresiva de la novedad de Dios en la historia, y la victoria definitiva sobre el mal acunado en el corazón del hombre malvado. El mundo nuevo será el escenario humano saturado con la valores de Cristo, colmando las carencias, dolores, y lágrimas del primero, y ¡todo creado por Dios!

Animación de la comunidad cristiana y del creyente a nivel personal: Esta lectura ayuda a descifrar las contradicciones y oscuridades de la historia humana, salpicada de tantas oscuridades, que la fe en el Señor resucitado puede eliminar plenamente aquí y ahora. La tensión vivida en tantas circunstancias encontrará una respuesta plena por parte de Dios. Habrá una victoria definitiva sobre cuanto ahora nos aflige en nuestra aspiración más profunda y personal. Alguien ha escrito: “El conjunto global de negatividades vinculadas entre sí está destinada a desaparecer”. ¡Celebremos a este Dios que vigila sobre nosotros en nuestro sincero caminar!

Jn 13, 31-35

Estamos en el primer discurso de despedida Jesús, que nos mete de lleno en el núcleo más genuino del sentir de Cristo sobre la historia del hombre desde la perspectiva de Dios Padre, y culmina, a la vez, el final del diálogo revelador de Dios hacia el hombre. Aquí se asiste a un lenguaje directo y despojado de cualquier ambigüedad, y ¡maravillosamente breve! En las puertas de la muerte y en una tesitura agresividad del hombre ante el revelador divino, Éste desvela su sentir más profundo, que había constituido el eje de su existencia ante el Padre. Es la novedad de Dios, pero a nuestra altura. Desde aquí somos definidos y encontraremos nuestra identidad más genuina, ¡no esperemos más!

Testigos del amor de Cristo: ¡No somos creadores de esta cercanía divina! Nuestra actitud será abrirnos a este don, a esta posibilidad, que no hemos inventado ni imaginado. Si desconectamos de esta luz divina, desvelada en la oscuridad humana, todas nuestras “construcciones” humanas no harán más hablar y articular verbalmente nuestras angustias y miedos. El creyente debe vivir esta posibilidad en la celebración de la Eucaristía , nada más extraño a los ojos de quien vive otra dinámica. En cuanto presencia de Cristo resucitado debemos recrearla realmente, porque proporciona la constante novedad de Dios en la encrucijada humana.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



LECTURAS Y HOMILÍAS

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