Segundo domingo de Cuaresma

Gn 15, 5-12. 17-18

La alianza constituye una espina dorsal en el AT. Se comienza con la patriarcal, siguen escalonadamente otras, que tienen como protagonistas a personajes gozne: Moisés, Josué, David, Nehemías, etc, pero el tiempo de los acontecimientos lo marca Dios. Cada una presenta sus peculiaridades, y en la estipulada con Abrahán se debe enfatizar el horizonte de la promesa. En este rito sólo Dios pasa como una “humareda de horno y una antorcha ardiendo” en medio de los animales. Vale a decir, sólo Dios se compromete con el patriarca de nuestra fe.

Abrahán no realiza ninguna acción, ningún gesto y no pronuncia palabra alguna para verbalizar su implicación. El es el invitado a contar las estrellas, es decir, a reconocerse como pobre criatura, incapaz de enumerar y narrar la obra de Dios. La promesa es, pues, pura gracia, dedición sin límites ni condiciones, pero también totalmente inmerecida, que no supone nada para Abrahán, sino no la disponibilidad a acoger el don de Dios, tal como corrobra el v.6: “creyó al Señor”. Cuando Dios se promete, no se limita a hacer una previsión hipotética sobre el futuro, sino que Él mismo se compromete, y se dona. San Pablo en Rom 4,18-22 le pondrá la lucidez definitiva a esta confianza depositada por el patriarca en la promesa de Dios.

El fiarse de Dios: apertura a la vida, a una vida plena aquí y ahora. Caminar apoyados solamente en nuestras muletas de inmediatez nos puede convertir en ídolos para nosotros mismos, porque podemos acabar justificándonos ante tantas situaciones que obedecen a nuestra sensibilidad personal, tantas veces cerrada y medida. Abrirnos a Dios supone una trasformación, una “transfiguración” en actitudes y enfoques de nuestra existencia, y romper con un comportamiento que sabe mucho de “cálculo” ante el vivir nuestro tiempo.

Sal 26, varios versículos

Constituye un díptico con el templo, lugar de la presencia de Dios, como fondo. La primera tabla (v.1-6) gira en torno a dos paradigmas simbólicos: la persecución (v.2-3) y el refugio del orante (v.1.5-6). En la segunda (v.7-14) retorna la persecución, donde los adversarios se convierten en símbolos de la soledad y el abandono. Ambas secciones están unidas por la cercanía de Dios, que desbarata los planes de impíos que acechan al creyente. El Sal 26 surge, pues, de un sentimiento de gratitud y confianza, que hunde sus raíces en una experiencia amarga, y desemboca en una confianza en Dios, formulada sintéticamente en el v.14: “ten ánimo, espera en el Señor”.

El orante mira hacia el futuro con serenidad, e inquebrantable confianza ante cualquier adversidad; es la fe de un hombre maduro que da por descontado la dureza de la vida sin perder el coraje, y siendo capaz de levantar la cabeza con mayor confianza, reforzado interiormente con la fuerza de una fe y esperanza alegre, que le vienen de Dios. Liberado de cualquier preocupación angustiosa, con la fe adquiere equilibrio interior y una fortaleza serena: quien cree, no huye (Is 28,16).

Lucidez ante las redes de la angustia cotidiana: Dios suele anticiparnos en nuestras soledades e inseguridades, que derivan de los ámbitos que nos rodean, y quitan la calma. Las palabras del salmo muestran cómo la serenidad en la vida no se logra sobre la base precaria del propio yo, sino en la superación del yo humano con la fe y confianza en Dios, cual único y sólido fundamento de la existencia. La alegría y la fuerza brotan de la fe, logrando una maravillosa transformación en nuestro interior.

Fil 3, 17 - 4, 1

Hay que situar este texto en la sección de las exhortaciones del apóstol. La salvación definitiva obra una transformación también de nuestra corporeidad. El término “cuerpo” no hay que entenderlo en el sentido de la dicotomía griega, como la vertiente corporal de la persona, diferente del alma, sino como la existencia terrena que está determinada por la corporeidad y abierta a la trascendencia. “Nuestra condición humilde” (v.21) define la existencia precaria de la persona, encaminada hacia la muerte. El dualismo que aquí se refleja expresa el mundo efímero y glorioso. Afirma que la persona humana será transformada en su totalidad, cuerpo y alma, según el modelo de Cristo.

Con este horizonte el apóstol urge a una coherencia de vida en la fe, que abarca también los aspectos corporales. Separar ambas esferas sería caer en una aberración moral, pues lleva vivir carnalmente, y tales actitudes se puede convertir en actitudes fijas e incuestionables. Dicho brevemente, como un dios.

Aplicación en la vida: El apóstol alerta a considerar sólo aquello que supone promoción humana, a estimar sólo lo sensible y empírico, descuidando nuestra vertiente celestial, que nos ayuda filtrar y purificar nuestro paso por este mundo, no definitivo, como a veces en la práctica se cree, y en nuestros días forma un tejido de conducta que hace opaca cualquier referencia a la trascendencia. ¡Y se llama conquista antropológica!

Lc 9, 28-36

La transfiguración o el cambio de aspecto de los seres era esperado al final de los tiempos según la apocalíptica judía (Dn 12,3). Dado que esta transformación acontece con Jesús, era signo que tales tiempos habían comenzado, de ahí deseo de Pedro de levantar tres tiendas, confundiendo anticipación con plenitud. Pero es significativo que este acontecimiento esté situado en la camino hacia la cruz; se trata de un éxodo salvador por medio de un Mesías, siervo de Dios. Moisés y Elías representan las Escrituras, que ya habían vislumbrado el modo de actuar el Hijo del hombre.

En Lc está transfiguración se verifica en la oración de Jesús, donde profundiza en su comunión con el Padre, al tiempo que intensifica su conciencia de ser rechazo, pues sus palabras no encuentran eco en sus coetáneos; más aún, harán lo posible para acallarlo, borrando su memoria. El acontecimiento marca un vuelco en la manera de comprender a Jesús por parte de sus discípulos, pero supone una luz para ellos en medio de tantas ambigüedades.

¿Transformarse, una comprensión, y dónde? La vida a veces nos adormece, y se impone la rutina, desaparece la ausencia de novedad en nuestro horizonte, o también puede suceder que subimos al Tabor del aislamiento, nos desinteresamos de cuanto nos rodea, evitando la oscuridad de la realidad humana, salpicada de fragilidad y sufrimiento. Es la tentación constante de elegir atajos, dar rodeos para no enfrentarnos a nosotros mismos. ¿Dónde puede acontecer nuestra “vuelco”? Lc aquí no da vueltas: en la oración personal y comunitaria, donde podemos descubrir nuevas energías que cambiarán nuestra “cara”, pero con rasgos de optimismo y serenidad.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



LECTURAS Y HOMILÍAS

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