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2 Re 5, 14-17
El episodio de Naamán
el sirio corresponde a un nuevo milagro
de Eliseo. En este caso el obstáculo
a superar es una enfermedad del pie; se
trata de una dermatosis. El milagro se halla
concentrado propiamente en los v. 10-14,
pero hay que destacar que está enmarcado
por la orden de Eliseo, y por su realización
en los v. 10 y 14 respectivamente. La curación
supone una fe y obediencia a la palabra
del profeta, y, en definitiva, a Dios.
El fragmento de hoy se
detiene en el agradecimiento de Naamán,
que confiesa que sólo el Dios de
Israel ha podido curarle, pero ésta
ha supuesto una purificación de sí
mismo. El general sirio en un principio
sólo admitía que sus dioses
serían quienes se ocuparían
de él, y no admite otra posibilidad.
En él se verifica un paso de la autosuficiencia
al fiarse de la palabra del profeta Eliseo,
que ensalza a los humildes. Sólo
con tal palabra llega la curación,
y ahora reconoce esta magnanimidad divina,
que no es distorsionada por la negativa
del profeta a aceptar presente alguno. Dios
en su revelarse aborrece canales que desvíen
su transparencia. La salvación no
se compra, sino que se recibe gratuitamente,
y acontece con una sola palabra o un solo
gesto divino. No conviene olvidar en esta
tesitura al criado de Eliseo, Guejazi, símbolo
de la avaricia y la mentira, aprovechándose
del beneficio divino.
El general sirio reconoce
su curación. Quien de entrada reaccionó
airada y desabridamente a las sugerencias
del profeta, ahora confiesa que la apertura
a las mismas ha cambiado su vida.
Modalidad
divina con nuestros desajustes: La
lepra suponía en estos tiempos de Naamán
rechazo, soledad, discriminación. El pensaba
que para superarla sólo debía recurrir a
los medios ordinarios, y entre ellos sus
dioses o los ríos de su país, pero sin dejar
de ser él mismo. El relato pretende sugerir
que la fe puede ser un medio terapéutico
para tantas perplejidades en nuestro caminar
personal, que ayuda vernos de manera nueva
ante Dios personalmente. Sólo se pide confiar
en la palabra divina mediadora, y que siga
siendo tal, pues Dios no hace acepción de
personas.
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Sal 97,
1-6
Este Salmo concluye el
tríptico de salmos sobre el reinado
de Dios. Es un cántico postexílico,
antológico, musical, y un ejemplo
de un texto histórico-escatológico
en el espíritu de la mejor tradición
bíblica que pone un germen de futuro
dentro de la historia. El Sal mira retrospectivamente
al pasado más o menos inmediato,
el gran vuelco del retorno de exilio,
al cual se dirige el entero arco de la
historia de la salvación. El cantor
recuerda la serie de acontecimientos,
pero implícitamente presupone otros
nuevos. Así, el Sal se proyecta
hacia el futuro, hacia un “adviento”,
que marcará la entrada definitiva
de Dios en la historia.
Lectura
cristiana: El Sal relanza la
fuerza de la utopía del reino de Dios
como levadura en el presente concreto
y a veces tan amorfo. Esta esperanza hace
de la comunidad cristiana un elemento
de perenne fermento en los grupos humanos,
que quieren situarse en una “ciudad estable”.
Esta posibilita en los núcleos cristianos
impulsos siempre renovados, capaces de
fomentar y establecer el derecho y la
libertad aquí abajo a la luz del futuro
que ha sido anunciado y que debe venir
(1 Pe 3,15). La esperanza ve la realidad
humana en las manos de Dios, y en la escucha
de esta promesa adquiere libertad para
renovar la vida de aquí abajo y trasformar
la realidad de este eón.
2Tim 2,
8-13
El texto ofrece una
reflexión del apóstol sobre
los sufrimientos que comporta ser testigo
del Señor resucitado. En este caso
para argumentar sus razones se recurre
a un himno litúrgico, que era usado
en las asambleas litúrgicas. Esta
confesión enfatiza que la comunión
con Cristo fortalece en los sufrimientos,
y avala la fuerza de su mensaje, pues
no puede ser encadenado ni tampoco se
le puede poner fronteras. La vida nueva
estrenada no se reserva para el más
allá, sino que ilumina la realidad
cotidiana a pesar de las oposiciones.
Lc
17, 11-19
La curación de
diez leprosos inicia una nueva sección
en Lc, interrumpiendo varios relatos dedicados
a la enseñanza de Jesús,
y el evangelista evoca aún el motivo
del viaje a Jerusalén. Se suele
considerar el inicio de la tercera etapa
de la gran sección del viaje hacia
la ciudad santa (Lc 17,11-19,27). Tales
indicios confirman que Lc no dispone de
su material propio de una manera rígida,
sino que reelabora, compila y mezcla cuanto
le proporciona la fuente Q con su tradición.
El origen de la narración
puede estar en la curación de leprosos,
cuyo recuerdo ha sido transmitido por
la actitud de leproso agradecido. En la
comunidad cristiana se subraya la respuesta
del leproso extranjero al don de Dios,
y el relato asume las características
de ser una invitación al agradecimiento.
Por otra parte, este
relato desvela coincidencias literarias
con la curación de Naamán,
y conviene recordar que Jesús alude
a ella en su discurso inaugural. También
Naamán es extranjero, el milagro
se realiza a distancia, y el sanado retorna
para dar gracias a Dios.
Lucas con tal milagro
acentúa que la fe salva, y no importa
el origen de los beneficiados. La fe que
el evangelista describe y ensalza es aquella
que se abre al donador, y no se limita
sólo a la capacidad taumatúrgica
de Jesús. La salvación no
es sólo un fenómeno espiritual,
sino que transforma la totalidad de la
personalidad, conduciéndola hacia
la plenitud. La curación del mal
físico y la integración
en la comunidad humana es un signo de
la plena comunión.
Curaciones
de cuño divino: La súplica inicial
de los leprosos “Jesús, maestro, ten comisión
de nosotros” pone al descubierto la heridas
y derrotas que la existencia causa. Un
poeta de nuestra literatura sentenció:
“Señor, me cansa la vida…”, y a fe que
radiografiaba bien el núcleo interior
de nuestra personalidad, que nos lleva
a tirar que a veces muchas cosas por la
borda, a la pérdida de ilusión, etc, pero
siempre se hallan esas brasas que mantienen
que esa chispa de vida, que sólo el Señor
enciende nuevamente, y nos lleva a integrarnos
en el cauce de la vida con renovada ilusión,
sacándonos de nuestra soledad taciturna
y abominable ¡Seamos agradecidos a este
Señor, que nos acompaña en el camino!
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