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Gn
18, 29-32
Aquí no sólo
Dios responde puntualmente a la oración
de Abrahán, que intercede por Sodoma
y Gomorrra, sino que emergen intenciones
complementarias del tiempo del exilio. La
cuestión latente tiene que ver con
la justicia de Dios en la historia en momentos
de turbación y perplejidad para el
pueblo de Dios. La inserción de esta
tradición en el ciclo de Abrahán
en esta época ayuda a entender la
justicia de Dios en una historia salpicada
por su misericordia, donde los malvados
están entremezclados con los justos,
y Gén 18,29-32 constituye un buen
ejemplo de cómo Dios continúa
mirando con ojos de perdón, a quienes
confían en Él en medio de
gente impía.
Un
canto a la misericordia de Dios, y también
del creyente: El patriarca Abrahán
intercede por Sodoma y Gomorra, y muestra
un espíritu abierto e intercesor ante Dios
para despliegue su perdón. Cree que es mejor
perdonar que cerrarse en la dureza del castigo
que emana del derecho. Es muy difícil tantas
veces vivir químicamente en ausencia de
errores coyunturales, y posiblemente las
medidas más adecuadas serían recurrir a
la aplicación implacable del derecho, pero
quizás tal actitud pueda enturbiar y enredar
más las situaciones. Mejor podría ser apostar
por el perdón y enderezar las circunstancias
equivocadas, y tal vivencia se iba agudizando
en el curso del AT, que acaba por sacar
a flote la mejor imagen de Dios en el mensaje
de Jonás, y el texto de hoy es un buen comentario.
¡Dejemos que la palabra divina ilumine nuestros
juicios a veces inmisericordes, y el perdón
abunde!
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Sal 147,
1-7
Este Sal. está
a caballo entre el himno y la acción
de gracias. Describe una situación
difícil, el retorno del exilio.
Se alaba al Dios que domina la creación
y la historia; tenemos una visión
cercana al Dt-Is. Jer 33 puede ilustrar
esta Salmo. Se anuncia aquí la
reconstrucción, repoblación
y curación de una ciudad: “le
traeré restablecimiento y curación,
y les revelaré un rebose de paz
y fidelidad”. En el Salmo la ciudad
está trancada con cerrojos, los
ciudadanos están “dentro
de ella”.
El Dios del Sal. 147 abarca el espacio
y el tiempo, es un Dios tan presente que
se ocupa y preocupa del hombre aquí
y ahora: “El sana los corazones
destrozados”. El acento se pone
en la herida del corazón, en referencia
específica a los miembros más
sensibles de la comunidad hebrea, que
habían vivido con intensidad dramática
el silencio de Dios en el destierro, y
trataban de comprender la raíz
del abandono de Dios en el destierro.
Dios es el médico del sufrimiento
físico e interior de su pueblo,
de cada uno de sus miembros. Curar es
casi tarea exclusiva de Dios: Is 61,1
“venda los corazones destrozados”,
y el Sal 69,21 afirma “la afrenta
me destroza el corazón”.
Dios creador rodea a sus fieles de ternura
y atenciones. Los repatriados son objeto
del amor inconmensurable de Dios, que
abaja a los soberbios y levanta del polvo
a los desvalidos. El “hesed”
(la ternura) de Dios es indestructible
y constante. Dios nos cura, cuando confiamos
plenamente en El; las soluciones y la
eficacia de los medios humanos es ineficaz.
Transposición:
La palabra enviada por Dios a
la tierra corre veloz y representa a Cristo
en su encarnación, y se prolonga con el
resonar de la misma en la liturgia, en
la oración, en nuestra reflexión personal,
y aquí somos curados de nuestros “desbarajustes
variados”.
Col 2,
12-14
Seguimos con la carta
a los cristianos de Colosas, donde el
apóstol en la sección de
la probatio se detiene en desgranar a
dichos cristianos los motivos cristológicos
para ser fieles al evangelio recibido.
La vida anterior al bautismo es interpretada
como un vivir en el dominio de la muerte,
en la autosuficiencia ciega y personal,
pero en Cristo resucitado nos ha llegado
la vida como un don gratuito, alcanzando
la plenitud de la misma. Este cambio se
experimenta en el bautismo, donde nos
transformamos en criaturas nuevas gracias
a la potencia de Dios, debida enteramente
a la misericordia divina.
Cristo,
derroche de la misericordia divina hacia
el creyente: Dios ha desvelado
en Cristo muerto en la cruz la plenitud
del amor misericordioso, y el cristiano
experimenta este cambio en el sacramento
del bautismo. Aquí se rompen todas aquellas
ataduras que pueden esclavizarnos. Esta
transformación supone no confiar ya más
en nosotros mismos, sino abrirnos continuamente
a Cristo. Tal comunión crea la vida, entendida
ésta como relación personal con Dios Padre
en Cristo, que ilumina constantemente
el abanico de nuestras tensiones y fortalece
nuestro curso existencial, tanto a nivel
somático como espiritual.
Lc
11, 1-13:
La sucesión de
las escenas del ev. de Lc ilustra la vida
del cristiano: a la exhortación
a amar al prójimo sigue el énfasis
sobre la escucha de la palabra divina,
y hoy invita a orar. La comunidad de fe
se funda sobre la palabra y la oración.
Lc en estas tres pequeñas unidades
catequiza al creyente: la oración
del Padre nuestro, la parábola
del amigo inoportuno, y la oración
constante, pero cada una de ellas literariamente
tiene su propia historia. Mt proporciona
también el Padre nuestro, pero
la versión lucana refleja, a decir
de los estudiosos, un tono más
semítico, reproduciendo algunos
términos empleados por Jesús.
Las otras dos unidades de Lc llevan al
ambiente palestino, pero temáticamente
se insiste en la bondad de Dios para quien
lo invoca, de ahí la insistencia
a la perseverancia en la oración.
El Padre nuestro sintetiza
el evangelio con mucha concisión,
que consistía en proclamar y confesar
la bondad de Dios Padre para instaurar
su reino en el mundo. Esta oración
se inspira en fórmulas del AT y
clásicas del judaísmo, en
particular las Dieciocho Bendiciones y
el Qaddish, ofreciendo más afinidad
con ésta última. La oración
de Jesús ahonda sus raíces
en la piedad judía, pero destaca
su sobriedad y horizonte universal. Comparando
las versiones de Mt y Lc simplemente se
puede afirmar que se han confeccionado
en comunidades diversas, de ahí
que haya adaptaciones a las exigencias
litúrgicas de cada una. Cada invocación
contiene muchos aspectos, pero en este
ámbito Lc enfatiza la total confianza
de Dios Padre, que escucha siempre, enfoque
que complementa en las dos secciones siguientes.
¿Orar?
Actitud gozne para la existencia
del cristiano, y facilitar la comprensión
de la palabra divina en nuestro peregrinar
diario, salpicado de tantas sorpresas,
dudas, proyectos, ilusiones, etc. La disposición
del orante cristiano refleja un conocimiento
de sus propios límites, su indigencia,
que sólo Dios Padre puede colmar. Con
la ayuda el Espíritu podemos clarificar
nuestra existencia, eco de la presencia
divina en nuestra interioridad.
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