Fiesta de la Santísima Trinidad

Dt 4, 32-34. 39-40

El libro del Dt es fruto de siglos de reflexión de Israel sobre su propia historia ante Dios, y su fidelidad o infidelidad a la alianza estipulada con Dios en el monte Horeb. El texto pertenece al gran primer discurso de Moisés (Dt 1,6-4,43), que junto con el tercero constituyen añadiduras en tiempos del exilio, fruto de una teología madura, que intenta sopesar toda la historia del pueblo, el don de la tierra hasta la amarga experiencia de su pérdida con la invasión del imperio de Babilonia.

La lectura de hoy corresponde a la sección exhortativa, donde el legislador Moisés recuerda la historia y reivindica la experiencia de fe ante Dios en el curso de los siglos, que se había revelado a sí mismo. En esta experiencia histórica Israel ha aprendido a conocer a su Dios. Ha descubierto que Dios no es una proyección del hombre, ni uno de los tantos dioses de su entorno, ni una ilusión. La realidad de Dios ha sido una vivencia nuclear de este pueblo, y, además, le ha posibilitado una ley para que se conozca a sí mismo, no para ahogarlo en sus proyectos. El Dios “único” crea vida y ahuyenta la muerte y el sufrimiento.

Vertiente pertinente: ¿Quién es Dios? Si escuchamos a los maestros modernos de la sospecha, bien lo saben, Marx, Nietzsche, Freud, y, otros menos conocidos, suelen afirmar que Dios es la proyección de los deseos del hombre, miedos, angustias, etc. No falta en la cultura moderna quien admite con hechos diarios que la medida de las cosas es sólo el hombre, ¡incluso de Dios! Es la absurda pretensión de ver en el hombre la fuente de todo. La lectura de hoy insiste en que Dios quien abre espacios de libertad en el hombre. Es una fiesta que nos quiere liberar de la absurdidad del prejuicio de considerar real sólo cuanto el hombre hace y produce. Es una fiesta que nos invita a contemplar con estupor cuanto nos rodea, que se nos da dado y existe sin nosotros y para nosotros, pero iluminado por la última gran maravilla: la palabra divina escrita, y que se pone en nuestros labios.

 

Sal 32 (varios versiculos)

Pertenece al género literario de himno, y la parte utilizada en la liturgia encaja con la segunda y tercera parte, es decir, el cuerpo del salmo con los motivos teológicos correspondientes, y la conclusión. Dichos motivos son la palabra del Señor, que es sincera y fiable, eficaz y creadora. Todo cuanto rodea al hombre no depende de sus proyectos y esfuerzos, sino de la cercanía de Dios. La misericordia corona la obra benefactora de Dios hacia el hombre, que infunde en el salmo un clima de alegría, confianza y esperanza, y desde esta estabilidad el hombre puede entonar continuamente el “cántico nuevo” de la sorpresa maravillosa ante la existencia. Cristo será en el NT esta palabra sincera de Dios hacia el hombre. El Dios fiel, que da estabilidad a nuestro caminar, posibilita el abrir nuestros labios para alabarle.

Vertiente orante: Toda la creación, que el hombre admira por su belleza, proporciona una estabilidad y seguridad que conduce hacia Dios. Pero el Sal asocia a la creación la presencia cercana de Dios por medio de su palabra leal y permanente, que se concreta en el derecho y la justicia para elevar la dignidad del hombre, especialmente fortaleciendo al creyente. Tal palabra escrita y contemplada es garantía de estabilidad anímica para la persona.

Rm 8, 14-17

Este breve texto culmina la segunda parte de esta carta. Aquí el apóstol enfatiza el don del Espíritu, tema clave en este capítulo. Los cuatro versículos se centran en nuestra filiación divina, cual don del Espíritu, pero no conviene separarla de otros temas centrales de la carta anteriormente desarrollados, como la acción liberadora de Cristo por medio de su muerte y resurrección, el poder del pecado, la permanencia de los instintos desordenados en nuestra existencia, la vida nueva en Cristo, etc, que son unificados por la presencia del Espíritu en el creyente. De las treinta y cuatro veces que San Pablo utiliza el término, veintiuna confluye en Rm 8.

La impronta divina en el cristiano: San Pablo con el término adoptado para Dios Padre, ¡Abba! (arameo) expresa su estupor y maravilla encantada de este descubrimiento de seguridad y estabilidad que Dios nos ofrece. Entre el cristiano y Dios Padre existe una unión profunda de confianza, y tal tesitura no es una invención humana, sino la certeza que llega a través del Espíritu de Cristo. Aquí nos hallamos lejos de los “maestros de la sospecha”. San Pablo aspira a descubrir la dimensión trinitaria de la existencia cristiana, fuente de alegría y posibilidad de compartir con los demás nuestro propio gozo, y tal alegría es un don, no hechura humana. El tener la certeza de esta mirada personal de Dios hacia nosotros mina nuestros sentimientos más profundos, y ello ¡gracias al Espíritu!

Mt 28, 16-20

Constituye la misión universal de los discípulos. El encuentro con el resucitado tiene lugar en un monte, ámbito de revelación en el AT. Dicho encuentro abarca dos momentos: En el primero Jesús habla a sus discípulos (Mt 26,16-18), y les manifiesta el profundo misterio de su persona, a quienes a lo largo del ev. habían dudado, siendo merecedores de apelativos como “hombres de poca fe”, abandonado (26,56), etc, actitudes que aquí son recordadas. Pero este encuentro con Jesús resucitado les fortalece, y quedan habilitados para la misión. El segundo momento (Mt 28,19-20) se centra en el mandato de la misión, a quienes antes han sido transformados con la aparición del Señor resucitado. Los discípulos se convierten en anunciadores del evangelio a todos los pueblos, y Jesús les promete estar siempre con ellos.

La finalidad de este encuentro con Jesús consiste en desvelarles el sentido pleno y profundo de su persona, para que no vuelvan a sumergirse en la ambigüedad de la fe, el abandono, etc. Nuevamente Dios, en este caso el Cristo resucitado, hace ver que la confianza en ellos se basa en su generosidad, pues hasta ahora se habían mostrado frágiles. Todo ello desemboca en el postrarse ante Cristo y adorarle, es decir, reconocen su divinidad, disipando así toda duda sobre tal divinidad. La finalidad del relato de Mt es ahuyentar cualquier duda: de hecho, es la plena revelación del Cristo resucitado, la que funda con certeza la obra sus discípulos.

El eje de la presencia de Cristo resucitado: Uno de los temas preferidos de Mt es el cumplimiento de las promesas antiguas, y Cristo, efectivamente, da plenitud a las mismas. La potencia cercana de Dios se convierte en una condición inaudita de un Dios que mira siempre a su pueblo, que es Dios con nosotros y en nosotros, unido realmente a nuestra vida en carne y sangre (pasión y muerte), es decir, en el sufrimiento, en el abandono, en la muerte y en la gloria. Cristo nos desvela el rostro de Dios Padre. Con la perícopa de Mt tenemos el tercer cuadro, en este caso referido al Hijo, confesado así por los discípulos. De esta manera la liturgia de hoy nos ofrece tres perspectivas de la actuación trinitaria hacia el creyente, el cual puede así contemplar cómo Dios es nuestra fortaleza y estabilidad ante tantas bifurcaciones y inestabilidades existenciales.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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