| Ex
24, 3-8
Los hebreos después
de la salida de Egipto y la travesía
del desierto llegan a los pies del Sinaí,
donde reciben por medio de Moisés
las tablas de la Ley, como código
de un pacto que estipula con el pueblo,
y que éste acepta. El texto de hoy
proporciona la conclusión de esta
alianza. Ex 19-24 se ocupa precisamente
de este evento de capital importancia para
la historia de Israel a nivel de fe. Los
caps. 19 y 24 enmarcan narrativamente los
caps. centrales, es decir, 20-23, donde
se confluye la legislación del pacto,
desglosando el alcance ético del
pacto entre Dios e Israel, pacto que está
precedido por las gestas salvadoras de Dios.
Dios en la historia de Israel se suele anticipar
y lo libra de sus angustias y peligros,
y le hace saber la tesitura de su iniciativa,
que se sanciona con pactos, como hoy se
puede apreciar. El pueblo se compromete
a ser fiel a este pacto. La alianza es el
“sacramento” nuclear para el
pueblo elegido, donde puede contemplar el
perfil de su identidad ante Dios: salvación-exigencia-oferta.
Ex 24, 3-8 constituye el rito central de
la alianza, donde se asumen las claúsulas
anteriores. Dada la festividad de este domingo
quisiéramos fijarnos en las víctimas
sacrificadas, pues su sangre es ahora vida
sagrada, con la cual es rociado el pueblo
como signo y sacramento de alianza. La sangre
es símbolo de la vida que une los
dos contrayentes, pero la alianza se apoya
en la estabilidad de las palabras divinas.
La palabra es la relación interpersonal
por excelencia, y el rito cristaliza la
dinámica fe-obediencia al Dios personal,
que antes les ha hablado.
¿Una
vida sin leyes, son éstas necesarias
e indispensables para organizarse en nuestro
arco existencial? ¿Una fe sin exigencias?
¿Un Dios aguafiestas? ¿Las
leyes significan sumisión ciega a
Dios? Hoy se nos recuerda que las “palabras
divinas” (leyes o mandamientos en
nuestro lenguaje habitual) fomentan la vida,
y abren nuestros ojos a cuanto de oscuridad
encierra el corazón del hombre. Leyendo
atentamente los caps. 20-23 se podrá
apreciar que cuanto se combatía por
aquel entonces son las mismas preocupaciones
de hoy, y los periódicos que leemos
son un magnífico comentario a la
ausencia de esta palabra divina en tantas
ocasiones.
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Sal 115,
12-28
El Sal 115 forma parte de la sección
aleluyática del salterio (Sal 113-118),
donde Israel expresa su agradecimiento
por los beneficios que ha recibido de
Dios, refiriéndose especialmente
a la esclavitud de Egipto, que se convierte
en paradigma de la actitud apremiante
de Dios hacia Israel. Los versículos
de la liturgia de hoy responden al esquema
de la oración individual del orante
que agradece el retorno a la vida, después
de haberse visto cercano a la muerte.
A causa de este motivo va al templo a
dar gracias por haberle librado de esta
situación de angustia, siendo aprovechada
esta vivencia personal para canalizar
la actitud del pueblo.
El “alzar la copa de la salvación”
marca el comienzo de la ofrenda de alabanza
y acción de acción de gracias,
y significa un gesto de alegría,
al cual son invitados todos los participantes,
lográndose así una alabanza
coral. El fiel, librado de la angustia,
intensifica su acción de gracias,
declarándose “siervo”,
es decir, se fía plenamente de
Dios, pues ha “roto sus cadenas”.
Situaciones
fronterizas, dolorosas, y ambiguas
tejen nuestro caminar, ya sea frente a
nosotros mismos, ya sea con los demás,
pero demos recordar las palabras del Sal:
“mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles”. En palabras
más directas, ese misterio atado
con lazos de muerte, que nos rodea diariamente,
se rompe cuando nos abrimos a Dios y nos
vemos en sus manos, apareciendo la alabanza
en nuestros labios.
Heb 9,
11-15
La lectura de hoy coincide
con la parte central de la carta, y constituye
una síntesis doctrinal de su pensamiento,
centrada sobre el sacerdocio de Cristo,
en cuanto templo de Dios. Con un lenguaje
entresacado del AT el autor reflexiona
sobre Cristo sumo sacerdote. Como Hijo
de Dios se ha convertido en la presencia
de Dios Padre entre los hombres, en templo
que purifica y ofrece incesantemente la
salvación. Cristo en virtud de
su sangre derramada en la cruz se convierte
en el mediador de la nueva alianza, perdonando
los pecados, y sacerdote más allá
de cualquier perspectiva: un sacerdote
que no necesita ofrecer sacrificios por
sus propias culpas, pero es un sacerdote
que pertenece a los “dos mundos”:
se ha hecho carne, ha asumido nuestra
humanidad hasta sus últimas consecuencias,
y se ha dejado envolver por ésta
sin reserva alguna. Precisamente por esto
ha hecho tangible, y comprensible el amor
de Dios Padre. Acerca a Dios al hombre.
Apuesta
por la gratuidad existencial: En
medio de palabras lejanas a nuestra cultura
(pero son del AT) se nos hace comprender
que Dios nos ha amado primero, y aunque
no seamos conscientes a veces de esta
tesitura. Esta generosidad divina es tal,
porque no es exigida, comprada o abaratada.
Dios aquí juega al máximo
con el don de su Hijo único, que
se convierte en víctima, holocausto,
sacerdote y altar, donde se consuma la
pura ofrenda, y se rompen las barreras
de la ambigüedad de los cálculos
humanos frente a la vida y ante Dios,
y se estrena un horizonte de gratuidad
en las coordenadas terrestres que lleva
el sello divino ¡Maravilla, pero
toda divina!
Mc
14, 12-16
El texto se articula
en dos pequeñas unidades: la preparación
de la Pascua y el relato de las palabras
y de los gestos sobre el pan y el cáliz,
que constituyen el núcleo de la
Eucaristía, memorial del Señor,
Cristo Jesús, pero no hay que olvidar
el contexto: el arresto de Jesús,
la traición de Judas, seguido de
la crucifixión y el anuncio de
la resurrección. El contexto inmediato
es la traición de Judás.
Conviene subrayar éste, ya que
ayuda a valorar el contraste de la gratuidad
del don de Cristo en la Eucaristía,
y pensar que Judás también
participa en la misma. Esta desvela la
profunda vivencia de Cristo ante Dios
y la persona, vivencia de alcance universal
y no excluyente para nadie, “sangre
de la alianza, derramada por todos”.
Aquí se ritualiza el modo cómo
Dios nos ve, y una vez más en medio
de los lazos de muerte tendidos por el
hombre emerge la acción divina.
El Corpus,
fiesta del amor: Jesús
recapitula el camino de fe de miles de
generaciones anteriores a Él, que
se habían ante Dios, pero pone
el sello divino a esta cercanía
divina. Ha vivido plenamente nuestras
realidades, y nos ofrece alternativas
impensables, pero siempre iluminadas por
su “entrega libre” (sello
divino), y todo ello revestido con una
atmósfera personal.
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