| Hch
10, 25-26. 34-35. 44-48
Con la conversión
del centurión Cornelio se alcanza
una etapa decisiva de la historia de la
salvación, tal como Lucas la concibe:
con la donación del espíritu
a los gentiles. Poco a poco Dios después
de la persecución de la iglesia primitiva
esta escena marca la apertura al mundo de
los paganos, pero está englobada
en un relato más amplio, es decir,
Hech 10,1-11,18, donde se puede observar
una disposición paralela de algunos
episodios: escenas narrativas, escenas de
encuentros, discursos, y sobre todo “la
doble visión”, que permite
el encuentro de Cornelio y Pedro, querido
expresamente por Dios.
Los v. 25-26 describen el encuentro de
Cornelio con Pedro, que Lucas aprovecha
para afirmar la igualdad religiosa de todos
los hombres, y quitar cualquier obstáculo
que suscite una discriminación de
tal alcance entre gentiles y paganos. En
los v.34-35 la palabra de Pedro (discurso
del apóstol) resulta condicionante,
afirmando que Dios ofrece su salvación
a todos los hombres. Lucas enuncia aquí
un principio cristiano en contraste con
los enfoques judíos: se supera la
dinámica de la ley. Con los v.44-48
el relato alcanza su cúspide. En
palabras breves, se narra la llamada “Pentecostés
de los gentiles”. La inesperada venida
del Espíritu interrumpe el discurso
de Pedro, y demuestra que el nacimiento
de la iglesia-pagana no es un fruto de la
decisión del hombre, sino del Espíritu,
y significa un vuelco completamente nuevo
en la historia de la salvación.
El Espíritu ha tomado la iniciativa
y otorgado sus dones de igual manera que
día del primer Pentecostés.
Los gentiles están, pues, al mismo
nivel que los judíos-cristianos a
los ojos de Dios, cuando se abren a la fe.
Vertiente
cristiana: La palabra de Dios pide
abiertamente el reconocimiento de la dignidad
de la persona por su llamada a la salvación
sin distinción de razas, cultura
o pueblos. La iglesia se funda, entre otros
factores, en la obediencia y acogida del
Espíritu, presencia del Cristo resucitado,
y la vivencia de la fe comporta esta universalidad,
libre de cualquier de infección egoísta
o cerrazón.
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Sal 97,
1-4
El Sal confirma las miras universales
de la lectura anterior. Se trata de un
himno, que gira en torno a las tres partes
habituales: invitación a la alabanza
divina y motivo de la misma (v.1-3), perspectiva
universal de la alabanza (v4-6), y motivación
y plegaria final, a la cual se debe unir
la creación (v7-9). El pensamiento
del Sal rememora el enfoque del Dt-Is
40-55, y las acciones divinas en este
periodo histórico, donde Dios actúa
por su amor, lealtad y fidelidad hacia
su pueblo, pero ahora tiene un alcance
universal, ante los ojos de todos los
pueblos. El Sal rompe la barrera del particularismo,
y Dios aparece sin más determinaciones
como el único Señor de la
historia. Los “privilegiados”
israelitas ahora tienen que contemplar
este Dios universal, pues desde ya no
se fija sólo en ellos, ya que cambia
la óptica divina.
Perfil
cristiano: El Sal canta al Dios
universal, y no sólo el pueblo
judío está inmerso en esta
corriente, sino todos los pueblos. Dios
es alegría, misericordia, lealtad,
y todos los hombres están llamados
a descubrirlo y entonar el cántico
nuevo. Se respira idéntico aire
que en el relato de Cornelio. La razón
es que el alba del nuevo día del
Señor resucitado posibilita la
acogida mutua, que supera mentalidades
obtusas a nivel cultural, social e religioso.
Desaparecen los privilegios y barreras,
que denotan autosuficiencia.
1Jn 4,
7-10
Este texto pertenece
a tercera parte de la carta, donde se
procura una conexión entre la confesión
de la fe y el amor mutuo. Constituyen
éstos dos aspectos inseparables
en el pensamiento de esta carta, y sólo
a través de ellos la comunidad
cristiana puede descubrir su propia identidad
y discernir la incidencia de la fe en
la vida de cada día. Hoy se afirma
con toda rotundidad que la dimensión
para juzgarnos no surge de nuestra sensibilidad
o criterios, sino de Dios que nos ha enviado
a su Hijo. Ha sido Dios Padre el desencadenante
de esta nueva tesitura en la existencia
humana. El amor mutuo tiene su fundamento
de Dios, y origina nuestras actitudes
gratuitas ante la vida.
Texto purificador
de actitudes: Contrariamente
a cuanto a veces se observa, no son los
sentimientos, ni el corazón, ni
la voluntad la fuente del amor, sino Dios.
El amor (ágape) es un estado de
plenitud que transforma la vida, que nadie
consigue por sí mismo o su propio
esfuerzo, dinero, inteligencia o méritos,
sino que se descubre tantas veces causalmente,
pero que detrás está el
toque del Espíritu del resucitado.
Jn
15, 9-17
Nos hallamos en el contexto
de los discursos del adiós de Jn.
El pensamiento central es el amor recíproco,
un tema siempre actual que genera miles
de sentimientos e imágenes. En
el ev. de Jn y 1 Jn existe un trasvase
conceptos, y éste precisamente
uno de ellos, y ¡fundamental! Pero
el ev. matiza también la vivencia
del mismo con las expresiones: “permanecer”,
“dar fruto”, etc. El autor
fija su atención en la relación
entre Dios y Cristo, donde se aprecia
una circularidad en amor y comunión.
Esta comunión entre ellos avala
la vivencia del amor de los discípulos.
La comunidad
cristiana en actitud de purificación:
La vivencia de la fe supone una apertura
al Cristo resucitado, que nos remite a
los hermanos, y tal proceso conlleva una
purificación constante de actitudes.
Tal proceso no encuentra en nosotros la
última luz clarificadora, sino
que se descubre en la referencia a Cristo,
que hoy nos recuerda la estabilidad en
esta actitud de donación. El dejarse
interrogar por Cristo conlleva una escucha
y apertura, ya presente, pero duradera.
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