Cuarto domingo de Adviento

Adviento 2008 (fr. Rafa)

2 Sam 7, 1-5. 8-11. 16

Es un texto significativo en el AT, donde se puede contemplar la promesa de Dios a David por medio del profeta Natán. La alianza indica el entrecruzarse la promesa de Dios y la esperanza del hombre. En la profecía de Natán no se utiliza el término “alianza”, pero es suficiente leer el Sal 89,27-38 para observar cómo Israel ha interpretado este oráculo: Dios es el gran rey que hace una concesión al monarca inferior, el cual se compromete a ser fiel al soberano y cumplir las normas. Natán hace una promesa a la dinastía davídica, mientras que el Sal 89 aplica a David las mismas promesas.

Esta promesa divina es definida como “alianza” en otros textos del AT, como en 2 Crón, donde la alianza con David se relaciona con la estipulada con los patriarcas y en el Sinaí. Es decir, es un empeño unilateral de Dios en relación con el rey elegido y el pueblo, del cual el rey es responsable, ya que era considerado el mediador entre Dios y el pueblo. La alianza con David tiene la función de legitimar su dinastía y la vida misma de la nación, de manera que los libros de las Crónicas, cuando ya no existía el rey, remiten no a la alianza del Sinaí, sino a la promesa hecha a David como garantía permanente de la continuidad de la vida religiosa y nacional. La promesa divina no mira a la perennidad del estado de Israel, sino a la protección y empeño divino en favor de su pueblo que se apoya en la ley, y, es más, Dios se compromete en esta protección, incluso aun cuando el rey no se mantenga fiel a las claúsulas de la alianza.

En breves palabras, el oráculo de Natán revela que la elección de David y su casa es pura gracia y benevolencia de Dios, que alcanzará su pleno cumplimiento en la persona del Mesías, el hijo de David por excelencia.

Dios desvela siempre nuevos espacios: Habitualmente solemos hacer proyectos para nuestra vida, pero el creernos protagonistas exclusivos puede conducirnos a prescindir de sugerencias que nos enriquecerían mucho. Dios aparece en este horizonte como aquella presencia generosa y benefactora, que se mantiene fiel incluso en nuestros momentos de oscuridad. Es una garantía de fortaleza para nuestro ánimo espiritual.

 

Sal 88, 2-5. 27. 29

Es un largo salmo que gira en torno a la promesa mesiánica hecha a David, y tiene, pues, relación con 2 Sam 7 y 1 Crón 17,7-14, además de otros textos del AT en esta misma línea de pensamiento. La liturgia hoy sólo ofrece unos versículos que cantan la misericordia de Dios. Dentro de la estructura del Sal los v.2-5 anuncian solemnemente la perpetuidad de la promesa a David, siervo de Dios, y los v.27-29 enfatizan nuevamente la elección y la protección divina.

La primera palabra del Sal es “fidelidad” (hesed), término clásico de la alianza de Dios. Este atributo de la actitud indefectible constituye una referencia constante junto con otro, “verdad” estable, sinónimo del anterior, articulando una profesión de fe en el amor divino hacia la dinastía davídica y su elección. A la sombra de la fragilidad humana y en el transcurrir del tiempo la palabra divina desafía el río de las generaciones. La declaración del salmista se centra en la fidelidad divina, que rige e ilumina la relación de Dios con su pueblo, y toda la tesitura espiritual del salmo.

La palabra irrevocable de Dios: Una vez que Dios se compromete por medio de su palabra, permanece fiel. El abandono y la lejanía humana no anula la gracia de Dios, y su juicio no es otra cosa que una pedagogía hacia la comprensión del camino de la salvación. Dios se mantiene fiel a sí mismo, aunque el hombre emprenda caminos de autosuficiencia. Posibles momentos humillantes y de aturdimiento no desvanecen el horizonte divino sobre nosotros a largo plazo. El Sal 89 canta este mirarnos de Dios con ojos de fidelidad y lealtad, y, aunque a veces los acontecimientos lo desmientan, el Sal lo confirma, proclamándolo a pleno pulmón, pues la lealtad divina no se apoya en nuestras prestaciones, sino en el favor de Dios hacia nosotros.

Rom 16,25-27

Constituye la doxología final de la carta a los Romanos. En ella san Pablo expresa su estupor ante el amor misericordioso de Dios que salva a todos los hombres en Cristo. Este misterio (realidad riquísima, verdad que salva), “en secreto durante siglos”, se desvela finalmente a todas las gentes.

Literariamente ofrece correspondencias con otras doxologías: Rom 11,36; Gál 1,5; Ef 3,20; Filp 4,20, y Jds 24s, las cuales enfatizan los dones de Dios a lo largo de la historia de la salvación, que han concluido con la revelación de su misterio: la Encarnación del Verbo. Este plan eterno y desvelado gradualmente indica la sabiduría divina a la hora de mostrar su fidelidad, cantada en el salmo responsorial.

Confesión paulina y espejo para nosotros: El apóstol se admira de la constancia de Dios al infiltrarse y hacer morada en la historia del hombre, que de una manera indirecta o directa va condicionando. En la primera lectura el rey David quería construirle un templo, pero en la respuesta Dios le hace ver que él mismo es una hechura suya, al tiempo que le sorprende con un nuevo beneficio, que al final alcanza su plenitud con la encarnación del Mesías.


Lc 1, 26-38

San Lucas escenifica con su pluma y mente clarividente la entrada del Verbo en la historia, y una vez más Dios sorprende en la forma cómo lo realiza. Esta vez cuenta con la colaboración humana, es decir, la Virgen María, que asiente en la fe las palabras del ángel Gabriel. La aceptación de María posibilita que el mundo se llene de alegría y gozo indecibles, y desde entonces esta tesitura define la historia humana.

La narración subraya desde el inicio hasta el final la actuación de Dios a la luz de la profecía de Is 7,14 (LXX). La mesianidad de Jesús y su obrar, del cual informará San Lc en sus páginas, se fundan sobre una afirmación de fe: Jesús es el “Santo” de Dios, el Hijo de Dios. Pero al mismo tiempo, con unas pocas trazas, mediante un uso magistral del arte de omitir aquello no esencial, y con temor reverente y casi mudo, se proporciona una imagen insondable de María. Con gran maestría toda la perícopa está compuesta en función del mensaje cristológico, al cual María humildemente responde con una disponibilidad total. A la introducción del v.26s corresponde la noticia conclusiva del v. 38b.

El “sí” de María sintetiza también nuestra acogida de Cristo en este tiempo de Adviento, pues el Verbo encarnado nos anticipa y marca los ritmos de nuestros pasos. ¡Contemplémoslo en nuestra historia personal!

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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