Trigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario

Dan 12, 1-3

El libro de Dan es el único libro apocalíptico del AT. También pertenecen a este género los textos de Is 24-27 y 33. Por este motivo, entre otros, Dan no aparece en el canon entre los profetas.

Dn 1-12 presenta una triple división. Dan 1 alude a la vida, el tiempo de Daniel y sus compañeros, y con él se ilustra la parte principal de las narraciones de Dan 2-7 durante el exilio en la corte del rey de Babilonia. La tercera parte (Dan 8-12) facilita ulteriores visiones que encajan en la estructura de Dan.

Dan 8-12 empieza con una visión sobre la fieras, que muestran la destrucción del poder humano (cap. 8), el cap. 9 versa sobre la culpa de Dn e Israel, y los caps. 10-12 ofrecen múltiples visiones sobre los últimos tiempos, y es aquí donde hay que colocar la lectura de hoy sobre la resurrección de los muertos.

Daniel conoce los planes de Dios, y el cap. 12 concluye con la resurrección de Daniel, siendo un buen final para el protagonista.

La redacción final del libro hay que situarla en la primera mitad del s. II, durante la época helenística y en Palestina, en círculos macabeos, que propugnaban un rigorismo religioso y cultural, y Dan en este sentido les sirve como modelo de identificación.

Dan. junto con 2 Mac 7,9.11.14.23.29.36 y 12,44s constituyen los únicos testimonios del AT sobre la resurrección de los muertos. Se discute, si también Is 26,19 se halla en esta misma órbita. En Dan. 12,1-4.13 se enfatiza que los judíos fieles a la ley después de la muerte tendrán vida eterna, mientras que todos los otros experimentarán la infamia imperecedera. Los justos han sido fieles a Dios, y como tales brillarán en la nueva era luminosa.

Relación cultural: Este lectura de Dan ayuda a iluminar a quien vive la fe en un ámbito de crisis y persecución, violenta o solapada. Quien se fía de Dios ve una prolongación de la vida, porque Dios sale garante de sus ilusiones y proyectos. Para quien lo material es la vertiente definitiva de la existencia, los enfoques que dará a ésta serán reducibles y muy a su medida. Sólo es real cuanto él ve empíricamente, lo demás no existe. Hoy se dan también estas características, y tienen una incisiva repercusión social.

Sal 15, 5.8.9-10.11

El Sal. 15 es un canto a la confianza y entrega a Dios, porque no conoce la corrupción a quien se apoya en El. El Sal se compone de tres partes: Antífona introductoria (v.1), profesión de fe en Dios (v.2-6: sí a Dios, no a los ídolos), el sendero de la vida que Dios dona (v.7-11).

El Sal. 15 no es una confesión explícita de la fe en el destino individual final. Contiene una teología magnífica sobre el más allá, pero expresada en forma poética. La escisión entre el presente y futuro no encaja en el enfoque unitario bíblico. El salmista tiene una conciencia del eterno, que en un sentido genuino la “vida divina”, está ya infiltrado en su presente. Podemos decir en términos actuales que estamos ante una escatología realizada o presencial. Dios fortalece nuestro aquí y ahora frente a posibles desconciertos o callejones sin salida de la vida.

Palabra de ánimo: A veces se puede perder el ánimo ante la vida, bien sea porque se ven situaciones amargas, que minan nuestras ilusiones. En el mensaje del salmo se puede comprobar la cercanía de Dios en estas circunstancias. “Dios enseña el camino de la vida”, es decir, nos ofrece un itinerario en la vida bajo un prisma ético. La presencia de Dios nos ayuda a tener confianza en nosotros mismos, no obstante las dificultades inherentes a la vida. “Nos sacia de su alegría”, en otras palabras, la fe en Dios nos posibilita caminar serenamente con corazón sereno, no ahogarnos en los sobresaltos o zigzags de la existencia, adquiriendo ésta otra dimensión, más auténtica.

Heb 10,11-14.18

Es una nueva consideración sobre la eficacia definitiva del sacrificio de Cristo en la cruz. Se establece un contraste entre la acción sacerdotal de Cristo y la de todo sacerdote del AT. El sacrificio expiatorio y propiciatorio ha sido suficiente una vez para perdonar todos los pecados, pasados y futuros. El sacrificio de Cristo, con una representación incruenta, sacramental, pero real y objetiva, no se opone a la eterna y definitiva eficacia del sacrificio de Cristo.

La celebración de la Eucaristía nos reconcilia con nosotros mismos y con nuestros hermanos en la fe. Vivir como reconciliados es terapia pura, porque nos ayuda a ver la vida impregnada de “confianza” y “sin miedos”; vivir sin tal tesitura hace la vida dolorosa y a veces distorsionada.

Mc 13, 24-32

Es el texto central del discurso sobre el final de los tiempos. Mientras que en la sección precedente (v.5-23) y la siguiente (v.28-37) miran a la situación histórica de la humanidad, según una perspectiva judía, ahora el horizonte se abre a una visión cósmica del fin del mundo, dominada por la figura del Hijo del Hombre, título que se aplica a Cristo en su venida final.

El acento del texto no recae sobre la descripción apocalíptica, sino más bien sobre la parusía del Hijo del Hombre, que no aparece con una figura amenazadora, sino como salvador, y vendrá a reunir a los elegidos en la victoria final. Mc en este pasaje no pretende presentar una escena de juicio, ninguna amenaza, ninguna condena, sino suscitar esperanza y alimentar la espera en la victoria final. Por eso el discurso no quiere asustar, sino animar a una comunidad cristiana perseguida y probada a causa de su fe.

Se utiliza un lenguaje simbólico, como “el sol se oscurecerá, las estrellas caerán del cielo,…” para indicar un acontecimiento grandioso.

El v. 26 ofrece un “dicho” sobre la venida del Hijo del Hombre. Es la frase más importante del discurso, que funda la esperanza cristiana del triunfo final de los justos. El fin del mundo no es otra realidad que la promesa de la parusía gloriosa de Cristo, prevista en Dan 7,13. Este discurso está tejido con un lenguaje apocalíptico, pero filtrado con pensamiento cristiano.

Visión existencial: Es una exhortación a vivir en un estado de “vigilancia”, que supone una opción por un estilo de vida apoyado en la fe, ahuyentado aquellas actitudes que ofusquen la misma. En palabras breves, creer que los criterios últimos de la vida no se basan en nuestra propia sensibilidad o enfoque personal. Expulsar a Dios de nuestra vida supone quizás a corto plazo una tranquilidad con nosotros mismos, pero posiblemente un empobrecimiento a nivel humano y cristiano. Lo fácil es vivir fijándonos en nuestra propia imagen, pero posiblemente no sea lo más auténtico de nosotros mismos. Todo ser humano llega a ser consciente de su dignidad y su propio valor a través de las relaciones con otros, y Dios es el gran Otro, tal como se desvela en su palabra.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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