| Los
textos de este domingo invitan a la alegría,
la oración, y la generosidad, siguiendo
las huellas de los cristianos de la iglesia
primitiva, iluminados en su fe por la resurreción
del Señor.
Hch
4, 32-35
Sabido es que Lucas suele
unir las secciones de sus escritos por medio
de sumarios, sintetizando de este modo su
pensamiento. Pues bien, aquí ofrece
uno de gran trascendencia, ya que le sirve
para presentar un cuadro ideal de la comunidad
primitiva de Jerusalén. Los numerosos
reclamos temáticos y literarios con
cuanto precede, especialmente con el sumario
de Hech 2,42-47, y sigue, hacen de este
sumario una referencia significativa en
la primera parte de este libro. Insiste
en la concordia entre los creyentes, la
comunión de bienes, un argumento
muy apreciado por Lucas, con un lenguaje
que sugiere al lector un ideal helenista
de vida social, un sueño sin propiedad
privada, y todo en común (J.Dupont
ilustra este enfoque).
Lucas ve retratada en la iglesia de Jerusalén
la comunidad de todos los tiempos, un ideal
hacia el cual deben tender todas las vivencias
cristianas, donde subraya la generosidad
espontánea y libre, gracias al resucitado.
El texto debe ser leído a la luz
del Jesús resucitado. Este testimonio
es la raíz de toda opción
cristiana, y genera nuevas relaciones, manifes-tándose
concretamente en la comunión de bienes.
Si se diluye esta presencia del Señor
resucitado, el curso de los acontecimientos
puede tomar otro cariz.
La celebración
de la Eucaristía supone
la vivencia del Cristo resucitado en medio
de la comunidad, creador de vida y unidad.
Filtrar el alcance de su vigencia en medio
de nosotros como resucitado supondría
un empequeñecer su radio de acción
en el escenario cotidiano. Su iniciativa
como Señor de la historia, de entonces
y de ahora, quedaría debilitada si
nos falta el valor de dar crédito
a su palabra. Y precisamente los bienes,
frutos de tantos zigzags mentales y esfuerzos
personales, quedan afectados y difuminados
por el vigor de su irrupción en nosotros.
Este ideal lucano refleja de maravilla el
dinamismo del resucitado. ¡Contemplémoslo,
y no le quitemos su magia en desencadenar
opciones nobles, cristianas, aquí
y ahora!
|
Sal 117
La liturgia lo ha ofrecido ya en el domingo
de Pascua.
1Jn 5,
1-6
Esta carta joánica
suele combinar una parte parenética
con otra de carácter kerigmático.
Este texto pertenece a la tercera parte
del escrito, donde se insiste nuevamente
en la relación recíproca
entre el amor y la fe. El contenido de
la ésta ilumina la praxis del creyente,
sino se produciría un desvarío.
Fe y amor mutuo constituyen dos aspectos
inseparables del anuncio cristiano. Sólo
cuando se produce esta vivencia aparece
la luz sobre el peregrinar humano, susceptible
de ser salpicado por el egoísmo,
y la pesadumbre. La resurrección
del Señor garantiza la victoria
sobre tantos aspectos ambiguos, que siembran
dudas en nuestros pasos. Si quitamos tal
seguridad fácilmente sucumbimos,
y acabamos por creer que la vida puede
ser un engaño o alucinación.
Además, el texto abunda ulteriormente
en una tesis de fondo: Cristo se ha manifestado
“en la sangre y el agua”,
es decir, abarca la teofanía del
bautismo y la muerte en cruz, tesis que
combate el enfoque gnóstico ya
incipiente.
Vertiente
pascual: Es bonito entusiasmarse
con la vivencia de la fe, sin embargo
la misma lleva a su vez a ser realistas.
En palabras breves, a ser coherentes,
a una adhesión sincera y constante
al contenido de la misma, sino fácilmente
se produce una exaltación religiosa,
y ésta tendría poca incidencia
sobre el trajín cotidiano. Las
palabras del resucitado cuando las asumimos
generan luz, y con tal horizonte vencemos
muchas oscuridades.
Jn
20, 19-31
La lectura narra la aparición
a los discípulos. El relato porporciona
tres puntos fundamentales: 1. El fuerza
de Cristo, que ha alcanzado con la resurección,
la transmite a sus discípulos.
2. La fe es un riesgo: no se trata de
tocar y ver, sino de acoger un anuncio
que es dado, y que crea libertad personal.
3. La firma que el evangelista pone a
su evangelio, indica con claridad la finalidad
del mismo: obtener la fe en Jesús,
reconociéndolo como Cristo e Hijo
de Dios, y hacer que la fe tienda a abrirse
a la vida eterna.
Con esta escena del resucitado todo el
evangelio queda enmarcado por una inclusión.
El protagonista es el Hijo de Dios que
se presenta en la historia humana, y posibilita
al hombre, y al creyente nuevas posibilidades
de juzgarse y comprenderse. La fe descubre
esta realidad en un ser humano como nosotros.
Es la última intervención
de Dios Padre en el tiempo humano, ámbito
del tránsito del hombre, donde
recibe la palabra poderosa, iluminativa
y respetuosa del Resucitado, el sello
de la divinidad y luz sobre el caminar
humano.
La presencia
de Cristo resucitado crea ámbitos
de libertad y de alegría. Ante
las puertas cerradas de nuestra interioridad
el Señor se acerca trayéndonos
la verdadera paz. A nuestra incredulidad
el Señor reacciona con paciencia,
nos llama dichosos y dona su Espíritu.
Frente a los miedos que nos paralizan,
las desilusiones que nos descorazonan,
según la inquietud y la angustia
que nos empequeñecen y entristecen,
recibimos esta cercanía armonizadora
del espíritu del Resucitado, que
nos hace sentirnos libres. El tiempo de
Dios es el tránsito del hombre,
y todo espacio humano vive y se alimenta
del tiempo concedido por Dios, que El
mismo ilumina con la presencia de su Hijo
resucitado.
|