Segundo domingo después de Navidad

Eclo 24,1-4.12-16

El libro de Ben Sira, escrito en el s. II a. C, nos habla hoy de la sabiduría de Dios, que para los hebreos en esta época se identificaba con la Sagrada Escritura, y la Ley. Nos hallamos ya ante una evolución de concepto de sabiduría dentro de los libros sapienciales, en los cuales en un primer estadio se había creído decididamente en la dimensión de la razón del hombre para comprenderse a sí mismo, sobre todo en Proverbios, pero que poco a poco fue cediendo ante las ambigüedades que la existencia humana plantea, acabando por abrirse a Dios, fuente de sabiduría.

Precisamente el cap. 24 marca la tercera sección de este libro con un himno dedicado a loar la sabiduría en Israel, y sus frutos, enganchando el concepto con la teología de la creación. Nos hallamos ante uno de los textos más hondos en este sentido. El sabio que se desvela en este libro reconoce las limitaciones de la comprensión humana, el pragmatismo racional de honda raigambre sapiencial, y se abre al “temor de Dios” en cuanto apertura a los callejones sin salida que derivan de la existencia. Es decir, recupera el dato revelado, ya que ofrece la presencia divina con más nitidez y transparencia soluciones a nuestras zozobras. Ben Sira al final de un recorrido secular confiesa que la razón del hombre no es suficiente, ni el todo para conducirse en la vida, y apela a la palabra revelada en la historia de Israel, pueblo elegido de Dios.

¿Es suficiente el enfoque racional de la existencia? Es una cuestión debatida en tantos momentos de la historia del hombre, ya sea personal o colectiva, entonces como ahora. La lectura de hoy afirma que es indispensable la tesitura de la sabiduría divina, que inicia en la creación y culmina en la palabra manifestada por Dios personalmente a sus mediadores. No se trata de una devaluación del poderío de la razón del hombre, sino de una purificación de la misma, dadas las ambigüedades que surgen en la mente humana. Ben Sira no confía ciegamente en las posibilidades del hombre, dejado a sí mismo, sino que tiende puentes hacia la trascendencia, ya que ésta es la única capaz de ofrecer un programa para la autorrealización del hombre.

Sal 147, 12-15.19-20

El Sal 147 es un himno de acción de gracias, que considera la historia y la creación al estilo del Dt-Is. La raíz de esta alabanza se halla en el amor misericordioso de Dios por la creación, que constituye el primer gesto de la historia de la salvación. Los sucesivos acontecimientos salvíficos no son ocasionales o puntuales, sino que derivan de la misma fuente, y son cualidades permanentes del ser divino. El tema de la reconstrucción de Sión aparece como otro elemento destacado, ofreciendo conexiones con los enfoques del Dt-Is. Otro tanto ocurre con la sabiduría y el poder de Dios. Estas armonías favorecen una datación del Sal, es decir, en el postexilio.

- La sección de hoy corresponde al tercer movimiento del Sal, que contempla a Dios en relación con la historia humana y el cosmos: Dios en la historia (v.13-14), Dios en el cosmos (v.15-18), Dios en la historia (v.19-20).

Hoy quisiéramos destacar el eco de la palabra divina, el modo cómo Dios interviene, palabra creadora y salvadora, eficaz y eminente, pero trascendente y soberana a tenor de la primera lectura del Eclo. La función mediadora de la palabra divina se asemeja al concepto bíblico de sabiduría. Por esto en el v.15 la palabra se personifica, aparece como un mensajero enviado por Dios y que se lanza a una carrera frenética para cumplir su misión. La palabra divina actúa como el soplo creador, que transforma cuanto encuentra. El Sal 147 constituye un cántico a la revelación cósmica e histórica de Dios, quien rompe su silencio, y se establece en Jerusalén.

Sostenidos por la palabra escuchada y vivida: Dios se infiltra silenciosamente en medio de nosotros a través de muchos modos y maneras. Pero en la carrera del tiempo acaba plantando su morada en medio de su pueblo, y se condensa su mensaje en palabras concretas, que a la luz de la fe podemos contemplar. ¡Dejemos que esta palabra habite en nosotros!

Ef 1, 3-6

Cuanto habían anunciado las dos lecturas del AT, ahora se personaliza en Cristo, Verbo de Dios. Estamos en el himno cristológico de Ef: 1,3-14, pero en el fragmento de hoy se contempla la elección pretemporal y predestinación de los cristianos a ser hijos de Dios. Dicha elección y bendición, según el apóstol, debe ser vivida continuamente para alcanzar una comprensión cada vez más sensata de Dios Padre, y al mismo tiempo descubrir nuestra riqueza y dignidad como personas e hijos de Dios. Tal meta se logra a la sombra de la acción del Espíritu.

Vivir como hijos de Dios: En Cristo hemos sido elegidos para vivir del don de ser hijos, que significa gozar de la riqueza de sentir la presencia amorosa de Dios, la cual desemboca en la alegría, el color y el calor de una existencia que se sabe sostenida y guiada por el amor desbordante de Dios.

Jn 1, 1-18

Estamos ante una perla del hablar y actuar de Dios Padre en su Hijo, unigénito. Es el último eslabón de la revelación divina, y constituye la gran obertura hímnica al cuarto ev, que culmina con la frase del v.18: “A Dios nadie le ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del padre, es quien nos lo ha dado a conocer” En este himno el evangelista proclama idéntico al Logos a aquel que, durante su vida terrena, se ha mostrado constantemente dirigido al Padre y que, por tanto, lo puede revelar. Por eso Juan no se fija tanto en el “ver”, cuanto en el hablar, afirmando que el Hijo único explica a Dios en lenguaje humano (v.14). Si el Logos, siempre ante Dios, se ha encarnado, se desvela ahora en una tesitura humana. Ningún otro lo podía expresar mejor. El lector del ev. de Jn puede de este modo escuchar la palabra nueva y definitiva sobre Dios. Estamos ante un enfoque, y claramente se nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, “ha contado la historia de Dios extensamente”.

Jesús, sabiduría de Dios Padre: En las fiestas navideñas la liturgia nos propone varias veces el prólogo de Juan. En éste es continuo el contraste entre la luz que viene, y el mundo que no la reconoce ni la acoge. “Dios, también en nuestro tiempo, esta jugando en la invisibilidad y pequeñez su desafío victorioso. A nosotros nos toca dejarnos iluminar” (Cardenal Martín).

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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