|
Is
53, 10-11
Esta lectura pertenece
a los Cánticos del Siervo de Yahvé,
que se hallan en Dt-Is. Al Mesías
se presenta con los caracteres de modestia,
humildad, mansedumbre, y tal comportamiento
suscita el desprecio en quienes que le contemplan,
y, sobre todo, triunfa por la muerte, después
de haber cumplido una misión de predicación
a todas las gentes. Es más, sus sufrimientos
y muerte contienen un carácter expiatorio,
de satisfacción vicaria para los
demás, concepto que es una verdadera
isla en el AT. Los cánticos son:
Is 42, 1-4; 49,1-6; 50,4-9 y 52,13-53,12.
Aquí se habla de los sufrimientos
del Siervo, pues Dios lo ha escogido para
expiar los pecados de muchos y en orden
a la reconciliación. Por haber ofrecido
su vida Dios le bendecirá y le otorgará
una descendencia numerosa, los reconciliados
y justificados con Dios, cumpliéndose
así los designios de Dios (es decir,
la iglesia).
Las dolencias del Siervo procuran la reconciliación
con Dios en aquellos que se alejan de El
y de sus planes salvadores.
Aplicación
al NT: Los santos Padres han considerado
todo este cántico como un quinto
evangelio, ya que encuentra su pleno paralelo
y cumplimiento en los relatos de la Pasión
de Jesucristo.
Esta figura insólita
del Siervo de Yahvé rompe todos los
esquemas mentales tradicionales proféticos,
pues para un israelita un Mesías
sufriendo sería totalmente heterodoxo.
Dios hace de su siervo fuente de justicia
para los demás.
Transposición:
El sufrimiento por el
bien de los demás posibilita una
comprensión de los mismos, que, quizás
sin una persona cercana que conecte realmente
con sus perspectivas, no hubiera sido posible.
Las dificultades
favorecen la madurez, pues de esta manera
entramos mejor dentro de las situaciones
de los otros y alcanzamos un mayor realismo
sobre nosotros mismos. “Sólo
el servicio al prójimo abre mis ojos
a lo que Dios hace por mí y a lo
mucho que me ama” (De la encíclica,
Dios es amor, p. 40).
|
Sal 32,4-5.
18-19. 20.22
El Sal 32 es un himno festivo, destinado
a la recitación comunitaria con
el acompañamiento de la cítara,
arpa y gritos de júbilo. El Sal
podría haber adoptado para celebrar
el inicio del año. El Sal ensalza
la grandeza de Dios y está impregnado
de una visión optimista de la realidad
terrestre, trazada ya en Gén 1,
y en los Sal 8; 29; 104. Pero para el
creyente el fluir temporal de la historia,
la realidad humana y moral, están
coordinados por Dios en un diseño,
que se verifica lentamente. El Sal se
transforma así en un canto a la
providencia. Es un himno a la palabra
que crea (v.6.9), da estabilidad a la
vida (v.4), guía la historia en
la justicia (v.5), y es amor (v.5.18.22).
Es un himno a la palabra creadora que
no está encerrada en el límite
de las criaturas, sino que está
sobre ellas en la trascendencia. Es un
himno a la alegría y a la paz que
ofrece esta palabra a quien sabe distinguir
el nudo aparentemente contradictorio de
la historia (v.1.12.21).
Estructura del Salmo: 1. Invitación
a la alabanza (v.1-5), II. Cuerpo del
himno (v.6-19), que abarca tres estrofas:
la palabra creadora (v.6-9), la palabra
histórica (10-15), la palabra cósmica
y providencial (16-19), y III. Antífona
final: invitación a la confianza:
v.20-22.
Aplicación
cristiana: El Sal describe el
entrecruzarse de tres polos de nuestra
existencia: Dios, el prójimo y
el cosmos. Dios es el centro hacia el
cual se orienta la persona y todo lo creado,
y precisamente por esta dependencia el
hombre queda vinculado a su hermano (v.12)
y al mundo.
Heb 4,
14-16
Aquí empieza la
descripción del sacerdocio de Cristo
(Heb 4,14-7,28), y el texto de hoy es
una introducción para iluminar
la confianza en este Sacerdote excelso.
Después se verán las cualidades
que se requieren en todo sacerdote verdadero
(5,1-4) y se mostrará cómo
se realizan cumplidamente en Cristo (5,5-10).
En el conjunto de esta sección
Cristo aparece como un sacerdote misericordioso
y comprensivo.
El v.14 confiesa que Cristo es Hijo de
Dios, y precisamente por su naturaleza
divina nos puede ayudar en nuestras bifurcaciones
dolorosas.
El v.15 subraya que en medio de su elevación
celestial, conoce las flaquezas humanas
y sabe compadecerse de nosotros. “Compadecer”
es sufrir con el otro, tener sus mismos
sentimientos. Ya Is 53,4 describe semejantes
actitudes del Siervo de Yahvé.
El ha sido probado en todo exactamente
como nosotros. Ha pasado larga y profundamente
por cuanto a nosotros nos puede afligir
y desconcertar. Ninguna de nuestras debilidades
le es extraña, menos el pecado.
No sólo nosotros somos presa de
sinsabores y miedos, sino que esta realidad
acompaña a toda persona, pero para
llevarlos con dignidad Cristo nos acompaña
y nos fortaleza, porque Él mismo
las ha vivido.
Mc
10, 35-45
Dos escenas: la propuesta
de los dos hijos de Zebedeo (v. 35-40),
y la discusión entre los discípulos
(v. 41-45).
A cada anuncio de la pasión por
parte de Cristo sigue un texto que saca
a flote la falta de comprensión
de los discípulos, aumentando con
la cercanía a los acontecimientos
de la muerte de Cristo. Ahora son los
hijos de Zebedeo, que le piden ocupar
los primeros puestos en el reino mesiánico,
entendido éste como una realidad
terrestre. Se trata de un episodio poco
favorable para ellos: Lc lo omite, y Mt
pone en boca de la madre la petición
que aquí formulan los hijos.
Es probable que la narración haya
sido modelada según el género
literario de los debates didácticos,
como prueba la estructura simétrica
de las preguntas y respuestas. En la elaboración
eclesial la expresión “en
la gloria” se refiere al reino celestial
y el acento recae sobre los discípulos
a seguir a Cristo en el sufrimiento.
La escena de la discusión está
unida a la anterior en modo redaccional.
La perspectiva ha cambiado completamente:
del tema del reino celestial se pasa al
estatuto de la comunidad. Lc los transporta
a la última cena. En Mc las dos
escenas están unidas por medio
de una palabra clave: el verbo “querer”.
El servicio alcanza su culminación
en el don de la vida en ambas secciones
(v.38.v.45).
El v.45 representa la cima cristológica
de toda la larga sección, centrada
en la instrucción a los discípulos
(Mc 8,31-10,45), y constituye la interpretación
por parte de la comunidad de la vida de
Cristo, como modelo de servicio y entrega
a los demás.
Aplicación:
“el amor al prójimo es un
camino para encontrar también a
Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo
nos convierte también en ciegos
ante Dios” (Encíclica, Dios
es amor, p.36). El Papa abunda en estos
enfoques, que ilustran esta vertiente.
|