Vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario

Sab 7, 7-11

Pertenece este texto a la segunda parte del libro, que es un encomio sobre la sabiduría. La intención del fragmento se resume bien en la estrofa siguiente: “danos, Señor, la sabiduría del corazón” en el curso del libro. El autor adopta los enfoques del rey-sabio, Salomón, e invoca de Dios el don de la sabiduría, llamada con el sinónimo de “prudencia”, ya que la sabiduría es un don de Dios, y sólo se puede obtener con la oración. El sabio es, pues, también un orante.

- El autor hace desfilar ante sí todas las posibilidades humanas de poder y éxito: tronos, que colman la ambición política y sed de poder; la riqueza, que da sensación de seguridad y bienestar; la piedra más preciosa, símbolo de valor supremo; el oro y la plata, sobre los cuales se funda el poder económico. Pues bien, todo puede parecer nada ante la sabiduría que el hombre puede obtener y gozar: la posesión no otorga felicidad y alegría según el sabio.

Panorama de contraste: Quizás habituados a otros esquemas, donde priman valores económicos en su rotundidad y radicalidad estas reflexiones del sabio sepan a palabras ilusorias. Pero el atrevimiento del sabio contiene el mismo desparpajo entonces como ahora al afirmar que el secreto de la vida no esta en las riquezas, sino la sabiduría, que nos ofrece una comprensión sensata de la existencia. El sabio no es un asceta que aborrece los bienes, alegrías, las satisfacciones que derivan de los bienes, sino se interroga sobre el sentido de la vida, y confiesa que la sabiduría de Dios facilita a la persona el ideal que da sentido a todo los demás. En el NT Cristo será la sabiduría divina.

 

Sal 89, 12-17

Con este salmo que contrasta la fragilidad humana con la estabilidad divina se abre el cuarto de los cinco libros, con los cuales el salterio ha sido dividido en ámbito judío. Se trata de una serie yahvista, que tiene notas comunes y es bien conocido en el ámbito litúrgico de la sinagoga. Así el Sal 89 constituye una introducción sentida al cuarto libro. Sería muy útil leerlo todo, ya que la liturgia ofrece sólo la segunda sección: v.13-17.

- La simbología del Sal es temporal. El tiempo es la realidad que mide al hombre, y que le pertenece de manera calificadora en su triple dimensión: pasado (v.1-6), presente (v.7-11), y futuro (v.12-17), y también el hilo conductor de la reflexión-súplica. El devenir del hombre se compara con el instante eterno de Dios, que le ayuda a comprenderse a sí mismo. Junto a esta clave temporal existen otras complementarias, como la espacial y psicológica. Pero en todo este proceso la fidelidad amorosa de Dios permite al hombre encontrar la alegría de vivir y el gusto por la actividad, el sabor por la “obra de nuestras manos”. El Sal, por una parte, es una hábil dosificación de melancolía, tristeza y esperanza.

Un arpa en nuestras manos: La lectura de la totalidad del Sal posibilita una hacer presentes nuestros sentimientos ante Dios y nosotros mismos en una secuencia literaria armoniosa. La bondad dulce y majestuosa de Dios ejerce como raíz de estabilidad en nuestra historia personal y comunitaria, e igualmente de nuestra actividad. De esta manea la fragilidad humana se transforma en luz de eternidad aquí y ahora. ¡Pero dejemos que la secuencia de las palabras resuene en nuestro corazón, hecho oración y súplica!

Heb 4, 12-13

Heb es el libro del NT que más y mejor recurre a los LXX, y aquí ofrece una valoración de la palabra de Dios dentro de la sección 3,7-4,11. En este célebre paso se enfatiza la eficacia y fuerza de la palabra divina, pero hay que recordar que en el NT Cristo es la palabra personal del Padre, tal como se atestigua en el cuerpo de la carta. Esta tiene una función judicial frente al hombre, pues pone al desnudo nuestra condición y saca a flote el hondón de nuestra existencia. Es como una luz inexorable que ilumina. La decisión a favor o en contra de la misma descubre nuestra identidad. No es posible una neutralidad, ni podremos huir de esta espada que escruta e implica.

La palabra divina es la sabiduría que debe ser meditada, pero espera de nosotros una opción seria, un ánimo abierto y disponible, una búsqueda interior profunda. La palabra de Dios no hace camino en la cultura consumista, exige la capacidad de reflexión, silencio meditativo, disponibilidad interior para escuchar la voz del absoluto.

Mc 10, 17-30

El ev. ofrece tres escenas: el encuentro de Jesús con el joven rico (v.17-22), la enseñanza dirigida a los discípulos sobre la riqueza para quien quiera seguirlo (v.23-28), y el diálogo de Jesús con Pedro sobre la necesidad de la renuncia para el seguimiento (v.28-31). La actitud de Jesús sobre la riqueza debió ser una novedad, una paradoja en el mundo judaico, donde la abundancia de bienes era considerada una bendición de Dios, pero la comunidad primitiva no podía silenciar la enseñanza de Jesús en su ambiente pagano. La distinción entre “preceptos” y “consejos evangélicos” no entra en valoración del evangelista. Jesús exige una renuncia total y una disponibilidad para seguirlo a cualquiera. La llamada divina interpela la persona, y espera una respuesta incondicional, un despojo total. El designio de Dios para cada creyente es misterioso.

La sabiduría divina es Cristo: Hemos podido observar cómo la intención de Dios se va concretando, y su Hijo, impronta de su ser, habla con rotundidad sobre la riqueza y su incidencia en aquel que quiera tomar como referencia al Cristo resucitado.. En su misión de anunciador del Padre por los pueblos de Palestina ha hablado sin medias tintas sobre las riquezas: el dinero es una patrón exigente, que ahuyenta la honestidad, la bondad, la generosidad (Lc 16); toda riqueza destila injusticia, pues el dinero tiende a multiplicarse (Lc 16); hace ahoga la justicia y arrincona a Dios, y conduce a la ceguera existencial.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



LECTURAS Y HOMILÍAS

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