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Sab
7, 7-11
Pertenece este texto a
la segunda parte del libro, que es un encomio
sobre la sabiduría. La intención
del fragmento se resume bien en la estrofa
siguiente: “danos, Señor, la
sabiduría del corazón”
en el curso del libro. El autor adopta los
enfoques del rey-sabio, Salomón,
e invoca de Dios el don de la sabiduría,
llamada con el sinónimo de “prudencia”,
ya que la sabiduría es un don de
Dios, y sólo se puede obtener con
la oración. El sabio es, pues, también
un orante.
- El autor hace desfilar ante sí
todas las posibilidades humanas de poder
y éxito: tronos, que colman la ambición
política y sed de poder; la riqueza,
que da sensación de seguridad y bienestar;
la piedra más preciosa, símbolo
de valor supremo; el oro y la plata, sobre
los cuales se funda el poder económico.
Pues bien, todo puede parecer nada ante
la sabiduría que el hombre puede
obtener y gozar: la posesión no otorga
felicidad y alegría según
el sabio.
Panorama
de contraste:
Quizás habituados a otros esquemas,
donde priman valores económicos en
su rotundidad y radicalidad estas reflexiones
del sabio sepan a palabras ilusorias. Pero
el atrevimiento del sabio contiene el mismo
desparpajo entonces como ahora al afirmar
que el secreto de la vida no esta en las
riquezas, sino la sabiduría, que
nos ofrece una comprensión sensata
de la existencia. El sabio no es un asceta
que aborrece los bienes, alegrías,
las satisfacciones que derivan de los bienes,
sino se interroga sobre el sentido de la
vida, y confiesa que la sabiduría
de Dios facilita a la persona el ideal que
da sentido a todo los demás. En el
NT Cristo será la sabiduría
divina.
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Sal 89,
12-17
Con este salmo que contrasta la fragilidad
humana con la estabilidad divina se abre
el cuarto de los cinco libros, con los
cuales el salterio ha sido dividido en
ámbito judío. Se trata de
una serie yahvista, que tiene notas comunes
y es bien conocido en el ámbito
litúrgico de la sinagoga. Así
el Sal 89 constituye una introducción
sentida al cuarto libro. Sería
muy útil leerlo todo, ya que la
liturgia ofrece sólo la segunda
sección: v.13-17.
- La simbología del Sal es temporal.
El tiempo es la realidad que mide al hombre,
y que le pertenece de manera calificadora
en su triple dimensión: pasado
(v.1-6), presente (v.7-11), y futuro (v.12-17),
y también el hilo conductor de
la reflexión-súplica. El
devenir del hombre se compara con el instante
eterno de Dios, que le ayuda a comprenderse
a sí mismo. Junto a esta clave
temporal existen otras complementarias,
como la espacial y psicológica.
Pero en todo este proceso la fidelidad
amorosa de Dios permite al hombre encontrar
la alegría de vivir y el gusto
por la actividad, el sabor por la “obra
de nuestras manos”. El Sal, por
una parte, es una hábil dosificación
de melancolía, tristeza y esperanza.
Un arpa
en nuestras manos:
La lectura de la totalidad del Sal posibilita
una hacer presentes nuestros sentimientos
ante Dios y nosotros mismos en una secuencia
literaria armoniosa. La bondad dulce y
majestuosa de Dios ejerce como raíz
de estabilidad en nuestra historia personal
y comunitaria, e igualmente de nuestra
actividad. De esta manea la fragilidad
humana se transforma en luz de eternidad
aquí y ahora. ¡Pero dejemos
que la secuencia de las palabras resuene
en nuestro corazón, hecho oración
y súplica!
Heb 4,
12-13
Heb es el libro del NT
que más y mejor recurre a los LXX,
y aquí ofrece una valoración
de la palabra de Dios dentro de la sección
3,7-4,11. En este célebre paso
se enfatiza la eficacia y fuerza de la
palabra divina, pero hay que recordar
que en el NT Cristo es la palabra personal
del Padre, tal como se atestigua en el
cuerpo de la carta. Esta tiene una función
judicial frente al hombre, pues pone al
desnudo nuestra condición y saca
a flote el hondón de nuestra existencia.
Es como una luz inexorable que ilumina.
La decisión a favor o en contra
de la misma descubre nuestra identidad.
No es posible una neutralidad, ni podremos
huir de esta espada que escruta e implica.
La palabra
divina
es la sabiduría que debe ser meditada,
pero espera de nosotros una opción
seria, un ánimo abierto y disponible,
una búsqueda interior profunda.
La palabra de Dios no hace camino en la
cultura consumista, exige la capacidad
de reflexión, silencio meditativo,
disponibilidad interior para escuchar
la voz del absoluto.
Mc
10, 17-30
El ev. ofrece tres escenas:
el encuentro de Jesús con el joven
rico (v.17-22), la enseñanza dirigida
a los discípulos sobre la riqueza
para quien quiera seguirlo (v.23-28),
y el diálogo de Jesús con
Pedro sobre la necesidad de la renuncia
para el seguimiento (v.28-31). La actitud
de Jesús sobre la riqueza debió
ser una novedad, una paradoja en el mundo
judaico, donde la abundancia de bienes
era considerada una bendición de
Dios, pero la comunidad primitiva no podía
silenciar la enseñanza de Jesús
en su ambiente pagano. La distinción
entre “preceptos” y “consejos
evangélicos” no entra en
valoración del evangelista. Jesús
exige una renuncia total y una disponibilidad
para seguirlo a cualquiera. La llamada
divina interpela la persona, y espera
una respuesta incondicional, un despojo
total. El designio de Dios para cada creyente
es misterioso.
La sabiduría
divina es Cristo: Hemos podido
observar cómo la intención
de Dios se va concretando, y su Hijo,
impronta de su ser, habla con rotundidad
sobre la riqueza y su incidencia en aquel
que quiera tomar como referencia al Cristo
resucitado.. En su misión de anunciador
del Padre por los pueblos de Palestina
ha hablado sin medias tintas sobre las
riquezas: el dinero es una patrón
exigente, que ahuyenta la honestidad,
la bondad, la generosidad (Lc 16); toda
riqueza destila injusticia, pues el dinero
tiende a multiplicarse (Lc 16); hace ahoga
la justicia y arrincona a Dios, y conduce
a la ceguera existencial.
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