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Sab
2, 17-20
Dentro de una estructura
concéntrica, que versa sobre la vida
humana y el juicio divino sobre la misma,
el libro de la Sab ofrece un discurso de
los malvados. Es decir, en la óptica
sapiencial los impíos desgranan sus
intenciones, que se ajustan a una concepción
materialista de la existencia, no admiten
una trascendencia y supervivencia más
allá de la muerte, y ésta
es la frontera compacta de los días
del hombre. Con estos criterios se sopesa
la existencia, y lo que no encaja con los
mismos es despreciado u objeto de mofa.
El discurso de los malvados (Sab 2,1-20)
contiene cuatro partes: en los v.1-5 se
afirma que la vida es breve, en los v.6-9
se exhorta a gozar de los pocos días
que vivimos, en los 10-12 sube el tono y
se anima a quitar de en medio a quien se
cree justo, y finalmente en los v.17-20,
la lectura de hoy, se desafía a los
justos para que ver si sus argumentos sus
fiables. En el fondo se establece, que al
no admitir la trascendencia, el único
criterio de la acción es la fuerza:
vence quien tiene más poder, quien
prevalece sobre el otro. La vida del justo,
que se apoya en Dios, es puesta en tela
de juicio y pretenden una verificación
de sus propias posiciones. La fuerza es
el único medio para apurar su pretendida
verdad. Pero la verdad no se concede a cualquiera,
sino más bien a aquel que la busca
humildemente, con corazón disponible
y sincero, es decir, desinteresadamente.
¿Cinismo
ante la vida? Pues
sí. La breve reflexión sapiencial
resume una secuencia inabarcable de situaciones
salpicadas por el sarcasmo, que deriva de
los impíos, es decir, de quienes
se apoyan en sí mismos en la existencia,
y consideran ilusas otras opciones que tienen
una espiral de trascendencia. Pero no se
queda en una contemplación teórica,
sino que aplican la tortura, pretenden minar
la mansedumbre, mesura y moderación
de aquellos que se fían de Dios.
En el fondo se asiste a una sorda oposición
a Dios, que se cristaliza en callar a los
justos.
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Sal 53,
3. 6-8
Es una súplica de un justo perseguido,
que recurre a Dios en adversas circunstancias.
La liturgia de hoy ofrece los dos primeros
momentos, que giran en torno al sufrimiento
causado por los enemigos del orante. Este
salmo se trasforma fácilmente en
una invocación nítida al
Dios libertador, cualquiera que sean las
coordenadas culturales, en las cuales
se mueve el “justo”. Aquí
confluyen sentimientos elementales, como:
dolor, persecución, confianza en
Dios y esperanza. En el centro aparece
un orante rodeado por la hostilidad y
prepotencia de los malvados, esquema que
se repite en muchos textos bíblicos.
Se manifiestan orgullosos, zahiriendo
la vida del justo y no respetando a Dios.
Son aquellos que se sienten seguros de
sí mismos, que ironizan sobre la
incidencia divina y se ríen de
su posible reacción (Is 5,19).
Sin embargo, Dios acoge este desafío,
irrumpiendo en la historia como auxilio
y defensor del débil y desvalido,
es decir, el indefenso a todos los niveles,
es decir, crea conciencia. Es esta confianza
la tesitura de fondo de toda la plegaria,
aunque, no lo olvidemos, en la tercera
parte (v.8-9), campea la certeza de la
victoria, que saborea el indefenso rehabilitado
por Dios.
Plegaria clarificadora, en cuanto que
Dios se sale en defensa de la dignidad
de la persona. De arrogancias sabe mucho
la historia humana, pero Dios por medio
de estas súplicas paradigmáticas
hace saber sus criterios sobre los escenarios
hechos a medida de sensibilidad antropológica.
Esta “preocupación”
de Dios por el hombre abre espacios inauditos,
pues la referencia no los esquemas sociológicos,
sino su palabra clarificadora, que los
siglos han corroborado.
Invocación
para la estabilidad:
El sucederse de los días y los
años confirman que a veces nos
encontramos ahogados por un aire indefinido
de insolencia, donde la acogida respetuosa
entre nosotros desvela carencias. No hay
que llevar las circunstancias a casos
límite, sino sencillamente observar
nuestras reacciones un tanto a veces “necias”,
es decir, autosuficientes. Cuando tales
vivencias invadan nuestra vida, recordemos
que el “Señor sostiene mi
vida”.
Sant 3,
16 - 4, 3
Seguimos con la sección
parenética de la carta, donde se
condenan comportamientos que debieran
estar impregnados de la palabra divina,
que hoy es muy concreta. Se denuncia una
actitud que no está inspirada por
“la sabiduría que viene de
arriba”. Lo contrario es una sabiduría
terrena.
Si el “deseo”, que constituye
la existencia humana, se convierte en
voluntad de dominio, no en tendencia hacia
un verdadero bien, irremediablemente triunfa
un hacer agresivo y violento. La verdad
divina, identificada con la sabiduría
de lo alto, es un principio de dedición
de sí mismo, porque la verdad es
el amor.
Modo de
contrastarse a sí mismo: A
partir del iluminismo la cultura moderna
ha sustituido la búsqueda de la
verdad por el poder. El criterio de fondo
es lo productivo e útil: es bueno
y verdadero aquello que sirve, y produce.
La persona es considerada solamente en
su función y capacidad de dominar,
hacer, trasformar y rentar. La fe es considera
inútil, porque no otorga poder.
De hecho, la fe desvela el “sentido”
de la realidad, pero no sirve para satisfacer
los egoísmos. Más bien la
fe condena radicalmente el deseo de dominio
como pecado. Ayer, hoy y siempre la autosuficiencia
del hombre desemboca en una praxis, donde
puede emerger el egoísmo, la ambición,
la envidia, etc. La lectura es lúcida.
Mc
9, 29-36
El ev. contiene el segundo
anuncio de la pasión (v.30-32),
y el llamado catecismo para los discípulos
(v.33-36), que abarca también los
v. 37-50. El anuncio de la pasión
posibilita el paso a un nuevo argumento.
Sigue al exorcismo del niño endemoniado,
mezclando los aspectos glorioso y sufriente
del Mesías. Posee un estilo semitizante
y sapiencial, mucha brevedad y concisión,
características que favorecen la
hipótesis que se trata de la forma
antigua y auténtica de las predicciones
de la pasión. Se puede pensar que
nos hallamos ante una redacción
anterior a Mc, pues no aparece un filón
lógico, sino que los dichos de
Jesús se asocian según las
ideas. En el texto de hoy se nota la incomprensión
de los discípulos ante el destino
doloroso del Mesías, al tiempo
que se ofrece una lección sobre
la humildad y abnegación por amor
de los hermanos.
Las palabras de Jesús denotan
una valoración realista del escenario
humano, pero los discípulos son
ajenos a este enfoque. Solamente la mirada
lúcida y pura de Jesús desvela
la horrenda onda de la violencia, que
se cierne continuamente sobre la humanidad.
Que los discípulos no sean libres
de la influencia de la misma, lo indica
la discusión entre ellos. Jesús
va a la raíz: “Quien quiera
ser el primero, que sea el último
de todos”, enfoque rompedor de tantas
petrificaciones mentales.
Dinámica
de reinado de Dios: Cristo
en cuanto Verbo de Dios introduce un horizonte
que es posible en este mundo. Para entrar
hay que renunciar a la idea de la rivalidad,
potencia, dominio, y también de
¡recompensa! Son palabras breves,
como las bienaventuranzas, pero que tejen
un sin fin de fibras humanas, que están
teñidas de actitudes señaladas
en la palabra divina.
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