Vigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario

Is 35, 4-7a

La lectura profética se halla insertada en el llamado “pequeño apocalipsis" de Isaías 34,1 - 35,7. Tales capítulos son relacionados con frecuencia con el DeuteroIsaías, ya sea debido al vocabulario como a nivel de contenido, sin desdeñar, por otra parte, otras conexiones con Isaías. El estilo antológico de este “pequeño apocalipsis” es bien conocido, y se piensa que estamos ante un fragmento postexílico. El motivo de la curación de los enfermos (v. 5-6a) retoma aspectos tratados en Is 29, 18; 30, 21; 32, 3-4.23. Las imágenes recurridas evocan la esperanza de conversión de los impíos, ilustrando al mismo tiempo las transformaciones milagrosas del mundo, que realizará Dios en el día de su venida. Por su parte, el tema del agua que brota en la estepa (v. 6b-7) retorna en Is 41,18, pero resuena nuevamente en 35,25. Este texto, donde se encuentran algunos de los motivos que atraviesan Is 34,1-35,7, pertenece a la más reciente de los estratos literarios del libro concluido por la comunidad de Jerusalén en la época del postexilio. Es, pues, un texto que denota una tesitura ecléctica.

Una serie de imágenes negativas (ciegos, sordos, mudos, desierto, estepa, tierra reseca) seguida de otra positiva (abrir los ojos, saltar, exultar de alegría, torrentes de agua, estanque) indica una transformación cósmica, una renovación profunda del universo, y la causa es la venida del Señor. Dios hará estas cosas, es, decir, traerá el desquite, la recompensa, la salvación, y las realizará de un modo diferente a nosotros: será una renovación completa. El poeta expresa su profundo gozo por la acción renovadora de Dios y nada podrá hacer el hombre, porque la salvación viene totalmente de Dios. Las soluciones humanas y el alcance de nuestras posibilidades son menos radicales, imperfectas y provisorias, y a veces nos contentamos con ellas. Pero los planes de Dios son muy distintos de los nuestros, ya que colman con creces cuanto nosotros podemos imaginar. Para “sanar” al mundo no son suficientes las terapias humanas, ni nuestros esfuerzos. Nosotros debemos alargar nuestro corazón a los deseos de Dios.

¿Parches, terapias parciales? Si vivimos en una continua y deprimente ambigüedad corremos el riesgo de legitimarla como condición normal de la existencia. Sin embargo, Dios aspira a liberarnos y hacernos cambiar de vida, infundirnos entusiasmo y vigor, generosidad y coraje, otorgarnos oídos y palabras para una renovada existencia. En breves palabras, una mejor cualidad de vida, pero debemos acoger la venida constante de Dios, si no, fácilmente surge la fragmentación de nuestra tesitura vital.

 

Sal 145, 7-10 (146)

Es un himno, que canta al Dios creador y liberador, y abre la serie aleluyática final (Sal 146-150), paralela a los Salmos 113-118. Constituye una colección de alabanza usada en la sinagoga en la liturgia matinal, siendo el Salmo de hoy la apertura. Nos hallamos, pues, ante un himno de alabanza en honor del Dios liberador, única esperanza y ayuda. El cantor da rienda suelta a la alabanza de este Dios, y pone voz a todas las categorías de personas nombradas en el salmo, que tienen como único apoyo a Dios. En otras palabras, es un cántico de los “pobres de Yahvé” y los justos postexílicos, cuyo solo apoyo se halla en Dios. La liturgia de hoy ofrece sólo la parte final, insistiendo en la perspectiva de la lectura profética. Predomina una simbología social, que pinta el nuevo mundo del hombre sanado y salvado por Dios. Éste entra en acción contra los poderes negativos de los prepotentes a nivel social.

El salmo contiene un mosaico de motivos que cortan transversalmente múltiples textos del AT, donde Dios es garante de la justicia frente a cualquier opresión, se inclina a los hambrientos, libera a los oprimidos, da la vista a los ciegos, levanta del polvo al mísero, protege a los extranjeros, sustenta al huérfano y la viuda, defiende a los más débiles, infunde su amor en los justos, destruye los proyectos de los malvados y enmudece a los impíos. Nos hallamos ante una síntesis del mensaje del AT.

Hagamos nuestro el himno: Constituye una alabanza al Dios que sigue muy de cerca todas las pobrezas y debilidades humanas. Un himno que en el ámbito de la alianza puede ser una referencia inevitable para la oración de todos aquellos que buscan la justicia, la “sedaqah”, término hebreo que significa una relación indispensable, constante y dinámica con Dios en cuanto que define las auténticas relaciones entre los hombres y con Él mismo, y como vemos hoy son muy concretas y sociales.

 

Sant 2, 1-5

Forma parte de la sección 2,1-13, que es considerada como el punto culminante de la ética del NT, y referencia central de la carta. El presente texto gira en torno a la acepción de personas, apoyándose en una terminología de frecuente incidencia en los LXX sobre el tema. Se antoja una aplicación muy directa de cuanto se aludía en el salmo responsorial. El apóstol exhorta a los cristianos a no introducir en el ámbito de la comunidad cristiana las pautas que pululan y tejen la mentalidad dominante en el escenario del mundo, cuando está despojado del “alma cristiana”.

La única riqueza que cuenta, la única potencia que resiste, la única nobleza que honra son aquellas que derivan de Dios y que Dios dispensa mediante la fe. ¡Cómo nos hace libres creer en Cristo Jesús, cual único Señor de la gloria, excluyendo todos los otros presuntos “señores”.

 

Mc 7, 31-37

Es un milagro ambientado en un territorio pagano, simbolizando esta curación del sordomudo la próxima conversión al evangelio. Los paganos según ciertos criterios judíos, estaban privados de la revelación de Dios y, por consiguiente, sordos a su palabra, pero a través de actividad de los misioneros abrieron pronto sus oídos a la palabra salvífica, proclamando las alabanzas del Señor, como ya había anticipado Is 35,5-6. El milagro en la perspectiva de Mc simboliza la conversión de los gentiles: el mundo pagano, exorcizado de los demonios (curación de la cananea), puede abrirse finalmente al mensaje de la salvación y alabar a Dios con la lengua suelta de todo pecado (sordomudo), y como resultado alimentarse del pan eucarístico (la multiplicación de los panes).

El interés de Mc recae en la fe, que surge de la actividad de Jesús y lleva a la escucha de la palabra salvífica. Jesús cura al sordomudo con la fuerza de su palabra, y da gracias al Padre. Conviene recordar que la escena posee más aspectos, pero nos fijamos en línea temática de la liturgia de este domingo.

Presencia incisiva: La entrada de Jesús en nuestra historia cambia la cualidad de la vida humana. Restituye al hombre su condición de criatura normal, le devuelve la posibilidad de una existencia sana y plena. La actividad curativa de Jesús reconduce la creación a su pureza, pensada y deseada por Dios, y abre a la persona a la comunicación con cuantos los rodean.

Optar por una cerrazón existencial y frente a Dios, que se desvela en su palabra, sería mutilar nuestra existencia en tantos radios anímicos. Pero, recordemos, es el paso eficaz de Cristo en los sacramentos quien rompe nuestras soledades y bloqueos, pronunciando su misma palabra: “effetá”, “abréte”.

 

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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