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La opción
fundamental de vida
Jos
24,1-2.15-17.18 a
Jos 24 es un texto clásico
del enfoque deuterononomístico a
la hora de interpretar la alianza e historia
de Israel. Constituye el “discurso
del adiós” de Josué
antes de su muerte, y por eso se dirige
a todas las tribus de Israel, y les recuerda
el patrimonio religioso vivido en la experiencia
del éxodo y la revelación
de Dios, y les pide que adoren exclusivamente
al Señor. Dichas tribus se sentían
inclinadas hacia la religiosidad Cananea,
que en el fondo ligitimaba un sistema económico
y político con las correspondientes
opresiones. Las tribus eligen servir a Dios,
lo cual implica no sólo una monolatría
teórica, sino también práctica.
Tal perfil constituye el gozne y definición
de las tribus, más que su unidad
política. Las tribus cananeas tenían
sus dioses; nos hallamos, pues, en un contexto
politeísta, y ver a Yahvé
por parte de los israelitas como un dios
más era un peligro latente, real
y natural. De ahí las preocupaciones
de Josué, porque el grado de incidencia
de Dios podía quedar truncado o diluido;
en palabras más directas, Israel
podía perder su identidad.
Josué les recuerda que el modo de
encontrar a Dios es el trazado por la liberación
de Egipto, y esto significa que Yahvé
no es el faraón, ni un rey de Canaán.
Dios ha creado un pueblo de hermanos, y
no de esclavos. El primer mandamiento posee,
pues, un alcance de carácter socio-político
revolucionario, ya que ningún israelita
puede apoyarse en Dios para legitimar injusticias,
opresiones, ni hacer prevalecer el poder
de unos sobre otros. El Dios de la liberación
de Egipto garantiza la libertad a todo israelita.
La pérdida
de identidad:
La vida puede conllevar arcos de infidelidad
porque no dejamos que Dios nos acompañe
en nuestro caminar a la hora de opciones,
y esto sucede de una manera más nítida,
cuando hay crisis de modelos económicos,
o culturales. Y haberlos hay, aunque no
estemos en sociedad del s. XII a. C. Entonces
también existía la tentación
o la valoración según expresiones
oídas: “da lo mismo una
cosa que otra”, “da lo mismo
ir que no ir a misa”, la ética
que deriva de las circunstancias contigentes
es la más válida.Y al final,
¿qué nos queda? ¿Por
qué ir contracorriente? ¿Qué
ventajas tiene aferrarse a unas ideas trasnochadas
según ciertos criterios progresistas?
¿No es más práctico
o moderno dejarse llevar por enfoques imperantes?
O dicho de modo más más directo
¿Dios no es demasiado exigente?,
¿no es más humano hacerse
una religiosidad u ética a la
carta o medida personal? La lectura
de Josué ilustra las encrucajadas
de aquella época, pero el cristiano
debe saber que tal tesitura pulula por aquí
y por allá, en los cambios culturales
o políticos, y nos ayudan a valorar
continuamente nuestra identidad de vida
y fe. Una cosa es el ropaje cultural, y
otra la referencia a nuestra vida.
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Sal 33,
2-3. 16-23
La liturgia ofrece hoy las palabras finales
del Sal 33. Recuerden los dos domingos
precedentes proporcionaron dos respectivas
secciones. Hoy se enfatiza al Dios cercano
a las dificultades de quienes creen y
se apoyan en Él. El orante canta
al Dios que fortalece a los abatidos,
atribulados, cuida de todos huesos (es
terapia pura), etc.
¡Leamos el salmo detenidamente!
Tales afirmaciones no constituyen palabras
vacías, sino referencias profundas
para nuestra propia identidad. Ante la
red de ambigüedades que nos surcan
y flagelan, Dios nos recuerda su presencia
constante y cercana que nos otorga armonía
personal, ¡pero a todos, tantas
veces atribulados!
Ef 5, 21-32
El fragmento de la carta
paulina insiste en la idea de “ser
sumisos unos a otros en el Señor”.
¡Es un canto a la libertad en la
familia! Lejos del autor pensar en un
dominio de unos sobre otros, sino más
bien en la afirmación de la dignidad
de todos en el ámbito familiar.
El metro para medir este modelo de familia
no deriva de los consensos sociológicos,
sino de la novedad antropológica
aportada por Cristo Jesús. Es un
texto un tanto “extraño”
para quien esté imbuido de valoración
puramente “sociológica”
de la familia. Pero recordermos que aquí
los “maridos” y las “mujeres”
(esposas) no son la “pareja”
(término ya habitual para hablar
del matrimonio en nuestra mass-media),
sino miembros del cuerpo de Cristo, la
iglesia. Tal asentimiento significa que
“el marido” o “la esposa”
descubren muchos valores e insospechados,
cuando se ven ambos con los criterios
de la fe.
Incorporar “otros”
elementos sobre la dignidad de ambos en
la realidad matrimonial puede desembocar
en muchas “sumisiones” que
la sociedad se encarga puntualmente de
ilustrar, y las leyes que nos damos sancionan.
Una cosa es el consenso sociológico,
y otra la pérdida de la identidad
matrimonial. El lejano Josué con
sus palabras resulta muy oportuno. Pablo
concluye sus exhortaciones afirmando que
el matrimonio es un “misterio grande”,
es decir, las raíces de la comprensión
se hallan en Dios; el apóstol no
piensa aquí al matrimonio en clave
natural, sino que va más allá,
en cuanto que las dimensiones últimas
no son definidas por el contexto sociológico.
Jn
6, 61-70
La liturgia de este domingo
proporciona la sección final de
Jn 6, que gira sobre Cristo como pan de
vida. Todo empezó con la multiplicación
de los panes y los peces, pero el largo
discurso ha abierto nuevas e insospechadas
perspectivas. Jesús ha ido cambiando
la óptica inicial, y cuando afirma
que Él es el pan de vida surgen
las diserciones y las crisis. Lo afirma
caramente el evangelio: su lenguaje es
duro, contrario al modo de pensar de los
hombres, que, no obstante, andan a la
búsqueda de “modelos”.
Pero Jesús no es uno de los tantos
maestros, creando súbditos. La
dureza de su lenguaje no es debida solamente
a la dificultad linguística o conceptual,
sino al aspecto revolucionario que trae
consigo.
Jesús opone “carne”
a “Espíritu”, es decir,
dos concepciones de la vida. Una, la “carne”,
es el modo de vivir regulado por los propios
intereses; la otra, el “espíritu”,
describe el modo de vivir la acción
del Espíritu, que conduce a la
entrega generosa. Toda la vida y mensaje
de Jesús dejan al descubierto que
la donación de uno mismo es vital
a la hora de ir por la vida, pero tal
tesitura ética resulta imposible
sin el don del Espíritu.
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