Vigésimo domingo del Tiempo Ordinario

La Palabra divina invita a vivir sabiamente

Prov 9, 1-6

Prov 9 concluye la primera parte del libro, la primera colección salomónica, que presenta características peculiares respecto al resto del libro. Se recurre literariamente a la instrucción, adoptada sobre todo en el ámbito egipcio, y el proverbio aislado no se contempla. Pertenece a la sección más reciente del libro, e intenta orientar al lector sobre los efectos positivos de la sabiduría. Esta está es considerada una cualidad divina, insertada en el cosmos, y su hallazgo supone la comprensión auténtica de la realidad creada y saberse guiar en este mundo que tenemos ante nuestros ojos y pies. En palabras breves, significa valorar la realidad cósmica y del hombre en la perspectiva divina. Se afirma en el fondo que Dios constituye una referencia indispensable en esta comprensión. La lectura de hoy invita a los inexpertos a su mesa, a un banquete. El marco es una casa con siete columnas (el siete alude a la perfección), y la finalidad estriba en adquirir el conocimiento y la disciplina moral necesaria para guiarse en la vida. Ofrece pan y vino, elementos polares para leer cuerdamente los acontecimientos existenciales. Cuando se mezclan ambos se esfuma la inexperiencia y resplandece la prudencia. Dicho más directamente, la palabra diseminada en el cosmos, y de manera personal presente en la palabra escrita, infunde sensatez en quien la acepta.

¿Sabiduría en la vida? ¿Dónde se halla? ¿En los periódicos, en la opinión mayoritaria, en las tendencias o demandas sociales, etc, etc? El discurso de la lectura de hoy es una invitación a poner orden en vida, quizás vacía o un tanto sin sentido, y adquirir una madurez intelectual, moral y religiosa que posibilitan una vida auténtica. No se madura de una vez por todas, sino que es un proceso de continuo aprendizaje, y en este viaje estamos implicados todos. En cada día, cada circunstancia, se descubren razones para vivir y también nuestra indigencia a la hora de saber afrontar equilibradamente la vida, tarea habitualmente inconclusa. En esta aventura se antoja indispensable abrirse a Dios, de lo contrario tendríamos un enfoque “ajustado” a nuestra sensibilidad. ¿Y quién nos garantiza que sea sabia, o simplemente sensata?

 

Sal 33, 2-3. 10-15

La liturgia ofrece hoy algunos versículos de la segunda parte, una reflexión de tinte sapiencial (v.12-23). Recordermos que el domingo pasado se proporcionaba la primera sección. Dentro de este enfoque sapiencial se enfatiza el “temor del Señor”, un motivo básico, pues se confía en el Señor, en cuanto criterio último de la existencia. Acto seguido el salmo se detiene sobre una serie de consideraciones indispensables para recibir un trato favorable de Dios. Emerge claramente la idea de la retribución en esta sección: Dios acoge a los buenos y aborrece a los malvados. Un filón sapiencial coordina, pues, la tesitura de estas reflexiones.

Proclamación de la suficiencia de Dios: Afirmar que el temor del Señor sea el filtro de las actitudes ante la vida supone ya una afirmación llena de madurez y un desafío; no se llega fácilmente a tal confesión, pues en el fondo desvela una incapacidad del hombre para guiarse a sí mismo e igualmente experiencias de derrotas personales y a veces mal digeridas, ya sea a nivel de pensamiento cuanto de praxis diaria. Aquí resuenan ya motivos que el Magníficat acentuará, pues con Dios se puede dar un vuelco a tantas situaciones que inciden sobre el tejido de la vida diaria, pero se da por descontado una fidelidad a Dios a nivel ético: “Los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan la Señor no carecen de nada”.

Ef 5, 15-20

Igualmente esta lectura continúa la tesitura del domingo pasado, en la cual el autor invita a comportarse como cristianos sensatos, aprovechando el tiempo presente, ya que la vida es compleja y ofrece cada día mil posibilidades de equivocarse. Es fácil dejarse llevar de hábitos de vida que producen un gran y terrible vacío. El apóstol insiste en la interioridad de vida: llenarse del Espíritu y oración constante, que actúa como terapia sabia y cristiana, ¡no lo olvidemos! Con tales apoyos el inevitable discernimiento se torna más asequible y las opciones más clarividentes. En la oración, animada por el Espíritu de Cristo, el cristiano aprende la sabiduría cristiana, que le hacer verse con más realismo y madurez. Es una invitación a la sabiduría en la cotidianidad de la existencia y a nos “estar aturdidos”.

Jn 6, 51-59

El discurso de Jn sobre pan de la vida contiene la realización de la promesa implícita en la primera lectura del libro de los Proverbios. Jesús es la sabiduría divina encarnada, que se ha convertido en alimento a través de su palabra, y en pan eucarístico con su persona de Verbo encarnado. Este fragmento es interpretado como la sección eucarística del discurso sobre el pan de Jn 6.

La adhesión a Jesús-sabiduría significa una comunión de amor estable. La sintonía profunda y vital con Jesús, expresada en la frase “permanecer en mí”, se desvela en la elección de vivir como Él. Jesús propone un modelo de vida en la donación generosa de dedicación a los otros. La sabiduría humana, que escuchamos todos los días, tiende a “pensar en sí”, a preocuparse de sí. La sabiduría divina camina en dirección opuesta: dona tu vida a los demás y te realizarás plenamente.

La Eucaristía es la entrega, hoy y por cada uno de nosotros, del don de su vida “encarnada”, de su realidad y vivencia humana para la vida del mundo. Es la sabiduría divina.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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