| Celebrar
la Pascua quiere recordarnos que nada de
cuanto amamos, aspiramos, o soñamos
se perderá; que todo tendrá
su cumplimiento, que nada desaparecerá
porque el amor de Dios ilumina nuestro destino.
La resurrección del Señor
es la palabra constante y definitiva sobre
nuestro peregrinar en la fe.
Hch
10, 34. 37-43
Contiene uno de los ochos
discursos puestos en labios de Pedro. El
apóstol inicia con un exordio para
situar el mensaje en el contexto de una
situación nueva. Siguen el mensaje
cristológico, una síntesis
del ministerio de Jesús, que desemboca
en la muerte y resurrección, las
apariciones y una alusión a la parusía.
Es el discurso que precede la Pentecostés
de los paganos (Hech 10,44-48). Por eso
esta alocución petrina presenta a
Cristo en una perspectiva universal, en
cuanto que enfatiza a Jesús como
portador de la salvación sin fronteras,
preanunciado por las Escrituras. Lucas elabora
un material precedente y resume esquemas
de su evangelio, subrayando que el Señor
resucitado pertenece a todos, incluidos
los paganos. Con este discurso abre las
puertas del mensaje cristiano a los gentiles,
representados a continuación por
el centurión Cornelio. Esta apertura
en la óptica lucana no es una programación
humana, sino que obedece a la inspiración
del Espíritu. Supone una superación
de barreras profundas, y la figura de Pedro
significa aquí la obediencia de la
comunidad cristiana al Espíritu.
Es la primera muestra de cómo Dios
actúa, rompiendo duros esquemas mentales
que a veces aprisionan.
Vertiente
cristiana:
En esta primera lectura de Pascua se quiere
dejar bien claro que Cristo resucitado es
un patrimonio universal, que no se identifica
con cotos culturales o ideológicos
cerrados. Pedro es una imagen de este proceso:
un hombre anclado en lo “conocido”,
un cristiano donde el cuño cultural-religioso
era definitivo. Pero la magia renovadora
del Espíritu cambia su mente y comprende
que la acción de Dios es irresistible,
y que la fe no es recorrer un camino trillado.
|
Sal 117,
1.2.16-17.22-23
Es un salmo de acción de gracias,
que la liturgia nos ofrece de forma fragmentada.
Se compone de seis partes: invitación
a alabanza, v.1-4; confianza en el Señor,
v.5-9, descripción de una dificultad,
v.10-14, acción de gracias, v.15-18,
ingreso en el templo, v.19-25, procesión
litúrgica, v.26-29, inclusión
final, v.29. El fondo del Sal lo constituye
la victoria sobre los enemigos de Israel,
pero esta situación histórica
le sirve al salmista para dejar bien claro
que con la ayuda de Dios se pueden superar
muchas encrucijadas que se encuentran
en la vida. De ahí que el orante
se deshaga en cantos de júbilo,
fiesta, alegría y gozo ya que está
rodeado de la cercanía divina.
Tal tesitura crea entusiasmo contagioso.
- Este Salmo ha sido muy usado en la
primitiva comunidad cristiana para cantar
la acción de Dios en el Jesús
crucificado, símbolo de las redes
de muerte que el hombre crea. Este es
el día del Señor, porque
Dios lo ha convertido en la piedra angular,
esa piedra necesaria para clarificar tantas
zozobras humanas.
Lectura
cristiana: El
Sal da rienda suelta a una alegría
que no creamos nosotros, sino que sencillamente
nos debemos limitar a ponerle música
y letra, una alegría que no deriva
de nosotros. La iglesia apostólica
cantó con estas palabras que el
evento inaudito del Cristo resucitado,
esa piedra angular, es código de
lectura de tantas situaciones humanas
llenas de oscuridad, desconcierto, faltas
de ilusión. El Cristo resucitado
“no reprime”, no nos impide
ser “progresistas”, sino que
saca a flote lo más genuino que
hay en cada uno de nosotros, que tiene
mucho que ver con “esta vida”
que nos regalado y nos veamos con el optimismo
de Dios, y no con enfoques mezquinos que
nos pueden ahogar y entristecer.
Col 3,
1-4
Colosenses 3-4 constituyen
la sección moral de la carta, y
en el texto de hoy se subraya que la resurrección
del Señor es el fundamento de la
vida cristiana. A la luz del Señor
resucitado debemos contemplar toda nuestra
vida, y no creer que este ambiente obedece
a un régimen cerrado y a una autonomía
tal que no sea posible juzgarlo de otra
manera. En la sección siguiente
el apóstol no hablará del
hombre nuevo y viejo, dos formas de vivir
en Cristo.
Jn
20, 1-9
Es un texto cargado de
dinamismo: corre María Magdalena
al ver que el sepulcro está vacío,
corren los dos discípulos yendo
al sepulcro, cuando reciben las noticias
de María. Tales prisas giran en
torno a la búsqueda de la persona
amada. La articulación en dos cuadros
proporciona la acción, y refleja
los sentimientos de las personas. En primer
lugar María Magdalena descubre
el sepulcro vacío, y “corre”
a comunicarlo a Simón y al otro
discípulo que amaba, y ambos van
al sepulcro.
- El relato evangélico no contiene
una aparición o encuentro directo
el resucitado. Jesús permanece
en la periferia de la narración.
Con este texto se evidencian las actitudes
de las personas, al tiempo que nos ayuda
a verificar las nuestras. Los auténticos
protagonistas son María y los dos
discípulos en ausencia y a la sombra
del resucitado. Todo se focaliza hacia
la fe. El verbo “creer” señala
una etapa del camino y no la meta del
mismo. Los discípulos tienen que
abrirse a la comprensión de las
Escrituras, para ver al Señor en
persona, y recibir de Él el don
del Espíritu Santo. Solamente en
estas condiciones alcanzarán la
plenitud de la fe pascual.
Vertiente
pascual: La fe no es fácil
para nadie. Hay que subrayar que el amor
abierto y generoso acompaña el
camino de fe, y o lo facilita. Solemos
estar lejos de un pleno reconocimiento
del Señor resucitado, como se puede
leer más tarde en Jn 21,7: ¡Es
el Señor!, pero uno es consciente
que Jesús no hay que buscarlo en
el sepulcro. Este, vacío y destinado
a permanecer como tal, lleva a buscarlo
en otro lugar. El deseo del encontrarlo
y de buscarlo son signos de amor que preparan
el encuentro, cuándo y cómo
el Resucitado querrá, que actúa
por medio de su Espíritu. Sólo
tal Espíritu nos puede quitar la
losa del sepulcro, los miedos personales
y sociales, y desvelarnos cómo
Cristo se hace vivo en cada una de las
palabras de la Escritura.
|