Décimo octavo domingo del Tiempo Ordinario

Ex 16, 2-4. 12-15

Se trata de una lectura que pertenece a la órbita sacerdotal, que utilizó informaciones anteriores yahvistas (Ex 16,4-5.13b-15), que versaban conjuntamente sobre los temas del maná y las codornices. Obviamente el redactor sacerdotal matiza algunos aspectos en estos relatos que reaparecen en otros libros, como Núm 11,4-34; Dt 8,1-5; etc, con el protagonismo de Aarón, la cadencia mañana-tarde, el respeto del sábado, la doble ración del viernes, la aparición de la gloria de Dios…. Ésta infunde un aire de trascendencia al relato, subrayando el don de Dios para suscitar en el pueblo la fe. En la dinámica del libro hasta ahora había predominado la óptica de la liberación de la esclavitud de Egipto, pero a partir de ahora incide un enfoque complementario, que deriva de teología de la creación, sugiriendo que Dios provee el sustento diario a su pueblo y lo protege del tirano de turno que puede surgir, y esta tesitura se desvela en la fuerzas naturales, conducidas por Dios.

Dios se muestra sabedor de las necesidades del pueblo, y de sus angustias también, pero pedagógicamente le acostumbra a que le pida el pan cotidiano, día por día. Dios no desea que su pueblo no viva sin lo necesario, pero debe aprender que es su seguridad, quien posibilita tal situación. Las codornices y el maná representan un fenómeno bien conocido en los ámbitos de la península del Sinaí. No conviene olvidar que el pueblo afrontaba la primera etapa en el desierto, donde encajan dichos relatos sobre el agua de la roca, las codornices y el maná (Ex 16-18), antes de la estipulación de la alianza (Ex 17-24). Entre murmuraciones contra Dios y Moisés, y la nostalgia de Egipto, el pueblo puede comprender el costo de la libertad y la dependencia de Dios en el desierto.

La pedagogía divina: Ciertamente son episodios lejanos, y, además, acontecidos en el desierto, donde había pocos testigos, pero sirven a los redactores a siglos de distancia para abrir la caja de sorpresas que tales encierran. Israel tenía que confiar en Dios y no recoger más raciones de las necesarias de cada día para mostrar su apertura a Dios. Por otra parte, la presencia divina se muestra eficaz al enviarles el maná: “Por la mañana os hartaréis de pan y así sabréis que Yo soy el Señor, vuestros Dios…”. En palabras breves, dejar que Dios incida en nuestra vida supone tantas veces que rompa nuestro esquema de vida, hecho de nostalgias, de inconsciencias ante el presente y angustias ante el futuro, pero es una presencia armonizadora. Aceptar su presencia significa estar acompañados en tantas “travesías” o “callejones sin salida” de nuestra existencia, pero supone pagar el peaje de la “obediencia”, que no es anuladora de nuestra personalidad, sino un péndulo orientador.

 

Sal 77, 3-4. 23-25. 54

En uno de los textos del AT, que comentan el tema del maná, y como salmo constituye una amplia meditación y celebración del memoria del éxodo, donde se mezclan la infidelidad y la incredulidad en el desierto, que hacen que Dios abandone y castigue a su pueblo temporalmente, aunque Dios no olvida su alianza. Predomina el género de alabanza, aunque se recurre también a pinceladas sapienciales y toques parenéticos. Históricamente suele situarse en el tiempo de la construcción del templo, aunque existen relecturas posteriores, ya que contiene temas goznes de la historia de la salvación.

Ateniéndonos a los versículos de la liturgia de hoy, en los v.3-4 se contempla cómo cada generación encuentra su puesto, y puede interpretar su futuro sólo gracias a cuanto ha acontecido en el pasado, como un epílogo que ayuda a descifrar nuestro futuro.. La fidelidad a la revelación divina puede iluminar el “desierto” de cada generación ante la propia debilidad, que se ilustra en los v.23-25: las durezas, las carestías, las sequías existenciales sólo se pueden superar con la cercanía divina, y su “tierna” generosidad. Finalmente, el v.54 confirma que ésta no se reduce a puntuales ayudas, sino que la ayuda divina abarca toda la tesitura de nuestras incredulidades y miedos.

Actitud repetida: El Salmo, leído en su integridad, contiene un resume de la historia de la salvación: liberación-rebeldía-castigo-misericordia. El diálogo de Dios con su pueblo encaja en este esquema. Cada persona, cada creyente “inicia” un diálogo con Dios, que suele ajustarse a estas dimensiones; cada uno sabe las particularidades del mismo, pero la palabra sálmica confirma que Dios nos acompaña en cada momento, y nos provee de cuanto necesitamos para cruzar el desierto, dispensándonos el “pan del cielo”, que sacia todos los gustos, lo cual no deja de ser la “gran maravilla de Dios”. Dicho con palabras más directas y más de acorde con la sociedad de consumo: nos colma hasta la hartura, pero ¡ojo con la saciedad que exigimos a Dios, que fácilmente no coincide con “sus” gustos!

Ef 4, 17. 20-24

Aquí la carta después de haber expuesto el misterio de Cristo desciende a la vida cotidiana. La existencia humana, y, en concreto, vivida bajo el perfil religioso debe decidir su criterio. Caminar “en vacío” era la constante pagana, que no se ha acabado, sino que habitualmente acecha a toda conciencia, y abarca sus perfiles intelectivos y afectivos. Este caminar “en vacío” constituye constante que preocupa a Pablo también en otras cartas. El rechazo de Dios, y la automática sustitución por dioses manipulables, dígase los ídolos pertinentes de hoy, tejen muchas conciencias. La “ética no se desprende del organigrama humano, como pudiera ser la biología o la psicología”. La ética surge de la fe, iluminando zonas que quedarían al margen. El apóstol apela a ésta para superar una enorme amalgama de sentimientos y posturas que constante rodean al cristiano.

¿Cuál es el criterio de vida que nos armoniza? Los espacios vitales los llenamos o nos lo ocupan. Uno no puede quedarse al margen, y debemos buscar un criterio unificador. Pablo hoy invita a que sepamos discernir, a no caminar de “prestado”, o “al vacío”, sino a configurar nuestra travesía existencial, integrando la intención que Cristo ha infundido, que nada tiene que ver con “vaciedades”, ni “hastíos” frente a nosotros mismos.

Jn 6, 24-35

La lectura reflexiona sobre el milagro de la multiplicación de los panes, pero enfatizando a Cristo, cual pan de vida. Es una relectura de esta tesitura, y donde Cristo se autodefine como pan de vida, es decir, su presencia resulta indispensable para existencia humana. Tal afirmación radical supone una afirmación de la vida que Dios Padre ofrece en Cristo, que no se reduce sólo a saciar ámbitos de alcance material, sino a proporcionar criterios que llevan y traen al Jesús que nos desvela a Dios Padre.

El Cristo que desenmascara: La coincidencia entre los “gustos”, es decir, entre los criterios humanos y divinos no se antoja un encaje al alcance de la mano. La persona busca en la realidad cotidiana su propia salvación, y fácilmente vive presa de una insatisfacción perenne, de ahí su continuo afanarse. Es un tanto la tragedia, el constante hacer, y el olvidar que tantas cosas nos son dadas. Es suficiente con pararse, y descubrir al Cristo que se esconde en unos signos tan concretos, como el pan de su palabra que celebramos en la Eucaristía. Es aquí, donde descubrimos una vida “ofrecida” y “derramada” por los otros, pero que auténtica.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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