|
Jer
23, 1-6
Constituye un oráculo
profético mesiánico, culminando
otros contra los reyes (Jer 21 - 22), y
anticipando aquellos contra falsos profetas
(Jer 23). Los reyes, pastores del pueblo,
habían llevado a Israel por caminos
errados y extraviados. En un ámbito
de destierro, y que había supuesto
un duro revés para el entramado monárquico,
Dios reitera su cercanía, y piensa
en una nueva modalidad de su presencia.
El oráculo hay que situarlo en una
concreta situación histórica,
cuando Nacucodonosor había depuesto
a Jeconías, y en su puesto colocado
a Sedecías, como vasallo suyo, y
la legitimidad se apoya en la decisión
de un poder extranjero. En esta tesitura
había espacio para la desesperanza,
pero precisamente en este desfiladero Dios
pronuncia una sentencia, en la cual afirma
que “suscitará” un vástago
legítimo a David, es decir, habrá
una continuidad monárquica, un descendiente
de David, que unificará nuevamente
al pueblo y congregará a los dispersos.
Este oráculo se pronuncia, pues,
en los sombríos días de Sedecías,
abriendo la historia de Judá a una
espiral de esperanza.
- No obstante, los reyes últimos
de Judá estén en las redes
de Nabuconodosor, Jeremías pronuncia
palabras salvíficas, a tenor de las
promesas de 2 Sam 7,12. Precisamente ahora
se verifica la vigencia de las mismas. No
conviene olvidar que el texto de hoy se
articula en tres fases: acusaciones contra
los malos pastores (los reyes); profecía
de salvación para el “resto”
del pueblo, y, el oráculo de promesa
salvífica (v.5-6).
Sólo
Dios permanece: La
escena ilustra cómo acontecimientos
que se creen “indiscutibles”,
históricamente hablando, llevan el
sello de la caducidad, es más, son
reflejo de miras mezquinas y sombrías.
Largo tiempo antes de estas palabras de
Jeremías se había ido imponiendo
la razón de estado, y ¡bien
lo sabía el profeta!, pero al final
la ceguera se confirma. En palabras breves,
la palabra divina nos alerta ante ámbitos
férreos que conllevan gérmenes
de sufrimiento, angustia, dolores de cabeza,
y suele ser “a la larga”. El
“germen”, “el vástago”,
es decir, la vida surge cuando nos aferramos
a la palabra divina, y no a planes a marginan
su incidencia, a veces en nombre de triquiñuelas
sociológicas, teñidas de legitimidad
consensuada.
|
Sal 22,
1-6
Nos hallamos ante “un” gran
salmo, tantas veces canalizador de la
vivencia religiosa ante Dios. Lógicamente
aquí se sólo ofrecen unas
líneas directrices a la luz de
la lectura anterior, pero, hay que recordarlo,
este salmo es utilizado en otras liturgias
dominicales, insistiendo en aspectos complementarios.
- Esta primera parte constituye una confesión
sobre el Señor bajo la metáfora
del buen Pastor. En este caso ésta
adquiere rasgos comunitarios, en cuanto
Dios dirige a su pueblo en medio de las
adversidades, es decir, conduce, sostiene
y conforta al mismo en su peregrinar por
el duro escenario de la historia. El simbolismo
del pastor ilustra cómo Dios acompaña
las vicisitudes de su pueblo, y tal acompañamiento
es continuo. El centro del salmo coincide
con la confianza en Dios, cristalizada
en la expresión, “nada me
falta”, una confesión que
sintetiza la seguridad a la luz de su
palabra en los valles oscuros de la vida.
Dios, presencia
cercana y serena: ¡Dejemos
que hable el salmo!: “Fuentes tranquilas”,
“sendero justo”, “verdes
praderas”, “ungir la cabeza
con perfume”, “rebosar la
copa”, etc, cantan esta cercanía
divina para quien se fía de Dios
en el arco de su existencia. Los desconciertos,
la jauría de planes humanos, etc,
suelen saludarnos en nuestro caminar,
pero tantas veces nos flagelan y desconciertan,
y en tal peregrinar, y, no pudiendo elegir
otro atajo, sólo nos queda el consuelo
divino en la secuencia de “cañadas
oscuras”, la vivencia de su bondad
y la misericordia en la casa del Señor.
Ef 2, 13-18
Pablo reflexiona sobre
la relación entre los paganos y
judíos, en cuanto éstos
son herederos de las promesas (Ef 2,11-22).
Ahora se detiene sobre la nueva situación
que se ha creado gracias a la acción
de Cristo. La palabra clave es “reconciliación”
o “paz”, en cuanto el pueblo
de Dios es el lugar de la reconciliación
entre Dios y los hombres, y entre éstos.
A nivel eclesial ha desaparecido el “muro”
de separación, ya sea racial, de
enemistad, cultural, etc. La fuente de
la paz cristiana y eclesial se cristaliza
en la solidariedad y en la libre comunicación
con Dios y con los hermanos. La iglesia,
no lo olvidemos, no es ámbito para
“refugios”, sino todo lo contrario,
apertura al Espíritu. La iglesia
es una creación nueva gracias a
la acción transformante de la muerte
y resurrección del Señor,
y pastor de la misma.
La “iglesia”,
espacio reconciliador: Quizás
no queden tantos paganos y judíos
genuinos, pero sí que aparecen
muros de división que salpican
nuestra geografía, muros que defienden
algún territorio antropológico..
Cristo en su cuerpo, que es la iglesia,
acoge sin hacer distinciones, pero obviamente
hay que abrirse a su espíritu reconciliador.
En la iglesia no esperemos un cheque en
blanco a “cualquier” proyección
humana, si no que tiene que ajustarse
a la reconciliación que Dios otorga
en Cristo por medio de su espíritu.
La incidencia del espíritu nos
define, y no al revés.
Mc
6, 30-34
El fragmento de hoy prepara
el relato de la multiplicación
de los panes, y concluye la misión
de los doce. Ahora el evangelista retoma
datos anteriores, que los apóstoles
le facilitan. La escena refleja una ambiente
de reposo después de la fatiga
misionera en un lugar solitario. Jesús
descuella como el buen Pastor, motivo
atribuido a Dios Padre en las lecturas
del AT de hoy, pero insiste aún
en que “la multitud… era como
ovejas sin pastor”, frase que nos
lleva a Núm 27,12-14, donde Moisés
siente que el pueblo se quede sin una
guía antes de entrar en la tierra
prometida. Jesús valora a la generación
presente con los mismos criterios, y ansía
dar la orientación sabia.
Presencia
tranquilizadora: Las “durezas
de la vida”, el “no tener
tiempo para uno mismo”, etc, suelen
producir cansancios, y a veces profundos
y desengañadores. Necesitamos espacios
de soledad, reposo y tranquilidad, pero
sin más componendas que la simple
apertura a Dios en Cristo, su presencia
inauditamente generosa y cercana, aunque
¡no lo olvidemos!, unidos a los
hermanos en la fe y sentados en “un
sitio tranquilo y apartado”, es
decir, en torno a la palabra de Jesús
y el pan distribuido por los apóstoles
que ayudan a vivir con sosiego, como sucede
en la Eucaristía.
|