| El
Señor de la VIDA.
Sab 1,13-15; 2,23-25
Este libro escrito en Alejandría de Egipto en el s. I a. C, ofrece una enseñanza ya madura sobre el destino del hombre, introduciendo una categoría nueva, derivada de la filosofía griega, es decir, la incorruptibilidad. Con dicho concepto el autor quería responder a los impíos, que no admitían una continuidad de existencia más allá de la muerte. Los versículos de hoy insisten en afirmar la intención del autor respecto a la muerte. La persona creada a imagen de Dios está destinada a una existencia con Él, superando la condición de la mortalidad. La muerte indica aquí no sólo la muerte física, sino el fracaso absoluto de la existencia. En el proyecto de Dios no se contempla la posibilidad de un jaque mate loco al hombre. El proyecto de Dios es una existencia feliz para todas las criaturas. La inmortalidad no es sólo sinónimo de existir para siempre, sino de una vida feliz. Dios no es simplemente el existente, sino el ser-felicidad, y la persona creada a imagen de Dios hay que pensarla no sólo en el existir, sino en existir felizmente.
¿Felicidad
en la vida por parcelas, o según las esferas
vitales? Esta palabra constituye
un gozne de la existencia del hombre de
todos los tiempos, y ¡cómo no, también hoy!
La lectura de la Sab confirma que la voluntad
de Dios es que no sólo “vivamos”, sino que
seamos felices. Quizás la tentación es pensar
que el existir depende de Dios, pero la
felicidad de nosotros, y aquí puede estar
nuestro tendón de Aquiles, crearnos autónomamente
nuestra propia felicidad, acabando posiblemente
en crear soledad, dolor y muerte. La infelicidad
de la vida no coincide con el deseo de Dios,
sino que surge de miras mezquinas ante la
existencia por parte del hombre.
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Sal 29
El Sal 29 constituye un agradecimiento del orante a Dios por haberle librado de una grave enfermedad, que conllevaba el peligro de muerte. Ahora estamos muy acostumbrados a conocer el alcance de nuestras enfermedades, pero no era así antes, y ponerse enfermo era muchas veces experimentar el abismo y la angustia de la muerte.
El Salmo combina la simbología de “bajar” a la tumba, “revivir”, “cambiar el luto en danzas”, y superar estos ámbitos supone una cercanía divina. Las dificultades duran instantes, pero la bondad del Señor abarca toda la existencia según esta oración. El salmista reconoce que su curación es debida a Dios, y como tal la celebra. No se pretende aquí aseverar la gravedad de la enfermedad, sino el ánimo del orante turbado por el desasosiego causado por la enfermedad.
El arte
de levantarse:
Quien poco a poco va sopesando su existencia
a los ojos de Dios intuye nuevas posibilidades
anímicas de superación. Creer sólo apoyados
en nuestras técnicas psicológicas, o coyunturales,
puede aligerar puntualmente nuestros pasos.
La oración sálmica refleja que sólo Dios
y su cercanía ayuda a mantenernos en una
tesitura constante, y no vernos abocados
a la pérdida de confianza en nosotros.
1 Cor 8,
7-9. 13-15
Conviene recordar que
la segunda lectura es casi una lectura
continua en el año B desde el domingo
séptimo hasta el catorce, siendo
los caps.8-9 los predominantes. Aquí
el apóstol proporciona los cristianos
de Acaya temas variados para apoyar una
colecta en ayuda de los cristianos de
Judea a causa de su escasez. La lectura
de hoy se detiene en las motivaciones
teológicas. Los cristianos deben
recordar que el Señor, siendo rico,
se despojo de sus privilegios para beneficiarnos
a nosotros, es decir, hacernos partícipes
de la naturaleza divina. La dinámica
de Cristo y su condescendencia divina
es el núcleo y modelo de la caridad
divina, y el objetivo no es crear estrechez
a los Corintos, sino el compartir con
los demás.
Hermosa
reflexión cristiana: La vida
no consiste en encerrarse en sí mismos.
La vida no puede ser gobernada por el
principio de la separación y contraposición.
Sin la donación a quines nos rodean, la
existencia queda privada de trascendencia.
El egoísmo es la negación ontológica del
ser humano, al menos según el pensamiento
cristiano. La exhortación paulina invita
a superar la insensibilidad y descubrir
la felicidad de encontrar a los “otros”.
La palabra divina insiste en que el nervio
de la vida no es poseer, sino dar y comunicar.
Quien juega a ser calculador entristece
su vida y no entiende el secreto de la
misma. Recordemos la frase final de la
lectura: “Al que recogía mucho no le sobraba
y al que recogía poco no le faltaba”,
tomada del relato bíblico del maná (Ex
16,18). ¡Bonita perla que ilumina la vida!
Mc
5, 21-43
Después del discurso
de las parábolas (Mc 4) el evangelista
presenta una serie de prodigios de Jesús,
y el primero corresponde a la curación
de la hija de Jairo y la hemorroisa. El
relato está bien estructurado:
a) Primera parte de la historia, y primera
escena: v.22-24, b) intermedio de la hemorroisa:
v.25-34, y c) segunda parte de la historia
con tres escenas. Los sinópticos
presentan el mismo esquema, lo cual lleva
a pensar que la estructuración
es arcaica. Los dos episodios fueron pronto
entrelazados en una única forma
literaria, quizás debido a que
en ambos las protagonistas son dos mujeres,
caracterizadas por el mismo número:
doce años enferma y doce de edad,
y en ambas ocasiones el milagro acontece
por medio del contacto físico de
Jesús y sin que la multitud se
entere.
Pero el motivo nuclear de la narración
gira en torno a la fe, pasando de una
confianza genérica en la potencia
curativa de Jesús hacia una fe
madura, que confiesa la identidad del
Mesías, capaz de dar la vida a
los muertos.
La fe constituye un elemento básico
en las dos mujeres en su curación,
sea espiritual o corporal, como vida plena
y feliz. Para quien cree no existen fronteras:
ni la enfermedad ni la muerte son barreras
a la presencia salvífica de Jesús.
Pero la capacidad de donar la vida por
parte de Jesús no se da fuera de
la referencia personal. La fe es un requisito
imprescindible porque la vida no es un
puro existir, sino amor de la vida, es
la plenitud de valores y don de “felicidad”,
que deriva de Dios.
Cristo,
compañero del camino: En
el rostro de Jesús se nos revela Dios,
que comparte la fatiga de nuestros días.
Es el Padre misericordioso, capaz de tener
compasión de quien sufre, y a veces se
halla aislado en medio de la gran multitud
de gente. Ser curado o acompañado significa
la capacidad de vivir. La salvación no
consiste en la pura y simple existencia,
y ésta no es posible sin una relación
personal con Cristo Jesús, resucitado.
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