| Job
38,1.8-11
La lectura de hoy pertenece
al cuarto acto del libro, donde habla Dios
a Job. El mundo de la naturaleza aparece
personificado y lleno de dinamismo. Dios
se revela a Job desde la tormenta, favoreciendo
que se vea como un caminante en las manos
de Dios. Va descubriendo poco a poco con
sorpresa su ignorancia, y limitado poder.
Después de situar la escena (v.1)
la lectura, en razón del pasaje evangélico,
se fija en la metáfora del mar. El
océano que tantas veces aparece como
el dragón mitológico, aquí
es visto con rasgos domésticos en
cuanto dominado y controlado por Dios. El
mar tiene un límite, como toda criatura
en manos de Dios. La respuesta de Dios desde
la tormenta enfatiza su potencia y trascendencia
frente Job por medio de la metáfora
del mar, que a los ojos de Job aparece indomable,
al igual que su vida en sus dimensiones
más profundas. No conviene marginar
la tesitura del libro en su totalidad, pues
ahora estamos en los desenlaces finales.
Esta lectura se debe ver en esta cadena
de escenas, donde Dios por una parte dialoga
con Job, mostrándole siempre nuevos
ámbitos de comprensión, alcanzando
más conciencia sobre su enigma existencial.
Dios aquí intenta que revelarle
aún las riquezas y misterios, a los
cuales no tiene acceso por sí solo,
y Job aprende a situarse justamente en relación
a Dios; acogiendo el mensaje del creado,
en este caso el mar, Job descubre las dimensiones
de la humildad y el valor de alabanza. Dios
no certifica a Job sus propios límites
para encerrarlo en un ovillo de miedos o
machacarlo en su pequeñez, sino para
abrirle una nueva dimensión consigo
mismo y con el cosmos.
¿Puede
el hombre el lujo de ahuyentar o aparcar
el misterio ante las encrucijadas de la
vida? No es raro, o si se quiere
ya frecuente, apreciar ciertas actitudes
que no se enfrentan al “misterio”
de la propia identidad. Hoy se sabe bastante
del “universo”, pero quizás
se renuncie en aras a la inmediatez de vivencias
personales a “afrontar la vida”.
¿Quién le marca los límites,
o, dicho con palabras más cercanas,
quien infunde sensatez a nuestro caminar?
Ciertamente ésta se puede “encerrar”,
pero siempre nos pide que le abramos la
puerta para poner armonía en nuestra
vida, sino fácilmente caeremos en
las olas inestables e incontrolables del
escenario existencial. No olvidemos que
Dios es la sensatez en el “mar de
la vida”, según el texto de
Job.
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Sal 106,
23-31
La liturgia ofrece hoy la cuarta parte
del Sal 106. El motivo central del mismo
lo constituye la alabanza al amor eterno
del Señor, porque derriba el muro
que presentan las dificultades del arco
de la vida, y una de ellas es precisamente
la tempestad en el mar para los navegantes.
En la primera se describe la situación
de los prisioneros, en la segunda se alude
a los perdidos en el desierto, y en la
tercera a los enfermos. Recordemos que
Sal 106 es el primero del quinto libro
del salterio, el cual se concluye con
la alabanza de toda la creación
a Dios.
El grupo de navegantes pueden contemplar
cosas estupendas, pero también
el desencadenarse repentino de una tempestad,
ante la cual el hombre se siente como
una paja a merced de las ondas e incapaz
de coordinarse, en el huracán del
desconcierto vital. En este abismo y frontera
ante la vida ora a Dios (v.28), y le llega
la bonanza profundamente suspirada, y
de ahí la alabanza.
Otra vez
el mar, otra vez la vida con
sus situaciones enigmáticas y desconcertantes.
La inestabilidad nos acompaña en
la sombra de nuestro caminar. ¿Dónde
encontrar esa “suave brisa”,
que apacigüe tantas tormentas personales
imprevistas o impensables, precisamente
“a mí”? El Sal nos
sugiere cómo enmudecer esas olas.
¡Qué las palabras del salmo
canalicen nuestra súplica a Dios”.
2 Cor 5,
14-17
Pablo quiere iluminar
el sentido de su ministerio apostólico,
que versa sobre la reconciliación.
Corinto era una comunidad rica en carismas
y viva, pero corría el peligro
de fraccionarse, arrinconado la presencia
y mensaje del apóstol. En esta
situación aporta su propia experiencia,
su encuentro con el Cristo resucitado
y el Jesús crucificado, que le
sacó de su mundo personal un tanto
obtuso, y le llevó a vivir el proyecto
de Dios en sí mismo. Cuando uno
hace a menos de la comunidad se mutila
en ciertos aspectos o en ¡tantos!
El Señor Jesús, muerto y
resucitado, según San Pablo rompe
este muro impenetrable, y posibilita que
seamos personas nuevas.
En el cristiano
todo
está rodeado de magia, cuando nos
abrimos a Señor resucitado.
Mc
4, 35-40
Una vez que Mc ha concluido
el discurso de las parábolas sobre
la realidad misteriosa del reino de Dios
(Mc 4,1-34), narra la fuerza del mismo
en la manifestación de Jesús.
Los milagros derivan de la presencia de
Cristo mismo, que modifica su entorno,
en su camino hacia la cruz. El milagro
de la tempestad alude a temas del AT,
donde Dios vence el caos acuático.
El relato posee rasgos de afinidad con
el profeta Jonás, y apunta a un
exorcismo sobre las potencias hostiles
del viento y del mar, y al mismo tiempo
constituye una palabra de aliento a la
comunidad perseguida, a la cual el evangelista
se dirige.
Mc piensa también en la experiencia
pascual, donde los protagonistas son sólo
Jesús y sus discípulos.
Aunque había otras barcas próximas,
la escena acontece entre ambos protagonistas.
Jesús se despierta, como si resucitase,
increpa al viento como lo había
hecho con los espíritus inmundos
(Mc 1,25; 3,12), y cesaron las olas. Todo
el milagro está narrado como un
exorcismo, ya que el mar representa el
caos y la muerte. El gesto de Jesús
constituye un acto de liberación
potente, que evoca la victoria de Dio
sobre las aguas del mar Rojo y del Jordán.
Otra vez
la cercanía de Cristo
al hombre en el mar, que en la Biblia
es símbolo del caos. El hombre
dejado a sí mismo es fácil
presa de un mar de dificultades, y puede
ser testigo de sus mismas derrotas, pues
parece que el Señor está
ausente de la historia, “dormido
sobre el almohadón”, pero,
si el creyente vuelve en sí, comprende
que “estaba en la popa”. La
fe posibilita una profunda restructuración
de la personalidad: elimina cosas viejas
y crea nuevas. Ya que ésta es posible
gracias a la compañía del
Señor resucitado, también
los miedos y cuanto suscita ansia en el
creyente puede ser eliminado. Al fracaso
le sucede la bonanza de la capacidad de
amar, y la confianza en el Señor,
que desea crear personas libres y alegres,
no esclavos del miedo. Esa palabra confortante
del Resucitado, ¡Silencio, cállate!,
puede poner calma en tantas travesías
como debemos hacer en el mar de las ambigüedades
de la vida, y al final surge la admiración,
¡hasta el viento y el agua le obedecen!
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