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La celebración del
domingo de Ramos inicia las celebraciones
de la Semana Santa. Se hace más lento
el ritmo de la liturgia y se demora en los
pasos de este domingo, del jueves santo,
del viernes santo hasta llegar a la Pascua.
El misterio pascual es la hora del amor
de Dios manifestado en Cristo Jesús,
la hora del triunfo del amor sobre la muerte,
pero consumándose en la entrega,
en el paso por la muerte hacia la vida.
Es el comienzo de la Semana grande, celebrando
la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén,
del rey pacífico, humilde y glorioso
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Mt 21,
1-11; Is 50,4-7; Sal 21, 8-9.17-18ª.19-20.23-24;
Flp 2,6-11; Pasión del Señor:
Mt 26,14-27,66
Como podemos ver, la celebración
de hoy es más compleja e intensa.
Nos fijamos en Jesús que entra
en Jerusalén, y nos unimos al coro
de las aclamaciones: ¡Hosanna al
Hijo de David! ¡Bendito el que viene
en nombre del Señor! El Señor
Jesús se acerca a Jerusalén
por el camino de los peregrinos y viajeros
que subían a celebrar la Pascua.
La palabra de Dios nos hará conocer
el misterio mesiánico, desde la
encarnación hasta la pascua, como
nos propone la pasión. La eucaristía
nos recuerda que la entrega del Señor
se renueva por nosotros hasta el fin.
El evangelio de Mt ha añadido algunos
datos al relato de Mc 11,1-11 pues aparecen
una asna y un pollino atados juntos, que
los discípulos van a buscar. El
hecho mismo de pedir la cabalgadura ya
sorprende, porque los peregrinos subían
a pié, lo que nos indica una entrada
extraordinaria. Mateo cita en el v. 5
al profeta Zacarías 9,9 literalmente
para que se vea que la palabra del profeta
se cumple hasta el detalle de los dos
animales, que en el texto de Zac eran
uno sólo descrito de dos formas.
Era un oráculo cuyo significado
mesiánico es sorprendente, el Mesías
no entrará sobre un corcel, como
quien regresa victorioso de la batalla,
sino de forma apacible y humilde, montado
sobre un asno. Se puede pensar que Jesús
preparaba una manifestación mesiánica
ante el público, cosa que hasta
ahora no había hecho. ¿Era
una señal que confirmaba a sus
seguidores que él, el Señor,
era el Mesías? Los presentes parecen
comprenderlo así por las ramas
y los mantos extendidos por el camino,
aclamando al Hijo de David, título
del Mesías (cf. Los ciegos Mt 9,27;
29,30-31). Antes Jesús había
ordenado callar esta aclamación
y ahora lo pregonan en voz alta, y de
forma directa referido a su persona, no
al “reino que viene”, como
indicaba Mc, sino a Jesús que se
declara como tal. Es como si se quisiera
presentar la toma de posesión de
la ciudad por parte del Mesías,
del que viene en nombre de Dios, como
hará poco después del templo.
La persona de Jesús suscita la
pregunta - ¿Quién es este?
- que recibe una respuesta de la gente:
“Es el profeta Jesús, el
de Nazaret de Galilea” (Mt 21,11).
De nuevo al lado de los títulos
solemnes, la sobriedad de su origen. No
obstante, su entrada en Jerusalén
cumple la profecía sobre el Mesías
esperado y la gente participa de la exaltación
profética que se mueve en torno
a Jesús, pues la ciudad entera
se conmueve, como se ve también
después en la entrada en el Templo.
Era un acontecimiento profético
cuando los profetas ya habían enmudecido,
y para nosotros es el pórtico de
la Semana Santa.
Sobre el relato de la pasión según
Mt 26-28 indiquemos solo unos pocos datos.
Es la narración de la muerte y
resurrección del Mesías.
Ahora ya no hay discursos de Jesús,
solo hechos. Mt 26,1 dice literalmente:
“Cuando Jesús terminó
todos estos discursos, les dijo a los
discípulos. Sabéis que dentro
de dos días es la pascua y el Hijo
del hombre será entregado para
que lo crucifiquen”. Toda la obra
del Mesías ha quedado consumada,
ha pasado el tiempo de hablar, ahora en
el de callar (Eclo 3,7) llega la consumación
de su vida, los hechos. No sólo
porque Jesús callará ante
sus jueces o ante Pilato (23,63; 27,14)
sino también porque es el tiempo
del fruto, la semilla que cae en tierra
y muere produce mucho fruto (Jn 12,24):
Jesús va al encuentro de su muerte
dándose cuenta perfecta de ello,
“será entregado”, se
dejará arrebatar la vida, no obstante
los planes más o menos astutos
de los sumos sacerdotes y ancianos.
Recorriendo los episodios que componen
el relato de la pasión, vemos la
unción en Betania, signo de la
profunda veneración hacia el Maestro,
signo de la despedida cordial y humana.
Ya que en la cruz estará solo ahora
se ve esta pequeña señal
como un signo del amor, cuya grandeza
el evangelio proclamará siempre.
Descubrimos la traición de Judas,
surgida dentro del grupo más cercano
a Jesús, de los iniciados en los
misterios de Dios, y por un móvil
mezquino, treinta dineros, un precio ínfimo
para entregar la persona de Jesús.
La última cena, cerna conmemorativa,
repite de nuevo el verbo entregar (26,21)
en la alocución que Jesús
dirige a sus discípulos –
como lo hacía el padre de familia
en la cena pascual -, pero ahora con un
significado profundamente diverso, no
sólo porque la mesa compartida
era señal de confianza mutua, de
paz y de amistad rotas por la traición,
por la dimensión interior de tal
traición que nos hace pensar en
nuestras propias experiencias. ¿Guardamos
las apariencias al compartir externamente
la paz o la amistad aunque interiormente
aborrecemos o no nos fiamos de los presentes?
Es un síntoma de nuestra comunión
en el mal.
El contraste lo ofrece la institución
de la Eucaristía, en los gestos
de suma sobriedad, del pan y del vino,
y que no obstante indican que cada uno
puede “tomar” para sí
algo porque Jesús toma el pan,
lo parte y lo da invitando a comerlo.
Es un gesto profundo, porque el pan es
su propio cuerpo, es decir un don que
no se mide por la magnitud de su volumen,
sino por la intensidad con la que se comunica:
¿Hay una forma de asimilar más
personal y directa que la de la ingestión
y digestión? Lo que se come forma
parte del propio ser, de la propia vida,
de la propia persona. No hay participación
más íntima e intensa, Jesús
nos propone participar de sí mismo
de esta forma tan profunda. La alianza
sellada en su sangre –como hizo
Dios con su Pueblo – (1Cor 10,1-4)
se comparte ahora en la palabra y en la
mesa del pan y de la copa. Ahora la alianza
es con muchos, y la sangre es de la de
la vida entregada en rescate, para perdón
de los pecados. Una alianza nueva y definitiva,
que no puede abolirse, porque si el pecado
separa de Dios y divide entre sí
a los humanos porque corrompe las relaciones,
ahora nos vuelve justos y nos libra de
la esclavitud del pecado, si uno quiere
`participar de la vida de Jesús.
Para establecer otros contrastes podemos
ver también la tristeza de Jesús,
las negaciones de Pedro – la experiencia
de quien cree estar seguro de sí
mismo y después se hunde con todo
el equipo -, la dispersión de los
suyos, y la oración de Jesús
en su agonía: “No sea como
yo quiero, sino como tú quieres”
(26,39), de nuevo la medida de la entrega
y del alcance del amor, porque el reino
de Dios es el dominio del amor. Podríamos
decir que de Jesús aprendemos algo
concreto: si no se cumple la voluntad
de Dios, del Padre, o se ponen estorbos
a su dominio se reduce o se echa a perder
el amor. Es lo que se manifiesta en esta
hora suprema. “El mismo Cristo que
en los días de su carne mortal
presentó oraciones y súplicas
con grandes gritos y lágrimas,
al que tenía el poder de salvarlo
de la muerte, fue escuchado por su disposición
piadosa, aunque siendo hijo aprendió
de lo que sufrió la obediencia.
Y así, llevado a la perfección
se ha hecho causa de salvación
para todos los que le obedecen, y ha sido
proclamado por Dios sumo sacerdote según
el orden de Melquisedec” (Heb 5,7-14).
Las palabras de la carta a los hebreos
nos pueden dar el punto de referencia
para comprender la necesidad de acercarnos
a Dios, que se apoya en el amor de Jesucristo
por nosotros: en la entrega de si mismo
a Dios ha alcanzado la perfección
suprema que es el darnos la salvación
a nosotros, darnos parte en la vida de
Dios. Debiéramos meditar también
junto a la pasión la carta a los
Flp 2,6-11 donde la salvación crece
desde dentro de la humanidad que Dios
ha querido ligar a su destino para siempre,
en Jesucristo. Ojalá comprendamos
que la vida cristiana es entrega generosa,
porque la pasión del Señor
y su anuncio nos indica que el verdadero
camino de la perfección del ser
humano es el amor a los demás,
hasta da r la vida. Más aun, a
la luz de la entrega de Jesús,
la fe proclama que “Quien pierde
la vida, la grana para siempre”.
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