| Sof.
2, 3; 3, 12-13:
La lectura de hoy está
a caballo entre dos secciones de este profeta,
que actuó en Jerusalén en
tiempos de Josías, años 639-609,
y a la sombra de los asirios, época
en la cual el pueblo se dejó imbuir
de costumbres y modos de pensar paganos
durante el reinado de Manasés, 698-643.
La sociedad israelita necesitaba una reforma
a muchos niveles, entre ellos el religioso,
que llevará a cabo el rey Josías,
colaborando en este sentido Sofonías.
Sof. 2,3 pertenece al bloque centrado sobre
el juicio divino universal sobre los pueblos
que abarca también a Jerusalén,
y 3,12-13 encaja en los oráculos
contra las naciones.
El profeta en 2,3 les advierte en nombre
de Dios a grupos de Israel que sobre ellos
pesa el castigo y la cólera de Dios;
dicho en palabras más directas, Dios
rechaza su comportamiento. Sin embargo,
les abre las puertas del cambio, y de conversión.
El “buscar al Señor”
significa dejar que la palabra divina guíe
sus vidas, actitud que contrasta con la
denunciada por Sof en 1,6, afirmando que
“ni buscan al Señor, ni se
interesan por El”. Ahora el profeta
desea en nombre de Dios que pongan a Dios
en el centro de su vida, y acapare su interés.
La segunda parte, es decir, 3,12-13, se
dirige al núcleo de la nueva comunidad,
a aquella que ha creído en las palabras
del profeta. Refleja la sociedad ideal,
donde el profeta presenta una síntesis
original. “La nueva comunidad tiene
como base la pobreza material, que le ayuda
a mantener una postura de fe en Dios y a
imitar su conducta con el prójimo.
En ella no habrá jueces que dicten
sentencias inicuas ni autoridades religiosas
que desvíen al pueblo de la fe y
la justicia. En estas condiciones, el pueblo
será como un rebaño que pasta
tranquilo, sin que nadie lo asuste”
(J.L.Sicre Díaz, “Con los pobres
de la tierra”, 335). Leyendo
estas palabras proféticas es fácil
intuir el mensaje de las bienaventuranzas,
donde se piensa en un futuro avalado por
Dios, donde la riqueza no lleve a descartar
de Dios y a la injusticia, y se pueden vivir
situaciones de paz y seguridad.
Vertiente
cristiana:
El profeta enfatiza el orgullo de la sociedad
de su tiempo, que lleva al olvido de Dios.
La gran víctima de esta vivencia
es Dios mismo y su significado, pues “ni
se le busca ni se interesa por El”
(Sof 1,6). El profeta acentúa que
las reformas no vienen de las autoridades,
sino del “pueblo humilde y pobre que
acoge a Dios y respeta al prójimo”.
En palabras más directas, valor decisivo
es una actitud de acogida de la incidencia
de Dios en la vida personal, independientemente
de cuando se pueda ver a nuestro alrededor,
y quizás en grupos que llevan el
peso de la sociedad, pues el bienestar económico
no es el “todo” para solucionar
los problemas.
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Sal 145:
Este Salmo abre la sección de
los denominados Salmos aleluyáticos,
es decir, Sal 145-150, paralelo al pequeño
grupo también aleluyático,
Sal 113-118. Esta colección se
usaba en la sinagoga por la mañana,
donde el Sal 145 era la portada. Aquí
se canta al Dios liberador, única
esperanza y ayuda del orante. Esta oración
constituye una especie de alabanza perenne
que recorre toda la vida del salmista,
viéndola bajo las alas del amor
divino. Se trata de un canto de los “pobres
de Yahvé”, y de los “justos”
postexílicos, cuya única
fortaleza era Dios. El Sal tiene un arco
amplio de aplicaciones, que concretan
quienes son los preferidos de Dios. Dado
que este Sal posee un carácter
antológico, citando otros textos
bíblicos, se piensa que fue compuesto
en el s. III.
El Salmo ofrece en los v.1-2 una introducción,
siendo la conclusión el v.10, que
explicita el tema del reino. El cuerpo
del Sal coincide con los v.3-9, que se
articula con una exhortación en
los v.3-4 a no poner la confianza en los
poderosos, y con una bienaventuranza (v.5-9)
para quien confía en Señor.
Estas dos secciones contraponen el desvanecimiento
del hombre frente a la estabilidad de
Dios. Aunque el hombre sea potente, es
prisionero de sus límites, y todo
aquello que emprende está rodeado
de caducidad. Dios, al contrario, supera
el espacio y el tiempo, y su soberanía
es la fidelidad.
Lectura
cristiana:
El Sal nos presenta un gran ábside,
donde podemos considerar a Dios interesado
por crear un mundo nuevo, en el cual haya
liberación, justicia, luz, amor,
protección para los débiles
y juicio para los impíos. Es un
himno al amor divino frente a las miras
mezquinas y miserables del hombre de todos
los tiempos. Contemplar a Dios de esta
manera posibilita nuevos enfoques de la
realidad humana, enfoques no reductibles
a nuestra sensibilidad.
1Cor 1,
26-31 :
Pablo refleja cómo
la comunidad de Corinto está compuesta
de gente de clase social baja, pero la
gran novedad es que hayan sido elegidos
por Dios. Dios habitualmente escoge aquellas
personas menos significativas a los ojos
de la sociedad de cada época, y
este proceder de Dios es constante. Esta
estampa no pertenece sólo al pasado,
sino que se verifica constantemente en
la historia de las comunidades que forman
la iglesia. El cristiano recibe así
una dignidad a nivel personal, que no
deriva de las consideraciones o posiciones
sociales, sino de la llamada y la elección
divina, y por eso podemos alegrarnos y
ser felices, y todo ello gracias a Cristo.
Dios nos ensalza en El.
Mt 5, 1-12:
las bienaventuranzas
Maravillosa página
evangélica, fuente de tantos descubrimientos
de Dios en la vida de innumerables creyentes
y no creyentes. Refleja la manera de ver
Dios la historia del hombre desde una
misma óptica, al ser pronunciadas
por un hombre, Jesús de Nazaret,
e Hijo de Dios. Es la perenne novedad
para nuestra historia, valorada desde
Cristo. Nos encontramos literariamente
en la introducción del discurso
de la montaña de Mt 5-7. Es una
página de contenido paradójico
e incisivo, que confiere a todo el discurso
un tono de alegría, porque se manifiesta
la bondad de Dios hacia todos, incluidos
los enemigos y perseguidores. Mt sitúa
al inicio de la actividad pública
de Jesús un programa dirigidos
a todos, y confiere a las bienaventuranzas
un carácter sapiencial y atemporal,
transcendiendo la situación histórica,
en la cual Jesús las pronunció.
Representan una síntesis del anuncio
central del evangelio, es decir, la intervención
de Dios en la historia para socorrer a
los indefensos. La presencia de Cristo
en medio de ellos confirma el anuncio
de los profetas. El Hijo de Dio se inserta
en el curso de la historia para proteger
a los débiles.
Espejo
del cristiano: Las
bienaventuranzas desvelan cual es el sentir
de Dios sobre nuestra vida, la de todos
los días, esa que ofrece tantas
ambigüedades, alegrías y oscuridades.
Son la lucidez divina para juzgarnos con
serenidad y sosiego, pero no debemos olvidar
que tal posibilidad deriva de Dios, y
no de nuestros criterios. La luz nos viene
de lo alto, no de nuestras “sabias”
ponderaciones, por muy cuerdas las creamos.
Frente a las bienaventuranzas nos hallamos
habitualmente números rojos, pero
lo maravillo es que nos animan en todo
momento a vernos según los valores
divinos y a ilusionarnos.
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