Cuarto domingo de Cuaresma

Como el agua, también la oscuridad, es uno de los símbolismos fundamentales de la existencia humana, y de la reflexión religiosa. El Cristo encarnado es la palabra que ilumina al credente, tal como hoy la liturgia nos presenta

Pregσn de Cuaresma-2008
(Fr. Marcos Rincσn)

1Sam 16, 1.4.6-7.10-13

La historia del acceso de David al trono ofrece paralelismos con el ciclo de Saúl. De hecho, para David se ofrecen tres narraciones: una coincide con la lectura de hoy, otra con 1 Sam 16,14-23, donde David es presentado como trovador y músico en la corte de Saúl para alegrar el espíritu decaído de éste, y la tercera narra el combate de David contra Goliat (1 Sam 17,12-30). Conviene recordar que en 1 y Sam existen numerosas narraciones que presentan a los dos personajes a veces en forma de duplicados paralelos, cada uno con sus enfoques particulares, donde a veces se insiste en la exaltación de David y la humillación de Saúl. Hoy, lo mismo que ocurre en 1 Sam 9,1-10,16 con la unción de Saúl, se quiere subrayar que Dios tiene otros criterios para elegir a sus mediadores, y no sigue los criterios humanos habituales, marcados por los deseos inmediatos. Dios crea desconcierto con sus “fijaciones”. Pero en ambos casos Dios se sirve de mediador, Samuel, para señalar que la persona que no se esperaba es la ensalzada por Dios.

Aquí no hay que perder el hilo de narraciones sobre Saúl, donde éste tendía a ensalzarse a sí mismo, marginando la iniciativa de Dios a la hora de marcar la pauta de los acontecimientos de la historia de Israel, un Saúl dominado por la envidia, la manía persecutoria ante quien lo contradecía, la superstición, la sospecha, etc; en palabras breves, quien antes había sido ungido por Dios, ahora es marginado, y en su puesto es colocado David, pero Saúl no se resigna.


Ojo cristiano: La vida es el escenario, donde el tiempo se convierte en testigo mudo de los planes y maquinaciones humanas en torno a un abanico de temas o realidades, y a nivel profano puede ser que a veces triunfen aquellos, ya que saben coordinar las aspiraciones sociales. Pero el texto de hoy quiere sencillamente afirmar que en la historia fraguada por los hombres pueden existir otros criterios, no sólo aquellos que impone la “lógica de los acontecimientos”, y éstos se pueden convertir en indicios y signos de la complacencia de Dios. No conviene olvidar que quienes siguen diferentes criterios no se apoyan en los enfoques sociológicos.

 

Sal 22, 2-6

Es un Sal clásico y muy conocido. Pertenece al género de los cánticos de confianza, que celebra el abandono sereno y pleno en las manos de Dios. Dicho en otras palabras, la existencia entera se confía a Dios. Este Sal ofrece estructuralmente un díptico, desglosado en dos escenas paralelas: la pastoril (v.1-4) y la doméstica del banquete (v.5-6).

El orante hace suya la imagen del buen pastor, es decir, Dios que guía y protege a quien se fía de El. La sugestiva imagen de “cañadas oscuras” puede significar el desvanecerse la esperanza, y el adentrarse en las oscuridades de la vida, que a veces se puede convertir en noche oscura. En estos momentos el creyente se aferra a la confianza en Dios para superar las dificultades. La seguridad y la firmeza están representadas en el Sal por el bastón del buen pastor.

Lectura cristiana: La oscuridad del valle, el desánimo, la desgana, la desilusión, etc, pueden adueñarse del ánimo del creyente, y posiblemente no llegue a vislumbrar la meta. La imagen del buen Pastor evoca escenas del NT, donde Cristo emerge como quien nos rodea de certezas en la vida, y es precisamente en los sacramentos donde podemos descubrir esta cercanía divina a cada uno de nosotros; en definitiva, nos hace comprender que su “amor y bondad nos acompañan todos los días de mi vida”.

Ef 5, 8-14

Este lectura contrapone: las tinieblas y la luz, pero girando en torno al tiempo indicado por los verbos “erais” y “sois”. Este enfoque se refiere al Bautismo, que conduce al catecúmeno de las tinieblas a la luz de la gracia. San Pablo aquí exhorta a los cristianos a comportarse como hijos de la luz, a desenmascarar todo tipo de desorden y mostrar la realidad tal como es, sin velos. Esta mirada de fondo debe caracterizar al cristiano. Dicho en términos paulinos, son los “frutos” del Espíritu, porque son capaces de crear situaciones nuevas (Gál 5,19-22), que ilustran continuamente situaciones humanas, como: la bondad, la sinceridad, la alegría, el equilibrio de sí, etc.

Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Es una lectura específica de Jn, que concentra la atención sobre el ciego de nacimiento, donde los discípulos sirven de interlocutores de Jesús, en cuanto que reflejan una mentalidad judía: el binomio inseparable, enfermedad-pecado, que confluía en el caso del ciego. Jesús rompe esta lógica mezquina, y eleva la enfermedad a un momento de gracia para encontrar al Mesías. Es Jesús quien toma la iniciativa, no el ciego, y lo libra de la ceguera. Ante tal hecho la gente se define, y reacciona según sus visiones particulares. Hasta los padres del ciego son sometidos a presiones para que “hablen” en la dirección que agrada algunos. Ante esta cascada de presiones de los judíos el ciego actúa con coraje, y confiesa que ha recibido gratuitamente la vista. Se permite ironizar ante su interés, sugiriendo que igual se quieren hacer discípulos de Jesús.

Las palabras del ciego desencadenan la ira de sus interlocutores, quienes no pudiendo hacer nada, lo aíslan. El, una vez más, se descubre solo. El ciego cree, proclama a Jesús como Señor, y se postra ante El.

Enfoque cristiano: Ante Jesús, como luz del mundo, la persona se divide. Quienes se creen ciegos, paradójicamente descubren la luz. Quien, por el contrario, camina en el variar de la oscuridad de sus propias seguridades, la rigidez de sus prejuicios, en la pretendida superioridad de sus convicciones y en el perderse en la vida, procede ciegamente.

Cristo en su encarnación es la luz de la persona, y, no obstante las caídas y la debilidades de ésta, su presencia nos ilumina, pero es necesario dejarnos “mirar” por El, y no anticiparnos con nuestros criterios, que a veces, o tantas, no coinciden cómo nos ve El

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