| El
sentido de la muerte y resurrección
de Jesús de Nazaret no se limita
–según las afirmaciones de
Pedro en discurso de los Hch – a ser
el cumplimiento de las profecías,
de las palabras de David que anunció
la resurrección del Señor,
porque creía en el Dios de a vida,
y creía en la promesa de Dios de
“sentar en su trono a un descendiente
suyo” – rasgo mesiánico
– cumplido en Jesús, sino en
que manifiesta la victoria de Dios: lo que
parecía ser un derrota, la muerte
en la cruz, se convierte en el prodigio
realizado por Dios, que no obstante el mal,
salva porque la muerte no tiene poder sobre
el autor de la vida, aunque las esperanzas
humanas parecen intuir otra realidad, como
veremos en los dos discípulos de
Emaús. Es entonces cuando cita el
salmo 16,8-11: “Tengo siempre
presente al Señor, con él
a mi derecha no vacilaré. Por eso
se me alegra el corazón, exulta mi
lengua, y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejaras a tu fiel conocer la corrupción.
Me has enseñado el sendero de la
vida, me saciarás de gozo en tu presencia”
(citado en Hch 2,26-28). En Cristo
se ha cumplido el anuncio de David, porque
la seguridad de una superación de
la muerte, de sobrevivir, está garantizada
por haber confiado su vida en las manos
de Dios, ya que el ser humano no está
hecho para la muerte (como diremos en el
salmo responsorial: “mi suerte
está en su mano”). |
Hch 2,14.22-33;
Sal 15,1-2ª.5.7-9ab.9c-11. 1Ped 1,17-21;
Lc 24,13-35
En el evangelio de este domingo, Lc
24,13-35 encontramos la persona del Resucitado
dominando la escena, que gradualmente
se concentra en su persona; primero como
un desconocido ante los ojos de los discípulos
que no pueden reconocerlo, después
como un forastero, que no sabe lo que
ha pasado en Jerusalén, en un tercer
momento, como el que habla con autoridad
y les da a conocer las Escrituras desde
Moisés a los profetas y lo que
dicen del profeta poderoso en obras y
palabras y del Mesías que tenía
que liberar a Israel. Por último,
como el que parte el pan y lo distribuye.
Sólo entonces caen en la cuenta
de cómo sus palabras habían
hecho arder sus corazones y de cómo
lo habían reconocido al partir
el pan. El desconocido, el forastero,
el que es había recordado la Escrituras
con autoridad, ahora es un rostro conocido
que saben identificar muy bien, como muestran
sus palabras y el ir a comunicárselo
a los demás discípulos.
Las dudas y el escepticismo les había
confundido y engañado, pero escuchando
las Escrituras de labios de Jesús
han pasado de la desilusión soportada,
de la amargura sin esperanza, con la que
recordaban “al Jesús de Narzaret,
profeta poderoso en obras y palabras ante
Dios y ante el pueblo” - incluso
más, sin creer lo que consideraban
habladurías de mujeres, decían
exactamente lo contrario de lo que les
sugerían sus dudas desencantadas
-, a la identificación plena en
el momento del pan: se les abrieron lo
ojos –dice Lucas – pero ya
no pudieron verlo porque desapareció
de su vista, sólo les quedaba el
signo, “lo habían reconocido
al partir el pan”, la comunión
eucarística, la fraternidad, el
gesto de la última cena, los tres
años de vida, todo resumido en
un instante y visto con la nueva luz de
a Pascua, iluminando lo que parecía
inaceptable.
El estado de ánimo de los discípulos
de Emaús es el de tantos de nosotros
ante el misterio más grande de
nuestra fe, y no sólo por lo que
se refiere a Jesucristo, que es de nuevo
el que les ha salido al encuentro y es
visible por los ojos de la fe por las
razones del corazón, sino también
por cada uno de nosotros, porque de la
resurrección de Jesucristo depende
la nuestra. Pablo dice, “si Cristo
no ha resucitado, vuestra fe es vana....”
(1Cor 15,17-19). Además, Lucas
deja bien claro el valor del testimonio
de las Escrituras Sagradas para nuestra
fe, no sólo porque explicaban todo
lo referido a Él, sino porque toda
la Escritura tiene su centro en Él;
más aun, ignorar la Escritura es
ignorar a Cristo - según san Jerónimo
-, por lo que el diálogo con la
Escritura – Palabra de Dios- no
sólo puede caldear el corazón
e iluminar la mente, sino que nos puede
revelar el misterio: había dicho
que resucitaría de entre los muertos,
sino que como viviente para siempre permanecería
en medio de nosotros, presente hasta el
fin del mundo. Con su palabra puede disponer
nuestro corazón y nuestra mente,
con el pan que es su cuerpo, puede unirnos
con él y hacernos llegar a ser
como él. El Pan que es Él
mismo – la Eucaristía –
es el centro de la vida de la Iglesia
porque en ella nos encontramos con Cristo.
Nuestra oración de este domingo,
tiene en cuenta a la Iglesia y a sus ministros,
el Papa y nuestros obispos, que nunca
cesen de anunciar a Cristo crucificado
y resucitado, con la gracia de Dios. Tengamos
presentes a nuestros gobernantes, que
nunca se olviden de los que pasan hambre
de pan y de justicia.
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