Tercer Domingo de Pascua

El sentido de la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret no se limita –según las afirmaciones de Pedro en discurso de los Hch – a ser el cumplimiento de las profecías, de las palabras de David que anunció la resurrección del Señor, porque creía en el Dios de a vida, y creía en la promesa de Dios de “sentar en su trono a un descendiente suyo” – rasgo mesiánico – cumplido en Jesús, sino en que manifiesta la victoria de Dios: lo que parecía ser un derrota, la muerte en la cruz, se convierte en el prodigio realizado por Dios, que no obstante el mal, salva porque la muerte no tiene poder sobre el autor de la vida, aunque las esperanzas humanas parecen intuir otra realidad, como veremos en los dos discípulos de Emaús. Es entonces cuando cita el salmo 16,8-11: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejaras a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia” (citado en Hch 2,26-28). En Cristo se ha cumplido el anuncio de David, porque la seguridad de una superación de la muerte, de sobrevivir, está garantizada por haber confiado su vida en las manos de Dios, ya que el ser humano no está hecho para la muerte (como diremos en el salmo responsorial: “mi suerte está en su mano”).

Hch 2,14.22-33; Sal 15,1-2ª.5.7-9ab.9c-11. 1Ped 1,17-21; Lc 24,13-35

En el evangelio de este domingo, Lc 24,13-35 encontramos la persona del Resucitado dominando la escena, que gradualmente se concentra en su persona; primero como un desconocido ante los ojos de los discípulos que no pueden reconocerlo, después como un forastero, que no sabe lo que ha pasado en Jerusalén, en un tercer momento, como el que habla con autoridad y les da a conocer las Escrituras desde Moisés a los profetas y lo que dicen del profeta poderoso en obras y palabras y del Mesías que tenía que liberar a Israel. Por último, como el que parte el pan y lo distribuye. Sólo entonces caen en la cuenta de cómo sus palabras habían hecho arder sus corazones y de cómo lo habían reconocido al partir el pan. El desconocido, el forastero, el que es había recordado la Escrituras con autoridad, ahora es un rostro conocido que saben identificar muy bien, como muestran sus palabras y el ir a comunicárselo a los demás discípulos. Las dudas y el escepticismo les había confundido y engañado, pero escuchando las Escrituras de labios de Jesús han pasado de la desilusión soportada, de la amargura sin esperanza, con la que recordaban “al Jesús de Narzaret, profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante el pueblo” - incluso más, sin creer lo que consideraban habladurías de mujeres, decían exactamente lo contrario de lo que les sugerían sus dudas desencantadas -, a la identificación plena en el momento del pan: se les abrieron lo ojos –dice Lucas – pero ya no pudieron verlo porque desapareció de su vista, sólo les quedaba el signo, “lo habían reconocido al partir el pan”, la comunión eucarística, la fraternidad, el gesto de la última cena, los tres años de vida, todo resumido en un instante y visto con la nueva luz de a Pascua, iluminando lo que parecía inaceptable.

El estado de ánimo de los discípulos de Emaús es el de tantos de nosotros ante el misterio más grande de nuestra fe, y no sólo por lo que se refiere a Jesucristo, que es de nuevo el que les ha salido al encuentro y es visible por los ojos de la fe por las razones del corazón, sino también por cada uno de nosotros, porque de la resurrección de Jesucristo depende la nuestra. Pablo dice, “si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana....” (1Cor 15,17-19). Además, Lucas deja bien claro el valor del testimonio de las Escrituras Sagradas para nuestra fe, no sólo porque explicaban todo lo referido a Él, sino porque toda la Escritura tiene su centro en Él; más aun, ignorar la Escritura es ignorar a Cristo - según san Jerónimo -, por lo que el diálogo con la Escritura – Palabra de Dios- no sólo puede caldear el corazón e iluminar la mente, sino que nos puede revelar el misterio: había dicho que resucitaría de entre los muertos, sino que como viviente para siempre permanecería en medio de nosotros, presente hasta el fin del mundo. Con su palabra puede disponer nuestro corazón y nuestra mente, con el pan que es su cuerpo, puede unirnos con él y hacernos llegar a ser como él. El Pan que es Él mismo – la Eucaristía – es el centro de la vida de la Iglesia porque en ella nos encontramos con Cristo.

Nuestra oración de este domingo, tiene en cuenta a la Iglesia y a sus ministros, el Papa y nuestros obispos, que nunca cesen de anunciar a Cristo crucificado y resucitado, con la gracia de Dios. Tengamos presentes a nuestros gobernantes, que nunca se olviden de los que pasan hambre de pan y de justicia.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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