| "Es
PASCUA" (fr. Marcos Rincón)
“Lo reconocieron
al partir del pan”. Esta frase sacada
del evangelio de hoy, de carácter
litúrgico, ritualiza para la experiencia
de la primera comunidad cristiana. Reconocer
el Señor sólo es posible para
quien ha recorrido el camino de los problemas
de la persona, participando plenamente en
ellos: la derrota, la soledad, la búsqueda
de la justicia y la verdad, la coherencia,
la solidaridad, la oscuridad, la alegría,
el gozo, etc.
En este sendero humano el Cristo misterioso
se hace presente e interlocutor al hilo
de los interrogantes de la vida, no como
aquel que nos desvela sentido de todas nuestras
preguntas, sino quien, habiendo aceptado
entrar en el proyecto de Dios, es el primogénito
de la humanidad nueva por haber bebido el
cáliz desde dentro. Es esa presencia
cercana e invisible que nos fortalece personal
y comunitariamente.
La
lectura del evangelio de hoy la hemos comentado
el domingo de resurrección, porque
aparecía también con posible
texto. No obstante conviene recordar que
unifica los textos litúrgicos de
hoy porque Cristo resucitado disipa las
tinieblas de nuestro caminar y “trasforma”
muchas actitudes de esa parte de nuestro
corazón, “la incrédula”.
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Hch 2,
14a. 22 - 33
Se trata del segundo discurso de Pedro
(Hech 1,16-22: es el primero), uno de
los cinco grandes discursos misioneros
dirigidos a los judíos. Lucas sigue
el procedimiento de la historiografía
antigua: mediante la inserción
de discursos ofrece al lector el significado
de un evento narrado, más que informarlo
sobre aquello que realmente ha sido dicho.
No estamos, pues, ante el discurso que
históricamente ha pronunciado Pedro
en Jerusalén el día de Pentecostés,
sino que leemos las palabras que Lucas
dirige a los lectores del libro. El discurso
de Pedro no nos ofrece la visión
de fe, la teología del apóstol,
sino que en gran parte la visión
teológica de Lucas. En este domingo
se nos facilita, por otra, parte la parte
central de este discurso; la primera abraza
los v.14-21, y la conclusión coincide
con los v. 35-39. La parte central se
concentra sobre la vida pública
de Jesús, muerte y resurrección,
y la última en cuanto había
predicho David.
Los v. 31-33 sintetizan el pensamiento
del discurso: la fe cristiana y la existencia
misma de la iglesia se apoyan sobre el
testimonio de fe de los apóstoles,
testimonio que no se limita a la garantía
de los bruta facta (sólo los hechos),
sino que interpreta los mismos a la luz
de la fe: el discurso de Pedro es un ejemplo
concreto. La resurrección del Señor
supone la corrupción de la muerte,
y posibilita la presencia del Espíritu,
el don de su presencia en la comunidad.
Con la certeza del Jesús resucitado
la realidad adquiere dimensiones nuevas,
no basadas sólo en hechos empíricos,
sino que se introduce una luz nueva en
los mismos, posibilita por la iniciativa
del Resucitado.
Luz sobre
la vida de todos los días:
Por fortuna nuestros senderos diarios
no están minados de objetos peligrosos,
pero sí que encontramos lazos que
no nos dejan caminar con entusiasmo; nos
referimos a tantas y tantas situaciones
ambiguas, que nos quitan la serenidad,
atormentan y aturden. Quizás no
nos lleven a la tumba, pero sí
que pueden crearnos un desánimo
tal que nos quitan la alegría y
el optimismo. Dicho con las palabras del
discurso de Pedro, nos ayudan a conocer
el “sufrir la corrupción”,
referido a Jesús muerto. Para el
cristiano la oscuridad o, mejor, la derrota
no existen, sino que el Señor resucitado
nos saca de la “garras del abismo”,
es decir, nos dona una entereza tal ante
los acontecimientos de nuestra vida diaria,
ya que sin El fácilmente caminaríamos
tristes.
Sal 15,
1-2. 7-11
Salmo de confianza en Dios, que se compone
de dos secciones: 1-6, la confesión
de fe, y v.7-11, confianza alegre en Dios.
Tal como se puede apreciar la liturgia
de este domingo considera sólo
la segunda parte, para comentar el significado
de la lectura de Hechos. Este Sal canta
la vida desde Dios, y no desde las comprobaciones
amargas que frecuentemente el sucederse
de los días ofrece.
Los v.7-11 están embargados de
una alegría exuberante, porque
el orante tiene la certeza que, incluso
de noche, recibe la luz divina, que lo
instruye. La alegría y la seguridad
son inmensas e invaden totalmente al pío
creyente: corazón, entrañas,
es decir, todo el ser. Está convencido
que Dios no le dejará “conocer
la fosa”, es decir, cortar la referencia
a Dios, creador de alegría y serenidad
en nuestra vida.
Este sal ha recibido una lectura mesiánica,
como se puede apreciar por su utilización
en el NT, aunque originariamente se refiere
a la vida mortal, vivida por largos años
en comunión con Dios. En el NT
Cristo, sentado a la derecha de Dios,
canaliza todos los deseos del salmista,
que, como puede observarse, consisten
en el gozo, la serenidad, alegría
constante, en no aturdirse ante las vacilaciones,
y sensatez en el sendero de la vida.
Vida con
o sin Dios:
Las sendas de la vida ofrecen momentos
para poder discernir. En tantas circunstancias
podemos caminar sin preguntarnos el sentido
de nuestros afanes; dejados sólo
a nosotros mismos podemos experimentar
perplejidades, que quizás no analicemos
y aplacemos para circunstancias puntuales.
El Sal confirma que Dios puede armonizar
nuestra vida, “nos enseña
la senda de la vida”, es decir,
la cordura de nuestro vivir, desalojando
vacías ilusiones.
1Ped 1,
17-21
Pertenece este texto a una sección
exhortativa de la carta, donde se hace
reflexionar a estos cristianos que vivían
minoría en medio de un hostil,
pero amados por Dios, y prueba de ello
es que Cristo he entregado su vida, “su
preciosa sangre”, por ellos. Dicho
con palabras más directas: han
sido destinatarios del amor divino de
una manera real, como muestra la generosidad
mostrada por Cristo. Sin embargo, no conviene
olvidar el fondo de este texto: la esperanza
cristiana, el paso de una vida sin sentido
y hueca a una existencia integrada en
el amor de Dios.
Texto para
disipar dudas ante la vida: A
veces hay ciertas heridas que no cicatrizan,
o es difícil encontrar el remedio
propicio. No sirven tampoco el oro y la
plata, es decir, el estar rodeados de
apoyos sólo externos. El apóstol
recuerda que la presencia “adecuada”
de Cristo nos cura y crea en nosotros
nuevos ánimos.
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