| El
domingo pasado, invitados por la palabra
divina, hemos comenzado a preguntarnos:
¿Quién es Jesús? El
Bautista nos lo sugería al confesar
a Cristo como el Cordero de Dios que quita
el pecado del mundo. Hoy el ev. de Mt nos
facilita otra respuesta: Jesús es
la luz de mundo. Pero dejemos que la palabra
del Señor nos hable.
Is
9, 1-4:
Esta lectura se halla insertada
en el libro del Emmanuel, termina concretamente
en 9,6. Recordemos que el comienzo coincide
con Is 6,1, pero es posible que se antepusiera
la unidad 5,25-30, donde se narra cuanto
sucedió con la invasión asiria,
contrastando de esta manera con 9,1-6, donde
se proclama a rienda suelta que esta amenaza
ha pasado debido al nacimiento y la entronización
del futuro rey. Estamos, no lo olvidemos,
en el libro del Emmanuel. La amenaza asiria
será frenada por Dios. La presencia
del Emmanuel significa la derrota de los
enemigos para establecer el derecho y la
justicia de Dios. Este texto nos sitúa
en la época de Josías, cuando
el peligro asirio había desaparecido,
y suponía la estabilidad de la dinastía
de David. El poeta parece referirse a las
primeras incursiones asirias en la región
de Galilea, la zona norte, país de
Zabulón y Neftalí. Fue el
primer paso para humillar a Israel, y así
vivieron muchos años, caminando en
tinieblas y habitando en sombras, es decir,
una vida sin esperanza, inerme. Pero de
improviso Dios cambia: brilla una luz que
lo inunda todo de alegría, semejante
a la que se experimenta cuando llega la
siega o se reparte el botín. La “vara”,
“el bastón”, y “el
yugo” desvelan la humillación
y la angustia del pasado. El quebrar esta
situación supone reducir a astillas
la opresión, que históricamente
se verifica con el acceso al trono de Josías,
que se celebra con entusiasmo (2 Re 22,1).
La última palabra del libro Emmanuel
nos recuerda el derecho y la justicia. Dios
va realizando sus planes paso a paso y a
su estilo, y ahora se sirve del rey Josías,
que encarna la dinastía davídica
y las promesas del Emmanuel. El mejor comentario
de este fragmento lo encontramos citado
hoy, donde se describe la gran actividad
del Rabí de Nazaret por aquellas
regiones de la alta Galilea, liberando las
almas de las tinieblas: Mt 4,13s, ev. de
hoy.
Vertiente
cristiana:
La presencia de Dios ayuda a ver los acontecimientos
cotidianos y sociales con ojos distintos.
Las planificaciones humanas a veces adolecen
de miras mezquinas o muy a la medida de
nuestras sensibilidades. Dios es el horizonte
que ofrece lucidez para juzgar los acontecimientos
humanos que pueden producir tristeza, oscuridad
o desánimo. Dios, no obstante todo,
camina en medio de nosotros y nos ayuda
a sopesar el curso de nuestras situaciones.
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Sal 26,
1-4. 13-14:
Este Sal se compone de dos partes: v.1-6,
es un himno de confianza plena en Dios,
los v. 7-14 describen una plegaria de
lamentación de un orante que atraviesa
dificultades. Se trata de dos poesías
distintas. Es un Sal cercano al Sal 23,
que evidencia una profesión de
Dios con expresiones de intrépida
confianza en El, y hace mirar al creyente
con serenidad hacia el futuro y con imperturbable
terquedad ante los desconciertos y congojas.
No se trata de la fuerza exuberante de
una juventud desenfada, sino expresa la
fuerza de la fe de una persona madura
probada las pruebas, la cual hace las
cuentas con la realidad de la vida, no
sólo sin perder el coraje, sino
capaz de “levantar la cabeza”,
con mayor confianza, reforzada interiormente
y confirmada en el empuje de una fe alegremente
esperanzadora. La fe es la fuerza que
hace capaz al creyente de soportar a veces
la tensión entre la miseria del
presente y la apertura a liberación
de nuestras madejas de turbaciones.
Perfil
cristiano: El
orante revela dos estados de ánimo:
está sereno y tranquilo ante las
personas enredadoras y retorcidas, que
le causan desasosiego (v.1-6), pero temeroso
y suplicante ante Dios. Como los Sal 23
y 27, el Sal de hoy nos ayuda descubrir
una confianza triunfal en Dios, porque
en el culto y en la liturgia podemos contemplar
la bondad y la ternura de Dios hacia nosotros
en momentos de turbación y confusión
personal, que nos afectan directa o indirectamente.
En efecto, el templo es el ámbito
en el cual se envuelve todo el drama y
tensión humana en dos actitudes
fundamentales: la confianza alegre y la
súplica a Dios. La felicidad de
los creyentes es la certeza de la fe,
tal como desvela la antífona final
del Sal: “ten ánimo, espera
en el Señor”.
1Cor 1,
10-13.17:
Continuamos con la lectura
de 1 Cor. Pablo sabe que la comunidad
está dividida en pequeños
grupos, los cuales remiten al misionero
que les ha anunciado la fe: Pablo, Apolo,
Pedro, etc. El apóstol llama enérgicamente
a la unidad de la iglesia de esta ciudad.
Cristo, crucificado por todos, es el único
fundamento. Lo importante es el mensaje,
no el vehículo por medio del cual
se nos ha trasmitido.
La lectura
de hoy
es una llamada de atención a evitar
los personalismos de los mensajeros de
la fe. Hay que saber desligar el contenido
de la fe del ropaje de los modos de los
predicadores. Lo decisivo que su palabra
nos lleve a descubrir la palabra divina.
Mt 4, 12-23:
Son las primeras actividades
de Jesús en Galilea, que no alude
a las de Judea (Jn 3). De esta manera
Mt presenta a Jesús en tierras
de los gentiles, dentro de la valoración
que los judíos hacían de
esta región. La lectura de hoy
presenta dos bloques: la primera predicación
de Jesús y los relatos de las primeras
llamadas de los discípulos. Aquí
se puede apreciar que el ev. junta dos
relatos de vocación, con el mismo
esquema: Jesús llama, seguimiento
para compartir su vida, misión
y renuncia. Finalmente el v.23 sintetiza
la actividad de Jesús en Galilea
con un sumario sobre la misma.
La llamada de los primeros discípulos,
prototipos de aquellos que escuchan la
palabra de Dios, el núcleo germinal
de la comunidad mesiánica, es muy
semejante a las vocaciones proféticas
en el AT. De hecho, Dios mismo es quien
los elige para constituirlos sus heraldos,
aunque ahora lo realiza por medio de su
enviado, Jesucristo, su profeta definitivo
y último. Es Jesús los llama,
llama a quien quiere y cuando menos se
lo piensa y lo espera, estando en sus
tareas cotidianas y preocupaciones de
trabajo, e invita a participar de un modo
más directo en sus intenciones
y planes en nombre de Dios.
Llamada
cristiana:
Cada uno de nosotros somos invitados por
Dios en Cristo en cualquier momento de
nuestra vida a acoger el mensaje de Dios
en nuestra vida, lo cual conlleva una
mayor referencia a Dios. Este horizonte
nos ilumina y nos abre nuevas posibilidades
aquí y ahora. La vocación
es una vivencia humana, enriquecida por
la fe.
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