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Pregσn de Cuaresma-2008
(Fr. Marcos Rincσn)
Ex
17, 3-7
El tema del agua estaba
muy unido a los acontecimientos de Israel
en el desierto. A pesar de haber vivido
el paso del mar Rojo el pueblo empieza desconfiar
de Dios, y lo verbaliza en las murmuraciones:
Ex 15,24; 16,2, ya sea porque el agua era
amarga, o no tenían qué comer,
pero Dios los sacia, enviándoles
cordonices y maná. En el pasaje de
hoy nuevamente Moisés tiene que sufrir
la agresividad popular por la falta de agua,
y Dios dona a su vez el agua, una agua siempre
disponible, sin que haya necesidad de medios
para sacarla; ésta coincide con la
intencionalidad de fondo del autor. La imagen
de la roca es suggestiva, pues es compara
con Dios mismo en Núm 20,1-13; Dt
8,15; Sab 11,4; Is 48,2. La sed evoca la
idea de insatisfacción, la necesidad
de cualquier cosa. Dios atiende la “murmuración”,
ya que quiere que la humanidad se de cuenta
de la necesidad de su palabra eficaz. Las
murmuraciones en el desierto subrayan este
perfil: Israel depende de Dios, y sólo
El le puede ayudar y lo hace con magnanimidad.
Desde el punto de vista literario en Ex
17 nos hallamos ante un enfoque yahvista,
que retoma la perspectiva del cap. 15, pero
por cuanto que concierne a Ex 17,1-7 encierra
la versión elogista, la cual hoy
nos ofrece también sus categorías
teológicas con las insercciones del
bastón, el monte Horeb y los ancianos,
mezcladas con el tema de probar a Dios,
de cuño yahvista. Tentar a Dios significa
en palabras breves desconfiar de su cercanía
hacia su pueblo.
Vertiente
cristiana:
En este tiempo de Cuaresma el cristiano
puede saciar su sed en los sacramentos.
Dios nos responde ofreciéndonos el
itinerario de un conocimiento de nosotros
mismos por medio de su palabra, vivida y
aceptada con fe en los sacramentos, la reconciliación
y la Eucaristía. Ante tantas murmuraciones
y quejas de que Dios no nos da razón,
El se acerca a nosotros por medio de Cristo
para curar nuestras ambiguedades, precipitaciones
o miedos ante la vida de cada día,
que tantas veces no responde a nuestros
deseos descordinados.
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Sal 94,
1-2. 6-9
Es un Sal lleno de exhortaciones a vivir
con autencidad el tiempo de la oración;
precisamente en el v. 1 es invocado como
“roca de nuestra salvación”,
evocando el agua de Ex 17, 8-9, pero el
commentario pleno los hallamos en los
v.8-9. Es una llamada a la obediencia
en la fe, es decir, a la escucha de la
palabra divina, aceptándola con
un corazón puro, libre y disponible,
porque el verdadero culto a Dios coincide
con estas disposiciones. El recuerdo de
Meribá y Masá advierten
a no dejarse llevar por la insensatez
de querer probar a Dios, es decir, desconfiar
de El. La palabra divina, aceptada, se
convierte en una vida de alianza y de
paz con Dios y con uno mismo.
El Sal. 94 abarca dos partes bien diferenciadas:
la primera es un canto procesional de
entrada en el templo (v.1-7a), y la segunda
un oráculo divino (v.7b-11). En
la primera predomina un aire festivo,
donde se alaba a Dios porque es la roca
que nos salva, es decir, nos da estabilidad
y seguridad. A la cercanía divina
debe corresponder el pueblo con la fidelidad,
que hoy cristaliza en el “escuchar”
la palabra divina, posibilitando la fidelidad
y la obediencia a Dios La segunda parte
recuerda la severa amonestación
a no ser rebeldes ante Dios, como sucedió
en el desierto. Se está sugiriendo
que la permanencia de Dios “hoy”
está condicionada a nuestras actitudes
ante El.
Lectura
cristiana: La
vivencia de la fe posibilita un camino
de fidelidad y de obediencia al Señor;
una vida apoyada en la fe facilita una
comprensión de Dios y de nosotros
mismos, de lo contrario nos podemos ver
rodeamos de sobresaltos o poseídos
por obcecaciones, que fácilmente
nos lleva a respirar un aire enrarecido
e intoxicante, es decir, experimentar
que la vida es un vaivén angustioso
y un caminar amargo.
Rm 5, 1-2.
5-8
Nos hallamos nuevamente ante un texto
cumbre del pensamento paolino, es decir,
una consideración sobre la justificación
por medio de la fe. Pablo subraya que
el amor de Dios funda la esperanza; en
otras palabras, el paradójico amor
de Dios Padre y de su Hijo, Jesucisto,
escapa a la lógica humana normal,
en cuanto que pertenece a la dinámica
de la Pascua, que encierra en sí
el dolor de la cruz y la fiesta gozosa
de la resurrección, el sufrimiento
del rechazo y la alegría de la
reconciliación. Dios, Padre, es
magnánimo con nosotros, creyentes
en Cristo.
Jn
4, 5-42
El tercer domingo de Cuaresma del año
A inicia un pequeño ciclo, llamado
“Cuaresma catecumenal”, ya
que se leen las páginas del ev.
de Jn sobre las cuales se basaba tradicionalmente
las catequesis dirigidas aquellos que
debían recibir los sacramentos
de iniciación en la vigilia pascual.
La página de la samaritana (Jn
4), donde junto a Jesús, se convierte
en anunciadora de la palabra del mismo.
El agua aquí se convierte en un
elemento simbólico fundamental.
El cuarto evangelista sabe que con este
diálogo se ilustra que Cristo es
el agua capaz de saciar la sed definitivamente.
Los hombres de hoy, como otros de tiempos
anteriores, tienen sed.
En el encuentro entre Jesús y
la samaritana refleja el largo camino
del pueblo ebreo y de la humanidad, es
decir, el deseo y la fatiga, la fe y la
incredulidad, que envuelven el peregrinar
por la vida.
Enfoque
cristiano: En
el encuentro con la samaritana Jesús
revela su sed. En esta sed, Dios se hace
hombre, desciende y acoge nuestras alteridades
sin amenazas y miedos, releyéndolas
como don, riqueza, ocasión de encuentro
y de amor. Sintetiza la sed del pueblo
elegido, Israel, abandonado y casi desesperado
en el deserto; es la sed de la acogida
de Dios y de su amor. La conversión
es una confrontación con la cercanía
divina que supera nuestras miserias e
inconsistencias. Jesús, revelador
del Padre, ilumina nuestro camino de fe,
indicándonos el modo, dispuesto
a dialogar con cada uno de nosotros, para
ayudarnos a encontrar la verdadera respuesta
a nuestros interrogantes. De este modo
nuestra existencia, vivida en la acogida
de Jesús, será un testimonio
trasparente del amor de Dios, que sólo
es posible si lo acogemos como don.
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