Vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario

La liturgia de este domingo nos presenta la imagen del Reino de los cielos como un banquete de bodas, en el que reina la alegría, como lo indica también la lectura de Is que celebra la intervención de Señor y la invitación a todos los pueblos. El banquete de bodas es una imagen para hablar del amor universal de Dios, ahora más evidente cuando el esposo, el Mesías, está presente e invita personalmente. La eucaristía que celebramos es también un banquete al que estamos invitados, para escuchar su Palabra que nos instruye, para recibir su cuerpo que nos alimenta. Es un banquete preparado por Dios para todos, incluidos los que no responden o no quieren ir y ofrecen excusas inaceptables, más aun, los que nos se preocupan de prepararse y ser dignos de la invitación.

Los invitados al banquete de bodas no han querido ir, y la sala debe llenarse con otros buenos y malos -. El contexto polémico del evangelio no se refiere solo a los jefes del pueblo de Israel que han rechazado a Jesús y no le han reconocido como el esposo enviado por Dios, perdiendo la ocasión de su vida, participar en el banquete del reino de los cielos; el banquete mesiánico se celebra de todos modos y entran otros invitados, los que forman la comunidad cristiana en a que hay buenos y malos – santos y pecadores – que camina hacia el banquete y la fiesta definitivos, con la exigencia de tener que llevar el vestido adecuado, ya que la posibilidad de ser excluidos es real (aunque sólo uno de los invitados es mandado fuera).

Leccionario I, pág. 267. Is 25,6-10a. El Señor preparará un festín y enjugará las lágrimas de todos los rostros. Sal 22: Habitaré en la casa del Señor, por años sin término. Flp 4,12-14.19-20. Todo lo puedo en aquel que me conforta. Mt 22,1-14. A todos los que encontréis, convidadlos a la boda.

Relación entre historia y escatología; presente y futuro y compromiso humano y la gracia divina son los temas que se entremezclan hoy. El banquete nupcial es una imagen bíblica que resalta el carácter gratuito y misterioso del amor de Dios a su pueblo. El banquete nupcial no expresa sólo la esperanza humana en un futuro de gozo y de salvación para todos (1 Lect.), sino que se convierte también en un juicio por no aceptar la invitación (Ev.). El creyente, a imitación de Pablo, lo puede todo en Aquel que le conforta (2 Lect.).

Para la Iglesia de hoy, para nosotros los creyentes y seguidores de Jesucristo, es difícil presentar ante nuestra sociedad la invitación de Dios Padre al banquete de las bodas de su de su Hijo. La pregunta que nos podemos hacer es si nuestra humanidad – nuestras comunidades cristianas - atareada en su búsqueda del pan de cada día, de los problemas del trabajo, de la hipoteca, de los hijos y su educación, de la salud, puede estar interesada en una invitación semejante a un banquete de bodas. Cuando predicamos del amor de Dios y de la fiesta que nos ofrece, nuestras palabras son expresión de la vida de cada día o parecen como si fueran de extraterrestres; si hacemos con convicción el anuncio del evangelio, la invitación a creer en Jesucristo, a poner a Dios como fundamento de la vida. Habrá quien rechace la invitación, los que hacen el anuncio de al invitación serán maltratados e incluso muertos, y no obstante seguirá siendo necesario invitar a todos a tomarse en serio la vida, la propia humanidad, el sentido que tiene y el valor que le damos y con qué la alimentamos. La invitación de Cristo se refiere a una humanidad mejor, nueva, resucitada, que nos permite saber de dónde venimos y a dónde vamos, cuál es la dignidad de cada ser humano, porque entonces adquiere un valor grande lo que somos, lo que hacemos, le trabajo que desempeñamos, la familia que formo y la comunidad cristiana que me acoge y me ofrece sentido. Es una buena ocasión para reflexionar, por ejemplo sobre los Derechos humanos, que hace sesenta años era aprobada solemnemente por la ONU.

¿Es un sueño, una utopía hablar de fiesta cuando la realidad es tan desproporcionadamente dura? ¿O es un proyecto que se realiza poco a poco gracias a tantas personas que viven en paz y son fieles servidores del Dios de la paz y de la vida? Los bienes que Dios concede son los que entran a formar parte del banquete, a comenzar desde el hambre y sed reales, de pan y agua, es decir, de las necesidades materiales esenciales garantizadas para todos. Seguirán la sed de conocer, de saber, de ser instruidos y formados adecuadamente, el pan de la cultura que nos ayuda a descubrir y valorar la naturaleza humana compartida por todos, por lo tanto la apertura al respeto y a la solidaridad. La vida en toda su variedad y riqueza, que se ve amenazada por la muerte, como sabemos, pero también por la indignidad, las condiciones deplorables de pobreza, enfermedad o violencia. Estos bienes son los que Dios quiere ofrecer a todos y no solo como meros invitados pasivos, sino como los que se disponen a contribuir al bien de los hermanos, sin refugiarse en sus intereses. En el banquete del reino de Dios no podemos sentarnos tranquilamente a la mesa mientras sepamos que algunos de nuestros hermanos están necesitados o sufren cualquier desgracia material o espiritual.

Nuestra oración de hoy pide por la Iglesia que anuncia el evangelio y o vive en medio del mundo, para que ofrezca la invitación al banquete de la Palabra y del pan de la eucaristía, pero también de la humanidad renovada en Cristo. Por los que sufren y son víctimas de tanta violencia para que encuentren una mano que los sostenga con amor y generosidad.

HOJAS LITÚRGICAS de

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