| La
liturgia de este domingo nos presenta la
imagen del Reino de los cielos como un banquete
de bodas, en el que reina la alegría,
como lo indica también la lectura
de Is que celebra la intervención
de Señor y la invitación a
todos los pueblos. El banquete de bodas
es una imagen para hablar del amor universal
de Dios, ahora más evidente cuando
el esposo, el Mesías, está
presente e invita personalmente. La eucaristía
que celebramos es también un banquete
al que estamos invitados, para escuchar
su Palabra que nos instruye, para recibir
su cuerpo que nos alimenta. Es un banquete
preparado por Dios para todos, incluidos
los que no responden o no quieren ir y ofrecen
excusas inaceptables, más aun, los
que nos se preocupan de prepararse y ser
dignos de la invitación.
Los invitados al banquete
de bodas no han querido ir, y la sala debe
llenarse con otros buenos y malos -. El
contexto polémico del evangelio no
se refiere solo a los jefes del pueblo de
Israel que han rechazado a Jesús
y no le han reconocido como el esposo enviado
por Dios, perdiendo la ocasión de
su vida, participar en el banquete del reino
de los cielos; el banquete mesiánico
se celebra de todos modos y entran otros
invitados, los que forman la comunidad cristiana
en a que hay buenos y malos – santos
y pecadores – que camina hacia el
banquete y la fiesta definitivos, con la
exigencia de tener que llevar el vestido
adecuado, ya que la posibilidad de ser excluidos
es real (aunque sólo uno de los invitados
es mandado fuera). |
Leccionario
I, pág. 267.
Is 25,6-10a. El
Señor preparará un festín
y enjugará las lágrimas
de todos los rostros. Sal
22: Habitaré
en la casa del Señor, por años
sin término. Flp 4,12-14.19-20.
Todo lo puedo
en aquel que me conforta.
Mt 22,1-14. A
todos los que encontréis, convidadlos
a la boda.
Relación
entre historia y escatología; presente
y futuro y compromiso humano y la gracia
divina son los temas que se entremezclan
hoy. El banquete nupcial es una imagen
bíblica que resalta el carácter
gratuito y misterioso del amor de Dios
a su pueblo. El banquete nupcial no expresa
sólo la esperanza humana en un
futuro de gozo y de salvación para
todos (1 Lect.), sino que se convierte
también en un juicio por no aceptar
la invitación (Ev.). El creyente,
a imitación de Pablo, lo puede
todo en Aquel que le conforta (2 Lect.).
Para la Iglesia de hoy, para nosotros
los creyentes y seguidores de Jesucristo,
es difícil presentar ante nuestra
sociedad la invitación de Dios
Padre al banquete de las bodas de su de
su Hijo. La pregunta que nos podemos hacer
es si nuestra humanidad – nuestras
comunidades cristianas - atareada en su
búsqueda del pan de cada día,
de los problemas del trabajo, de la hipoteca,
de los hijos y su educación, de
la salud, puede estar interesada en una
invitación semejante a un banquete
de bodas. Cuando predicamos del amor de
Dios y de la fiesta que nos ofrece, nuestras
palabras son expresión de la vida
de cada día o parecen como si fueran
de extraterrestres; si hacemos con convicción
el anuncio del evangelio, la invitación
a creer en Jesucristo, a poner a Dios
como fundamento de la vida. Habrá
quien rechace la invitación, los
que hacen el anuncio de al invitación
serán maltratados e incluso muertos,
y no obstante seguirá siendo necesario
invitar a todos a tomarse en serio la
vida, la propia humanidad, el sentido
que tiene y el valor que le damos y con
qué la alimentamos. La invitación
de Cristo se refiere a una humanidad mejor,
nueva, resucitada, que nos permite saber
de dónde venimos y a dónde
vamos, cuál es la dignidad de cada
ser humano, porque entonces adquiere un
valor grande lo que somos, lo que hacemos,
le trabajo que desempeñamos, la
familia que formo y la comunidad cristiana
que me acoge y me ofrece sentido. Es una
buena ocasión para reflexionar,
por ejemplo sobre los Derechos humanos,
que hace sesenta años era aprobada
solemnemente por la ONU.
¿Es un sueño, una utopía
hablar de fiesta cuando la realidad es
tan desproporcionadamente dura? ¿O
es un proyecto que se realiza poco a poco
gracias a tantas personas que viven en
paz y son fieles servidores del Dios de
la paz y de la vida? Los bienes que Dios
concede son los que entran a formar parte
del banquete, a comenzar desde el hambre
y sed reales, de pan y agua, es decir,
de las necesidades materiales esenciales
garantizadas para todos. Seguirán
la sed de conocer, de saber, de ser instruidos
y formados adecuadamente, el pan de la
cultura que nos ayuda a descubrir y valorar
la naturaleza humana compartida por todos,
por lo tanto la apertura al respeto y
a la solidaridad. La vida en toda su variedad
y riqueza, que se ve amenazada por la
muerte, como sabemos, pero también
por la indignidad, las condiciones deplorables
de pobreza, enfermedad o violencia. Estos
bienes son los que Dios quiere ofrecer
a todos y no solo como meros invitados
pasivos, sino como los que se disponen
a contribuir al bien de los hermanos,
sin refugiarse en sus intereses. En el
banquete del reino de Dios no podemos
sentarnos tranquilamente a la mesa mientras
sepamos que algunos de nuestros hermanos
están necesitados o sufren cualquier
desgracia material o espiritual.
Nuestra oración de hoy pide por
la Iglesia que anuncia el evangelio y
o vive en medio del mundo, para que ofrezca
la invitación al banquete de la
Palabra y del pan de la eucaristía,
pero también de la humanidad renovada
en Cristo. Por los que sufren y son víctimas
de tanta violencia para que encuentren
una mano que los sostenga con amor y generosidad.
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