Vigésimo octavo domingo del tiempo ordinario

Is 25, 6-10a:

El texto pertenece al llamado “apocalipsis” de Isaías, que ha sido insertado secundariamente en el libro, y, por su parte, la lectura de hoy ha sido objeto de añadiduras, y suele ser desglosado en dos partes: v. 6-8, y 9-12. El mensaje insiste en el triunfo de los humildes; se celebra la victoria de éstos por la fidelidad a Dios sobre el orgullo de gentes con poder. Redaccionalmente el apocalipsis ha sufrido algunas elaboraciones entre el 500 y 400, reflejando variadas intencionalidades.

En esta época postexílica Dios se vuelca en agraciar a Jerusalén, ciudad de su presencia, pero esta vez para alejar los signos de duelo, lágrimas, muerte, congojas, disolver la idolatría, y dar rienda suelta a la alegría, simbolizada por la imagen de un festín con vinos de solera y manjares enjundiosos. Dios abre un horizonte mesiánico para todos los pueblos que se abren a su esfera, es decir, se fían de Dios. Este texto nos recuerda que la última palabra sobre la historia humana la pronuncia Dios, y no pertenece a la arrogancia y autosuficiencia humana. La medida de los acontecimientos se encuentra la sabiduría divina.

Ánimo vital: A veces se puede pensar que la historia es una sucesión mecánica de sucesos sin sentido, o un camino ciego hacia un progreso puramente material, donde tantas situaciones triunfa el descarado y descreído, se amasan riquezas cometiendo injusticias y pisoteando la dignidad de la persona que confía en Dios, y ésta lo tiene como referencia de su vida, aunque momentáneamente sepa mucho de dolor y lágrimas. Tal tesitura no cae en saco roto, y al final Dios sale en su defensa, rodeándolo de alegría y vinos generosos, es decir, de amor a medida divina y ¡no humana! ¡Gran maravilla toca ver a quien se refugia en Dios!

 

 

 

 

Sal 22, 1-6:

Es un salmo clásico y muy presente en la oración cristiana. Pertenece al género de los cánticos de confianza, que celebra el abandono sereno y pleno en las manos de Dios. Dicho con otras palabras, la existencia entera se confía a Dios. Este salmo ofrece estructuralmente un díptico, desglosado en dos escenas paralelas: las pastoril (v. 1-4) y la doméstica del banquete (v. 5-6).

El orante hace suya la imagen del buen pastor, es decir, Dios que guía y protege a quien se fía de Él. La sugestiva imagen de “cañadas oscuras” puede significar el desvanecerse la esperanza, y el adentrarse en las oscuridades de la vida, que a veces se puede convertir en noche oscura. En estos momentos el creyente se aferra a la confianza en Dios pera superar las dificultades. La seguridad y la firmeza están representadas en el salmo por el bastón y cayado del pastor.

Lectura cristiana: La oscuridad del valle, el desánimo, la desgana, la desilusión pueden adueñarse del ánimo del creyente, y posiblemente no llegue a vislumbrar la meta. La imagen del buen pastor evoca escenas del NT, donde Cristo es descrito como quien nos rodea de certezas de vida, y es precisamente en los sacramentos, donde podemos descubrir esa presencia cercanía divina a cada uno de nosotros; en definitiva, nos hace comprender que su “amor y bondad nos acompañan siempre todos los días de mi vida”. Es la maravilla de vernos rodeados de este Dios que enjuga nuestras lágrimas de nuestros rostros y nos colma de alegría, aquí y ahora.

Fil 4, 12-14. 19-20:

Este contenido tiene una autonomía propia, y constituye una sección (4,10-20) que se separa del resto, donde Pablo agradece a la comunidad su ayuda financiera en momentos de tribulación, repercutiendo también sobre los filipenses. La acción de gracias se convierte en una enseñanza, y las relaciones humanas se adornan con un sentido cristiano. La terminología deriva del lenguaje comercial y del ámbito de los negocios. Pero aquello que sorprende es el paso hacia el plano de la predicación. El apóstol sabe moverse en la esfera profana, pero sin quedar encerrado en ella, iluminándola con las palabras de la fe.

Mt 22, 1-14:

La liturgia ofrece una nueva parábola, es la tercera parábola de “ruptura”, que con las dos precedentes constituye una predicción del castigo de Israel por haber rechazado la invitación a las bodas mesiánicas, es decir, no aceptar a Cristo. Frente a la apertura universal de la primera lectura se contempla ahora una cerrazón frente a la persona de Cristo. Lc la coloca en un ámbito diferente, quizás más cercano al original. Posiblemente la pronunció Jesús durante una comida con los publicanos y pecadores. A las críticas adversas de los fariseos respondió con una parábola. Mt la elabora para adaptarla al contexto de conflicto entre la sinagoga y la comunidad cristiana.

Aquí nos encontramos ante un rey espléndido, que expresa la gratuidad del reino con sus invitaciones, primero a los judíos, después a los apóstoles, y finalmente a los paganos (v.1-10). La segunda parte (v.11-14) supone otra composición, añadida por Mt con finalidad parenética.

Mateo reitera con frecuencia que la comunidad mixta, judíos y paganos, está compuesta de buenos y malos, y que el juicio será al final de los tiempos. El evangelista exhorta a los cristianos que no basta sólo pertenecer a la iglesia para alcanzar el reino de los cielos, sino que el cristiano debe comprometerse para entrar en el reino de Dios. Los buenos frutos se expresan sobre todo en la obras y en socorrer al prójimo (Mt 25). El veredicto final evoca el discurso de la montaña sobre la puerta estrecha (7,13s). No se trata de una valoración numérica, sino de una llamada de atención al vivir tranquilo de los cristianos en la comunidad. No basta el traje de fiesta, sino que es necesario vivir como hijos de Dios con un corazón nuevo. San Agustín comentando la parábola escribía que el hábito nupcial es la caridad, y San Gregorio Magno lo definía como un tener la fe con amor.

La liturgia de hoy describe la actitud de fondo Dios hacia la humanidad, es decir, un encuentro con dimensiones de alegría y gozo. Esta es la actitud originaria de Dios, como se aprecia en el texto profético y en el Sal 22, pero el corazón del hombre no siempre es abierto, sino que aparece el rechazo, que amarga a Dios, y surge la incoherencia entre fe y vida. El hombre, creyente o no, puede optar por emprender caminos según la medida humana, produciendo una sociedad enrarecida, donde los “vestidos” o “trajes” reflejan un poderío ajeno a Dios. El traje que verdadera cae bien es aquel de la caridad, porque produce sonrisa y magia en las relaciones humanas. ¡Estrenémoslo todos los días!

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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