Vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario

Is 5, 1-7:

Hoy la lectura profética nos proporciona un canto popular para definir las actitudes de Dios hacia su pueblo, una lectura un tanto amena frente a otras muchas de este profeta con tintes de lejanía cultural para nuestros criterios. Es una síntesis de la historia de la salvación, la dinámica entre la misericordia amorosa de Dios y la rebeldía constante del hombre, que se escenifica en este canto a la viña. Este texto se suele considerar un pleito entre Dios y su pueblo, pero enmarcado en el ámbito de la alianza y teñido de influencias de la teología deuteronomística. Posee paralelos con otros libros del AT, ha servido para relecturas posteriores, donde se insiste en la experiencia de la ruptura de la alianza, y la confianza en Dios es puesta a dura prueba. Se piensa que este canto de la viña haya surgido en medios deuteronomísticos del tiempo de la deportación, y el vocabulario poco deuteronomístico se explica por el lenguaje de la viticultura y la adaptación de materiales más antiguos. No obstante, las dificultades en cuanto a su autenticidad a nivel terminológico se refiere, el mensaje encaja con el primer periodo de la predicación del primer Is.

Vertiente cristiana: Una de las actitudes de base que desvela el Dios de la alianza es la gratuidad, es decir, Dios nos sitúa en una tesitura de amor, y se mantendrá leal a esta decisión, pero comprobará que el corazón del hombre es falso. No obstante, Dios se mantiene fiel, y desea un reconocimiento de su presencia, que ilustramos con unas palabras de la encíclica “Dios es amor” del Papa Benedicto XVI: “El reconocimiento del Dios viviente es la vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado; se trasforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo”.

 

 

 

 

Sal 79,9.12-16.19-20:

El cántico de la viña y del pastor. El sal manifiesta una gran armonía y ofrece principalmente una meditación simbólica sobre la vocación, historia y destino de Israel. El tema que unifica la meditación del salmista es el simbolismo de la viña, además de la atmósfera tensa que contempla con asombro las ruinas humeantes de la obra de Dios. A las ilusiones de la alianza se opone la realidad cruda de los hechos, que desvelan una historia de infidelidad ante Dios por parte su pueblo.

Aunque hoy por razones de armonía con la lectura anterior se destaca el simbolismo de la viña, el sal posee también el aspecto de Dios como pastor. Este insiste en presentar a Dios como guía, rey y compañero de viaje. Tal simbolismo se asocia frecuentemente con la metáfora de la luz y el rostro, una evidente referencia al arca y su función teofánica. El segundo simbolismo es la imagen de la viña. El orante enfatiza no tanto los frutos que el dueño esperaba, cuanto que se ha convertido en un campo sin padrón, sus cercas han sido destruidas, y ya nadie la custodia. Pero el eje que coordina el sal gira en torno al movimiento interior, que pasa del desconcierto a la esperanza, pues Dios es invitado a suspender su silencio misterioso antes que la viña sea destruida. El sal puede ser una súplica constante de Israel por todas las épocas rebeldes de su historia, más allá de las precisas coordinadas de su génesis efectiva.

Enfoque eclesial: El estribillo “Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” interpreta magníficamente esta súplica. El rostro de Dios en medio de la comunidad cristiana se identifica con Cristo, el Señor, resucitado, que ilumina a la iglesia en tiempos de oscuridad y desconcierto, pues de El nos viene la fuerza para superar las brechas, las rupturas de tapias, etc. Con la presencia del Jesús trasfigurado en el Tabor se ilumina la oscuridad y los planes destructivos que rodean continuamente a quien se fía de Dios en su vida diaria.

Fil 4, 6-9 :

Pertenece a las exhortaciones finales de esta carta, que contiene características fundamentales del cristiano. Pablo retoma el tema de la alegría de 3, 1, que recomendaba a sus colaboradores, y, además, refleja una constante de la carta. Junto esta exhortación el apóstol recomienda la paz, la acción de gracias, la bondad, etc. Pablo explica a la comunidad que el cristiano debe acoger los valores de estima de la cultura humana, pero al mismo tiempo les recuerda la tradición cristiana, de la cual él es un testigo fiel. Pablo invita a tener un espíritu abierto, y no sólo aquí. En las situaciones humanas loables se encuentran huellas de Dios, y Pablo mismo se ve como modelo de un espíritu abierto a cualquier atisbo de bondad.

Mt 21, 33-43:

La parábola de los viñadores homicidas expresa la condena del judaísmo oficial por la infidelidad a Dios. La referencia a los responsables de la muerte de Jesús es evidente. La parábola posee connotaciones de alegoría: es una clara alusión a la crucifixión de Jesús fuera de los muros de Jerusalén. Pero ha sido objeto de relecturas posteriores, debidas a la reflexión eclesial sobre el ministerio de Cristo, aunque el núcleo asciende al Jesús histórico. Con la parábola se denuncia la grave responsabilidad por el rechazo del enviado definitivo de Dios, como habían hecho con otros mensajeros anteriores, los profetas, igualmente rechazados, perseguidos y asesinados. Mt relee la parábola desde la catástrofe del 70 con la caída de Jerusalén, y con una visión más serena del rechazo de Cristo, donde los fariseos continúan oponiéndose al evangelio. Sin embargo, la comunidad mesiánica, el resto santo, no es una nación histórica, sino la iglesia surgida de muchas naciones y razas, donde Cristo es la piedra angular de la nueva realidad religiosa, donde se insiste en una vida de fe que produce frutos.

Vertiente eclesial: La comunidad cristiana encuentra su característica esencial en el amor, en la fidelidad al Señor. Se excluye cualquier presunción fundada sobre el hecho de ser el nuevo pueblo, cualquier confianza mágica. La fe no puede separarse de la verdad operativa. San Máximo, obispo de Turín hace 1600 años, escribía a su comunidad cristiana: “Nosotros somos la viña del Señor. Por consiguiente, produzcamos uva, no espinas; vino, no vinagre, porque quien vendimia y no da a los pobres, recoge vinagre. Quien almacena y no comparte con quien sufre necesidad, mete en su granero las espinas de la avaricia”. Estas palabras conectan maravillosamente con el proyecto de Pablo en la lectura de hoy: “Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable… tenedlo en cuenta”. El Señor nos llama a la coherencia, y, no olvidemos, el primero fue Él.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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