|
Is
5, 1-7:
Hoy la lectura profética
nos proporciona un canto popular para definir
las actitudes de Dios hacia su pueblo, una
lectura un tanto amena frente a otras muchas
de este profeta con tintes de lejanía
cultural para nuestros criterios. Es una
síntesis de la historia de la salvación,
la dinámica entre la misericordia
amorosa de Dios y la rebeldía constante
del hombre, que se escenifica en este canto
a la viña. Este texto se suele considerar
un pleito entre Dios y su pueblo, pero enmarcado
en el ámbito de la alianza y teñido
de influencias de la teología deuteronomística.
Posee paralelos con otros libros del AT,
ha servido para relecturas posteriores,
donde se insiste en la experiencia de la
ruptura de la alianza, y la confianza en
Dios es puesta a dura prueba. Se piensa
que este canto de la viña haya surgido
en medios deuteronomísticos del tiempo
de la deportación, y el vocabulario
poco deuteronomístico se explica
por el lenguaje de la viticultura y la adaptación
de materiales más antiguos. No obstante,
las dificultades en cuanto a su autenticidad
a nivel terminológico se refiere,
el mensaje encaja con el primer periodo
de la predicación del primer Is.
Vertiente
cristiana: Una
de las actitudes de base que desvela el
Dios de la alianza es la gratuidad, es decir,
Dios nos sitúa en una tesitura de
amor, y se mantendrá leal a esta
decisión, pero comprobará
que el corazón del hombre es falso.
No obstante, Dios se mantiene fiel, y desea
un reconocimiento de su presencia, que ilustramos
con unas palabras de la encíclica
“Dios es amor” del Papa Benedicto
XVI: “El reconocimiento del Dios viviente
es la vía hacia el amor, y el sí
de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento,
voluntad y sentimiento en el acto único
del amor. No obstante, éste es un
proceso que siempre está en camino:
el amor nunca se da por “concluido”
y completado; se trasforma en el curso de
la vida, madura y, precisamente por ello,
permanece fiel a sí mismo”.
|
Sal 79,9.12-16.19-20:
El cántico de la viña
y del pastor. El sal manifiesta una gran
armonía y ofrece principalmente
una meditación simbólica
sobre la vocación, historia y destino
de Israel. El tema que unifica la meditación
del salmista es el simbolismo de la viña,
además de la atmósfera tensa
que contempla con asombro las ruinas humeantes
de la obra de Dios. A las ilusiones de
la alianza se opone la realidad cruda
de los hechos, que desvelan una historia
de infidelidad ante Dios por parte su
pueblo.
Aunque hoy por razones de armonía
con la lectura anterior se destaca el
simbolismo de la viña, el sal posee
también el aspecto de Dios como
pastor. Este insiste en presentar a Dios
como guía, rey y compañero
de viaje. Tal simbolismo se asocia frecuentemente
con la metáfora de la luz y el
rostro, una evidente referencia al arca
y su función teofánica.
El segundo simbolismo es la imagen de
la viña. El orante enfatiza no
tanto los frutos que el dueño esperaba,
cuanto que se ha convertido en un campo
sin padrón, sus cercas han sido
destruidas, y ya nadie la custodia. Pero
el eje que coordina el sal gira en torno
al movimiento interior, que pasa del desconcierto
a la esperanza, pues Dios es invitado
a suspender su silencio misterioso antes
que la viña sea destruida. El sal
puede ser una súplica constante
de Israel por todas las épocas
rebeldes de su historia, más allá
de las precisas coordinadas de su génesis
efectiva.
Enfoque
eclesial: El
estribillo “Oh, Dios, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve”
interpreta magníficamente esta
súplica. El rostro de Dios en medio
de la comunidad cristiana se identifica
con Cristo, el Señor, resucitado,
que ilumina a la iglesia en tiempos de
oscuridad y desconcierto, pues de El nos
viene la fuerza para superar las brechas,
las rupturas de tapias, etc. Con la presencia
del Jesús trasfigurado en el Tabor
se ilumina la oscuridad y los planes destructivos
que rodean continuamente a quien se fía
de Dios en su vida diaria.
Fil 4,
6-9 :
Pertenece a las exhortaciones
finales de esta carta, que contiene características
fundamentales del cristiano. Pablo retoma
el tema de la alegría de 3, 1,
que recomendaba a sus colaboradores, y,
además, refleja una constante de
la carta. Junto esta exhortación
el apóstol recomienda la paz, la
acción de gracias, la bondad, etc.
Pablo explica a la comunidad que el cristiano
debe acoger los valores de estima de la
cultura humana, pero al mismo tiempo les
recuerda la tradición cristiana,
de la cual él es un testigo fiel.
Pablo invita a tener un espíritu
abierto, y no sólo aquí.
En las situaciones humanas loables se
encuentran huellas de Dios, y Pablo mismo
se ve como modelo de un espíritu
abierto a cualquier atisbo de bondad.
Mt 21,
33-43:
La parábola de
los viñadores homicidas expresa
la condena del judaísmo oficial
por la infidelidad a Dios. La referencia
a los responsables de la muerte de Jesús
es evidente. La parábola posee
connotaciones de alegoría: es una
clara alusión a la crucifixión
de Jesús fuera de los muros de
Jerusalén. Pero ha sido objeto
de relecturas posteriores, debidas a la
reflexión eclesial sobre el ministerio
de Cristo, aunque el núcleo asciende
al Jesús histórico. Con
la parábola se denuncia la grave
responsabilidad por el rechazo del enviado
definitivo de Dios, como habían
hecho con otros mensajeros anteriores,
los profetas, igualmente rechazados, perseguidos
y asesinados. Mt relee la parábola
desde la catástrofe del 70 con
la caída de Jerusalén, y
con una visión más serena
del rechazo de Cristo, donde los fariseos
continúan oponiéndose al
evangelio. Sin embargo, la comunidad mesiánica,
el resto santo, no es una nación
histórica, sino la iglesia surgida
de muchas naciones y razas, donde Cristo
es la piedra angular de la nueva realidad
religiosa, donde se insiste en una vida
de fe que produce frutos.
Vertiente
eclesial:
La comunidad cristiana encuentra su característica
esencial en el amor, en la fidelidad al
Señor. Se excluye cualquier presunción
fundada sobre el hecho de ser el nuevo
pueblo, cualquier confianza mágica.
La fe no puede separarse de la verdad
operativa. San Máximo, obispo de
Turín hace 1600 años, escribía
a su comunidad cristiana: “Nosotros
somos la viña del Señor.
Por consiguiente, produzcamos uva, no
espinas; vino, no vinagre, porque quien
vendimia y no da a los pobres, recoge
vinagre. Quien almacena y no comparte
con quien sufre necesidad, mete en su
granero las espinas de la avaricia”.
Estas palabras conectan maravillosamente
con el proyecto de Pablo en la lectura
de hoy: “Todo lo que es verdadero,
noble, justo, puro, amable, laudable…
tenedlo en cuenta”. El Señor
nos llama a la coherencia, y, no olvidemos,
el primero fue Él.
|