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Is.
55, 6-9:
¡Lectura que cautiva!
Los judíos en el exilio pensaban
que su retorno a Jerusalén sería
como una resaca sobre sus enemigos. El profeta,
por su parte, afirma que su vuelta será
un signo de la misericordia de Dios, y una
oportunidad para sospesar que Dios cambia
nuestros criterios, haciéndolos más
semejantes a los divinos, porque trasforma
las situaciones históricas, ya que
las circunstancias no son siempre las mismas
por mucho que nos empeñemos. Es el
Dios rompe lógicas férreas.
Es un texto que situado en el epílogo
del Dt-Is, que retoma motivos del cap. 40,
insistiendo tanto aquí como allá
en el anuncio del nuevo éxodo, la
eficacia de la palabra divina, y la trascendencia
de Dios que sobrepasa todo, suscitando nuevas
posibilidades históricas. La sección
de hoy, v.6-9, exhorta a confiar en Dios,
y contar con sus dones, porque su palabra
no defrauda jamás, aunque haya distancias
entre nuestros intenciones y las suyas.
Pero tal trascendencia está teñida
de un amor que desemboca en el perdón.
Esta insistencia en la trascendencia de
los v.8-9 remite a Is 40,12-31.
Una palabra
que posibilita lucidez:
A veces queremos acomodar a Dios a nuestros
sentimientos, juicios, valoraciones, etc,
pero la realidad no pocas veces lo desmiente,
y puede suscitar en el creyente una cierta
difidencia o mecanismos de defensa ante
ámbitos indefinidos que nos toca
vivir y compartir. En palabras más
breves, la realidad en ciertos momentos
se impone y nos desborda a pesar de nuestros
intentos de domesticarla. Precisamente en
estas circunstancias, según la palabra
profética de hoy, procuremos serenar
nuestro espíritu, ya que la llave
de los acontecimientos excede nuestras miras.
Confiemos aunque no los abarcamos en comprensión,
pues Dios se cuida muy mucho de nuestros
ideales y afanes.
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Sal 144,
2-3. 8-9. 17-18:
Es un himno acróstico de alabanza
a Dios rey, misericordioso y amoroso,
que forma parte de la pequeña colección
davídica en los Sal 138-145, y
en cierto sentido abre el horizonte solemne
aleluyático de los Sal 146-150.
Su contenido se centra en el espacio y
tiempo que Dios ocupa en la escena de
toda criatura. Este Dios, que trasciende
su soberanía, abarcando su creación
y providencia, se dona en su majestad
(v.3-5), justicia y bondad (v.6-7), clemencia
y amor (v.8-9), fidelidad y protección
(v.13-14), liberalidad (v.15-16) y ternura
paternal (v.17-20). El solista da voz
a toda la asamblea y la pone en estado
de alabanza y contemplación, donde
se desvela un rostro amoroso de Dios mucho
más que un emperador triunfador.
En todas sus obras se descubre amor, bondad
y gozo efusivo.
Los términos que predominan son:
“bendecir”, “el nombre”,
“alabar”, “por siempre”,
dentro de estructura quiástica:
invitatorio (v.1-3.21), primer movimiento
(v.4-10) y segundo movimiento (v.14-20)
y centro del Salmo (v. 11-13).
Es un canto
a la trascendencia de Dios, que no es
un aislamiento, sino una “condescendencia”
al hombre postrado en el polvo, es decir,
que prueba la indigencia humana. La bondad
de Dios se inclina hacia su criatura en
su sufrimiento, batallas y desconciertos,
alcanzando su culminación en la
encarnación del Hijo. La preocupación
de Dios es la persona, que vacila, cae,
invoca y busca al Señor, y en este
sentido el hombre es colaborador del proyecto
de Dios sobre él. La alabanza narrativa
que recorre el salmo es el testimonio
de una aceptación por parte del
orante, que desborda nuestras expectativas.
Fil. 1,
20-24. 27:
San Pablo nos ofrece
su palabra, donde contrapone la vida y
la muerte en Cristo, alternativa que no
asusta a Pablo, sino que lo llena de esperanza
porque tiene ante sus ojos la glorificación
de Cristo. La grandeza de Cristo repercute
en el destino corporal de su cuerpo. El
apóstol aquí no describe
una parte del ser humano, sino la constitución
somática de la existencia que sufre
y vive en el cuerpo. La vida que ahora
experimenta en la carne, la vive en la
fe en el Hijo, “el cual me ha amado
y entregado por mí” (Gal
2,20), lo cual es fuente de libertad.
El “ser en Cristo” colma los
ideales de Pablo, que los realiza aquí
y ahora en su cuerpo, siempre referido
a Cristo.
Mt 20,
1-16:
La parábola de
los viñadores, exclusiva de Mt.
No es posible precisar el contexto histórico
de la parábola, aunque toda apunta
a una respuesta de Jesús a los
fariseos que le criticaban el comer con
los pecadores. Con semejante actitud no
quebrantaba la justicia de la ley, sino
que manifestaba la bondad de Dios Padre.
En el actual contexto sirve para aclarar
que la recompensa a los apóstoles
no es un derecho, sino un don. Quizás
la relectura de Mt se resiente de la situación
de la comunidad, compuesta de numerosos
paganos y personas humildes, que se convierten
los primeros a los ojos de Dios.
Todo corre bien hasta los v.13-15, donde
la lección de la parábola
deriva del comportamiento paradójico
del padrón. Jesús intenta
subrayar que la vida eterna no hay que
considerarla como una recompensa debida
según derecho, en base a méritos
personales, sino como un don gratuito
de la bondad de Dios. El se ajustaba al
diseño de Dios que privilegiaba
a los indigentes y excluidos para mostrar
la misericordia divina. Y a las “personas
de bien” contrapone en modo provocador
la liberalidad y bondad de Dios Padre,
que no actúa sobre la justicia
de méritos, sino sólo con
amor desinteresado y gratuito.
Palabras
desconcertantes,
pero que comentan la lectura profética
y el salmo. Es el problema de la “medida”
de y ante la vida. La persona es proclive
a llevar cuentas y calculadas de cuanto
le sucede en la vida, y también
ante Dios, y a veces emerge una imagen
de sí misma y, incluso de Dios,
falseada. Cuando uno se cree creador de
valores y fuente de los mismos fácilmente
cae en la trampa de juzgar a los demás
sólo por esos filtros y criterios.
Puede que ante un arco de existencia cerrado
pueda valer, pero ante Dios tales enfoques
contienen tintes idólatras. Nuestra
imagen y comprensión nos la labramos
desde Dios, y hemos visto que sus criterios
no son los nuestros, pues triunfa y brilla
su rostro bondadoso y cariñoso
con todas sus criaturas. ¡Mirémosnos,
y veamos a los demás con estos
ojos, y la vida resultará una sorpresa
gozosa tras otra!
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