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Eclo.
27, 30 - 28, 7:
Es una lectura que ilustra
magistralmente el evangelio de hoy, que
versa sobre el perdón, un gran valor
en el arco de la existencia, al menos en
el ámbito cristiano.
- Como es sabido los libros sapienciales
reflexionan sobre vivencias humanas de entonces
y también de ahora, y las sentencias
de los sabios fueron elevadas a rangos divinos.
La lectura de este domingo se halla situada
en un bloque dedicado a la malicia, ira,
venganza, riñas y calumnias (Eclo
27,22-28,26), temas siempre actuales, pues
recorre múltiples espacios humanos.
El hombre es el eje en torno al cual gira
la reflexión sapiencial, el punto
de partida y a su vez objeto de las reflexiones,
y a los ojos de Ben Sira es una sorpresa
permanente, pues en él se desvelan
valores loables, pero a su vez actitudes
despreciables (Eclo 10, 19).
Aquí se detiene el autor sobre las
consecuencias negativas de la ira, venganza,
rencor, cólera, vicios detestables
a los ojos de Dios, a los cuales contrapone
el perdón, a fin de que el Señor
escuche la súplica por sus pecados.
Conviene recordar que el autor estas reflexiones
las ofrece teniendo como telón de
fondo a Dios. Una consideración neutra
o laica no encaja en la mente del autor,
pues supone otro horizonte. Dios posibilita
la victoria sobre el odio y el rencor, que
empobrecen a la persona que los anida. “El
perdón es uno de los sentimientos
más nobles que pueda surgir en el
corazón humano, y también
el más misterioso, porque el perdón
tiene rasgos divinos, cuya fuente está
en Dios”, ha escrito E. Charpentier.
Perdonar es declarar inexistente un hecho
realmente acaecido, y para ello se presupone
altas miras espirituales. La lectura de
hoy nos ayuda a caminar en esta dirección,
¡noble ruta!
Cruce de
horizontes: Si
el hombre se apoya sólo en sus posibilidades,
fácilmente irá sembrando sus
vivencias de trincheras y caminando a la
defensiva, ya que debe defender su espacio
limitado, que es lo único que tiene,
y al cual ha acostumbrado su mente y sus
criterios. Diluir escenas amargas, recuerdos
negativos vividos, etc, nos purifica mentalmente,
y nos desvela la vida en otras dimensiones.
La verdad de existencia nos la descubre
nuestra referencia a Dios, no los esquemas
mezquinos que pueden invadir y embargar
nuestros esquemas de valoración.
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Sal 102,
1-4. 9-12:
Sabia respuesta a la primera lectura
este salmo, centrado en Dios compasivo
y misericordioso. Esta esplendida alabanza
al Dios del perdón, parecida a
la facilitada por los Sal 16, 23 y 71,
es considerada como una de las perlas
del salterio, que ha sido celebrada en
diferentes ámbitos de la tradición
judía y cristiana. F. Nietzsche
ha definido el Salmo 103 como “el
libro de la justicia divina”, una
justicia que conoce el perdón,
y precisamente el filósofo se ha
servido del texto para polemizar contra
la reducción del AT a una justicia
punitiva de Dios. Numerosos autores han
reflexionado sobre esta oración,
y, para recordar un testimonio cristiano,
Beauchamp define el sal como “un
himno magnífico al amor de Dios;
expresión conmovida de la gratitud
del pecador ante la inmensidad del afecto
paterno de Dios”. Un salmo, pues,
donde el poeta sabe superar los confines
restringidos de la esfera personal y nos
lleva a contemplar el comportamiento divino
a favor del pueblo elegido, y de sus criaturas.
Este sal. se compone de dos bendiciones:
La primera en los v.2-3, y la segunda
en los v.20-22, marcos inclusivos. La
parte central se divide en dos secciones:
la primera canta el amor y el perdón
de Dios (v.4-10), y la segunda conjuga
el amor divino y la fragilidad humana
(v.11-19). Se puede considerar el Salmo
103 una composición del post-exilio.
El esquema de la bendición estructura
el eje del salmo. Por un lado se encuentra
Dios con su presencia salvadora, y por
otro el hombre pecador y perdonado en
una referencia continua.
Descubrimiento
del perdón divino: Mucho
depende del valor que le damos a nuestras
acciones, y a las intenciones y alcance
de las mismas. Se puede partir de la afirmación
del necio, creyendo que “Dios no
se entera” del escenario humano,
lo cual da un cheque un blanco a un comportamiento,
donde la pauta la marca el hombre y no
tiene que responder ante nadie. Pero el
cristiano puede concluir en el cántico
de hoy, donde se reconoce que la esfera
divina resulta imprescindible para clarificar
ovillo existencial. El hombre aprende
a descubrir su dignidad a la luz de cercanía
divina, y, cuando la comprende, desborda
de alegría ante Dios porque perdona
sus lejanías.
Rom 14,
7-9:
San Pablo ofrece las
exhortaciones finales de carta. El texto
forma parte de una larga reflexión
sobre la tolerancia que se debe tener
con aquellos que son débiles en
la fe. Pablo recuerda a los cristianos
que nuestra vida encuentra su pleno significado
en nuestra relación con Dios. La
resurrección de Cristo es la garantía
que nuestra vida y muerte pertenecen al
Señor. Lo esencial que es cada
uno vida esta dimensión de fe.
Mt 18,
21-35:
La parábola del
siervo malvado. La parábola no
habla del perdón reiterado, sino
más bien de la misericordia, que
debe prevalecer sobre el derecho puro
y duro. Para concretar bien el significado
hay que leerla en clave cristológica
y eclesial. De hecho, la misericordia
de Dios se ha manifestado históricamente
en el evento de Cristo, cumbre de su bondad
y ternura hacia la persona. No debemos
perder la conexión con el mensaje
de las bienaventuranzas: el amor de Dios
revelado en Cristo debe reflejarse en
las relaciones interpersonales de los
creyentes. El imperativo de la misericordia
caracteriza fundamental de todo el vivir
cristiano, y es inseparable del amor al
prójimo. En Cristo se ha desvelado
la misericordia del Padre de modo nuevo
y definitivo.
La parábola se divide entres escenas:
1. Las dos primeras, que son simétricas,
subrayan el contraste entre el comportamiento
de los deudores (v.24-27. 28-30); la petición
de los deudores está formulada
con las mismas palabras (v.26.29), pero
con éxito diferente. La tercera
(v.31-34) describe el castigo merecido
por el siervo malvado.
Texto genuinamente
evangélico,
de esos que, utilizando las palabras de
un himno de la Liturgia de la Horas, “chirría
desajustes”, cuando lo leemos con
calma y serenidad. Contiene un mensaje
incómodo, no se casa con nada y
con nadie, y siempre tiene la frescura
de la novedad, que no domestica ninguna
cultura antropológica por avanzada
que se crea. Para nosotros es “divino”,
y vuela a lo largo de los años
sobre las intransigencias y las durezas
mentales. ¡Magnífico rostro
de Dios, de retablo!
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