Vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario

Ez 33, 7-9:

El texto define la vocación del profeta como un centinela de Dios, en cuanto que comunica su palabra e interpreta los acontecimientos cotidianos, ya sea de mayor o menor significado o trascendencia. El mediador se puede inhibirse de tal responsabilidad, pero Dios le pedirá cuentas. Literariamente Ez 33, 1-20 introduce la tercera parte del libro. Aquí se subraya la llamada a la conversión de Israel y cada uno de sus miembros, pues en este ámbito se comienza a enfatizar la responsabilidad personal, no sólo colectiva. La primera unidad (v.2-6) recalca la tarea del anuncio del profeta, y la segunda (v. 7-9) en la insistencia en la conversión del pueblo, al cual ha sido enviado. Históricamente se sitúa después de la caída de Jerusalén y la destrucción del estado de Judá, y a nivel de composición del libro de este profeta ofrece conexiones con los caps. 17-19. Dios busca la fidelidad del pueblo, pues empieza una nueva etapa de su historia, donde se va acentuar las decisiones personales ante Dios.

El profeta ayuda a reflexionar: El mediador divino suele ser portador de una palabra desconcertante en el sentido que ofrece motivos para enjuiciarnos a nosotros mismos. Pero mientras quede en palabra la reacción del oyente varía mucho: aceptación, rechazo, olvido, etc. El panorama cambia, cuando esa palabra se pronuncia personalmente ante nosotros y nos afecta. Sin embargo, la lectura profética de hoy nos recuerda que la palabra se encarna, y que siempre es necesaria esa cercanía que a veces nos ayuda a poner orden en nuestro ritmo de vida para bien, y tal palabra iluminadora nos llega a través de mediaciones.

 

 

 

 

Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9:

Es un sal huérfano, sin título. Reflejaría una liturgia de entronización de Dios en su templo y una celebración de la renovación de la alianza. De este rito el salmo ocuparía la parte central. Ha sido definido también “el más cotidiano de los salmos” y por esto ha sido leído como un canto litúrgico, sumergido en el “hoy” (v.7), dentro del cual el evento salvífico es ritualizado en el “presente” de la vivencia de la fe.

Aparece un Dios trascendente y universal que supera los “montes” y “abismos” (v. 3-4), “mar” y “tierra” (v. 5), etc, teniendo tal enfoque una correspondencia con el Sal 81; insiste a su vez en la piedad del corazón, evocando textos del Trit-Is y Mal. Tal atmósfera religiosa favorece una datación post-exílica, y el haber sido compuesto en el ámbito del segundo templo.

Es un sal. de “liturgia de entrada”, que contiene la siguiente estructura: 1. Invitación a la alabanza (v. 1-7), 2. Exhortación a la observación de los mandatos del Señor (v. 7), 3. Discurso conmemorativo (v.8-9), y 4. Mirada hacia el futuro (v. 10-11). El núcleo del sal se centra en el “contemplar” las obras de Dios, al tiempo que se proyecta una luz sobre el presente.

Perfil cristiano: En nuestro caminar somos propensos a “olvidar” a Dios, como Israel en el desierto; a veces nos centramos en lo inmediato y no llegamos a ver la presencia divina en la historia, y puede que acabemos acomodando los acontecimientos a nuestra sensibilidad espontánea y por “endurecernos” al lenguaje de Dios. Como creyentes necesitamos acudir a Dios continuamente para no olvidarnos de El y nuestro corazón se endurezca; en palabras más llanas, considerar la vivencia de Dios superficial, pues alternativas existen y nos asaltan a nuestro paso.

Rom 13, 8-10:

El apóstol en esta sección parenética continúa animando a la comunidad de Roma. Hablando del comportamiento del creyente, San Pablo recuerda que la vida del creyente es muy sencilla: vivir el amor derramado por el Espíritu en nosotros. Aquí se encierra la plenitud de la revelación del Señor. El término “ágape” constituye un concepto gozne en el pensamiento paulino, definiendo al creyente existiendo y viviendo desde tal amor: es decir, un amor gratuito, cuya referencia lleva al Cristo crucificado.

Mt 18, 15-20:

Mt. 18 contiene el discurso de Jesús a la comunidad cristiana, es decir, el discurso eclesial. Hoy se ofrecen dos enseñanzas de Jesús: una sobre la corrección fraterna, y la segunda sobre la certeza de que Jesús se halla en la comunidad cuando ésta ora. Mt 18 contiene una serie de instrucciones de carácter sapiencial y profético. Este discurso, como sucede con el de la montaña, no proporciona una colección de normas de perfil casuístico, sino que es una proclamación de la salvación, una alegre noticia, que puede iluminar la vida del creyente. El evangelista es consciente de que la comunidad cristiana es la nueva asamblea de Dios, centrada íntegramente en el amor, para hacer transparente el reino de Dios, que actúa en ella.

La corrección fraterna: v. 15-18. No se trata de normas disciplinares en sentido jurídico, sino de una exhortación a hacer todo lo posible para que el hermano en la fe se juzgue a sí mismo, pero dentro del marco del “amor cristiano”.

La oración comunitaria: v. 19-20. Mt ha colocado este dicho para subrayar la concordia entre los hermanos. La unidad de corazón hace la oración especialmente armónica y eficaz. El objetivo de la oración mira sobre todo en el presente contexto a la solicitud por los hermanos errantes y con pasos inciertos.

La corrección fraterna: A parte de la delicadeza del tema, la práctica de la misma es un ejemplo de vida cristiana. Una comunidad que vive serena y seriamente, sin discursos vacíos o lamentaciones, puede afrontar esta tesitura. En una sociedad, donde campean la “deshumanización de las relaciones”, la palabra evangélica nos invita hoy a vivir nuestra fe como en familia para sentirnos “alguien”, y encontrarnos con hermanos que tienen nuestro mucho lenguaje, y tal presencia enriquece, purifica y “corrige” activa y pasivamente, porque la conduce el “Espíritu” y “ora”, es decir, se fía de Dios en su vida diaria. La dimensión religiosa en esta corrección es un presupuesto indispensable, pues ciertos valores sólo son sopesados desde una valoración de la persona en esta tesitura.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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