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Ez
33, 7-9:
El texto define la vocación
del profeta como un centinela de Dios, en
cuanto que comunica su palabra e interpreta
los acontecimientos cotidianos, ya sea de
mayor o menor significado o trascendencia.
El mediador se puede inhibirse de tal responsabilidad,
pero Dios le pedirá cuentas. Literariamente
Ez 33, 1-20 introduce la tercera parte del
libro. Aquí se subraya la llamada
a la conversión de Israel y cada
uno de sus miembros, pues en este ámbito
se comienza a enfatizar la responsabilidad
personal, no sólo colectiva. La primera
unidad (v.2-6) recalca la tarea del anuncio
del profeta, y la segunda (v. 7-9) en la
insistencia en la conversión del
pueblo, al cual ha sido enviado. Históricamente
se sitúa después de la caída
de Jerusalén y la destrucción
del estado de Judá, y a nivel de
composición del libro de este profeta
ofrece conexiones con los caps. 17-19. Dios
busca la fidelidad del pueblo, pues empieza
una nueva etapa de su historia, donde se
va acentuar las decisiones personales ante
Dios.
El profeta
ayuda a reflexionar:
El mediador divino suele ser portador de
una palabra desconcertante en el sentido
que ofrece motivos para enjuiciarnos a nosotros
mismos. Pero mientras quede en palabra la
reacción del oyente varía
mucho: aceptación, rechazo, olvido,
etc. El panorama cambia, cuando esa palabra
se pronuncia personalmente ante nosotros
y nos afecta. Sin embargo, la lectura profética
de hoy nos recuerda que la palabra se encarna,
y que siempre es necesaria esa cercanía
que a veces nos ayuda a poner orden en nuestro
ritmo de vida para bien, y tal palabra iluminadora
nos llega a través de mediaciones.
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Sal 94,
1-2. 6-7. 8-9:
Es un sal huérfano, sin título.
Reflejaría una liturgia de entronización
de Dios en su templo y una celebración
de la renovación de la alianza.
De este rito el salmo ocuparía
la parte central. Ha sido definido también
“el más cotidiano de los
salmos” y por esto ha sido leído
como un canto litúrgico, sumergido
en el “hoy” (v.7), dentro
del cual el evento salvífico es
ritualizado en el “presente”
de la vivencia de la fe.
Aparece un Dios trascendente y universal
que supera los “montes” y
“abismos” (v. 3-4), “mar”
y “tierra” (v. 5), etc, teniendo
tal enfoque una correspondencia con el
Sal 81; insiste a su vez en la piedad
del corazón, evocando textos del
Trit-Is y Mal. Tal atmósfera religiosa
favorece una datación post-exílica,
y el haber sido compuesto en el ámbito
del segundo templo.
Es un sal. de “liturgia de entrada”,
que contiene la siguiente estructura:
1. Invitación a la alabanza (v.
1-7), 2. Exhortación a la observación
de los mandatos del Señor (v. 7),
3. Discurso conmemorativo (v.8-9), y 4.
Mirada hacia el futuro (v. 10-11). El
núcleo del sal se centra en el
“contemplar” las obras de
Dios, al tiempo que se proyecta una luz
sobre el presente.
Perfil
cristiano: En nuestro caminar
somos propensos a “olvidar”
a Dios, como Israel en el desierto; a
veces nos centramos en lo inmediato y
no llegamos a ver la presencia divina
en la historia, y puede que acabemos acomodando
los acontecimientos a nuestra sensibilidad
espontánea y por “endurecernos”
al lenguaje de Dios. Como creyentes necesitamos
acudir a Dios continuamente para no olvidarnos
de El y nuestro corazón se endurezca;
en palabras más llanas, considerar
la vivencia de Dios superficial, pues
alternativas existen y nos asaltan a nuestro
paso.
Rom 13,
8-10:
El apóstol en
esta sección parenética
continúa animando a la comunidad
de Roma. Hablando del comportamiento del
creyente, San Pablo recuerda que la vida
del creyente es muy sencilla: vivir el
amor derramado por el Espíritu
en nosotros. Aquí se encierra la
plenitud de la revelación del Señor.
El término “ágape”
constituye un concepto gozne en el pensamiento
paulino, definiendo al creyente existiendo
y viviendo desde tal amor: es decir, un
amor gratuito, cuya referencia lleva al
Cristo crucificado.
Mt 18,
15-20:
Mt. 18 contiene el discurso
de Jesús a la comunidad cristiana,
es decir, el discurso eclesial. Hoy se
ofrecen dos enseñanzas de Jesús:
una sobre la corrección fraterna,
y la segunda sobre la certeza de que Jesús
se halla en la comunidad cuando ésta
ora. Mt 18 contiene una serie de instrucciones
de carácter sapiencial y profético.
Este discurso, como sucede con el de la
montaña, no proporciona una colección
de normas de perfil casuístico,
sino que es una proclamación de
la salvación, una alegre noticia,
que puede iluminar la vida del creyente.
El evangelista es consciente de que la
comunidad cristiana es la nueva asamblea
de Dios, centrada íntegramente
en el amor, para hacer transparente el
reino de Dios, que actúa en ella.
La corrección fraterna: v.
15-18. No se trata de normas disciplinares
en sentido jurídico, sino de una
exhortación a hacer todo lo posible
para que el hermano en la fe se juzgue
a sí mismo, pero dentro del marco
del “amor cristiano”.
La oración comunitaria:
v. 19-20. Mt ha colocado este dicho para
subrayar la concordia entre los hermanos.
La unidad de corazón hace la oración
especialmente armónica y eficaz.
El objetivo de la oración mira
sobre todo en el presente contexto a la
solicitud por los hermanos errantes y
con pasos inciertos.
La corrección
fraterna: A
parte de la delicadeza del tema, la práctica
de la misma es un ejemplo de vida cristiana.
Una comunidad que vive serena y seriamente,
sin discursos vacíos o lamentaciones,
puede afrontar esta tesitura. En una sociedad,
donde campean la “deshumanización
de las relaciones”, la palabra evangélica
nos invita hoy a vivir nuestra fe como
en familia para sentirnos “alguien”,
y encontrarnos con hermanos que tienen
nuestro mucho lenguaje, y tal presencia
enriquece, purifica y “corrige”
activa y pasivamente, porque la conduce
el “Espíritu” y “ora”,
es decir, se fía de Dios en su
vida diaria. La dimensión religiosa
en esta corrección es un presupuesto
indispensable, pues ciertos valores sólo
son sopesados desde una valoración
de la persona en esta tesitura.
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