Vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario

Jer 20, 7-9:

Pertenece esta lectura a la sección de las “confesiones” de Jeremías, donde el profeta refleja los sufrimientos personales que la palabra de Dios le acarreaba al proclamarla ante sus oyentes y conocidos. Por una parte, la conciencia de ser mediador y la llamada irresistible de la palabra divina no las puede evitar, y, por otra, la burla y la mofa, que encontraba en los destinatarios, desencadenaban una serie de tormentos en su persona, afligiéndole profundamente. Fijémosnos con calma en las metáforas usadas por el profeta para describir la fuerza de tal palabra: “fuego ardiente” en mis entrañas, “oprobio y desprecio”, etc. Recordemos que las “confesiones” coinciden a grandes rasgos con Jer 11,18-23; 12,1-6; 15,15-20; 17,14-18; 18,18-23; 20,7-13.14-18, y, además, conviene subrayar que la formación literaria del libro de Jeremías fue larga y compleja.

El texto de hoy refleja el drama interno del profeta a causa de la palabra de Dios, y se desahoga ante Él por haberle llamado a una misión que no ha buscado ni por asomo, y que no hace sino acarrearle escarnios, burlas y mofas. El fragmento de hoy enfatiza en este sufrimiento personal, pero no conviene descuidar el contexto inmediato, donde el profeta comienza a vislumbrar el apoyo divino, pero no precipitemos los acontecimientos y dejemos que la queja del profeta nos llegue e interpele.

La fuerza de la palabra divina: Entender la presencia divina en su palabra supone contrastes vitales, es decir, enfoques diferentes a los ofrecidos por la realidad de todos los días, y a veces, de hechos de más trascendentes. Lo bonito y cómodo es no juzgar la realidad, dejando que ella campee y no oponer resistencia, pues la más fácil es refugiarse en el anonimato y sumergirse en planes convergentes, diseñados por los “gustos” generacionales o culturales. Pero la palabra divina siempre encuentra eco en “mediadores” de la misma en cualquier circunstancia, ya sea favorable o no. Hoy se afirma claramente que esta palabra no la podemos callar, sino que estamos llamados a dejarnos guiar por ella. ¡Seamos arpa de Dios, aunque sea con una melodía de lamentación, señal de que Dios habita en nosotros!

 

 

 

Sal 62, 2-9:

Sal muy conocido y rezado en la comunidad cristiana. Lo podemos dividir en tres estrofas: I. v.2-4: El canto de la sed de Dios. II. v.5-9: El canto del hambre de Dios. III. v. 10-12: El canto del juicio de Dios. Como se puede observar hoy, se contemplan sólo las dos primeras. En el salmo se funden la acción de gracias, la confianza, lamentación, liturgia, aspectos hímnicos, etc.

El orante se encuentra probablemente en el santuario, donde ha contemplado la revelación de la majestad divina y experimentado su ayuda gratificante, y así siente protegido bajo el amparo divino. De ahí surge el gozo y la gratitud, que se convierten en una profunda nostalgia de Dios: en las horas de angustias y dificultades el orante sabe que encuentra descanso a la sombra del Altísimo. La “gracia” divina sostiene y fortalece su vida; es el bien más sublime, equilibrando todos los bienes de la vida a que aspira, y la vida misma en su totalidad. Esta colma el corazón, y entonces brota la alabanza y la acción de gracias a Dios.

Bellas palabras para la vida y todas sus circunstancias, enfocadas desde Dios. Ahora la presencia divina, después de la tormenta de su irrupción en nuestro interior, se torna remanso de paz, descanso y alabanza. Cuando nos sentimos agotados, sin fuerzas y sin ánimo las palabras del salmo posibilitan el canto sereno de acción de gracias y la recuperación de la serenidad de espíritu interior: “a la sombra de tus alas canto con júbilo”.

Rom 12, 1-2:

Ahora el apóstol, después de las sublimes reflexiones ofrecidas los domingos anteriores, en esta parte final de la carta se vuelve concreto, y habla del culto espiritual que podemos ofrecer a Dios: un culto que exige cordura, pues se trata de enfocar nuestra personalidad según los criterios de Dios. Para san Pablo la vida cristiana es una oblación a Dios que debe desembocar en la humildad y la caridad (v.3-21).

Sinfonía de unidad: El apóstol piensa que en culto a Dios no se puede andar con medias tintas, reservándose para uno ciertas actitudes. Ante Dios en nuestra ofrenda existencial debe imperar una plena transparencia, única manera de ser gratos a Dios y descubrir nuestra riqueza personal.

Mt 16, 21-27:

Evoca el perfil de Jeremías la lectura evangélica. A partir de ahora Jesús imprime un nuevo curso a su enseñanza para preparar a los discípulos al escándalo de la cruz. Tiene que convencerles que, no obstante su dignidad y su referencia especial a Dios Padre, debe sufrir ultrajes, y al final la muerte. La triple predicción de la pasión ritma la última fase de su ministerio, que concluirá en Jerusalén con su oblación, suerte reservada a los profetas. La lectura de hoy ofrece en los v. 21-23 la primera predicción de la pasión, y en los v. 24-28 una paránesis sobre las condiciones para seguir a Jesús.

Mt. orienta toda la sección como una catequesis para la comunidad (Mt 13,53 - 17,27). Los discípulos son considerados los prototipos de todos los creyentes. Después de haber predicho la pasión, Jesús declara que su seguimiento comporta la misma suerte también para ellos: deben renunciar a sus propios intereses, a sí mismos, y recorrer la modalidad de la cruz.

Palabras clarificadoras: Sólo quien sabe estar con quienes le rodean en actitud de generosidad, y ésta, referida a Cristo para que no se mitigue, descubre en su estabilidad la dimensión total de su existencia. Desinteresarse de tal enfoque y realismo supone mutilar las genuinas fuerzas de la vida. El dolor, los inconvenientes, y una larguísima de secuencia de sin sabores no son visitantes ocasionales, sino que nos acompañan como la sombra. La solución: personalizarlos a la luz del Cristo que fue en todo semejante a nosotros, menos en el pecado, según reza una carta del NT, pero ahí está la vida.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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