Vigésimo primer domingo del tiempo ordinario

Is 22, 19-23:

Literariamente tiene una conexión con las amenazas precedentes sobre Jerusalén, pero esta vez describe un juicio de Dios contra Sobna, mayordomo de palacio del rey en torno al 701 a.C. Sobna favorecía el entendimiento político con el partido pro-egipcio que capitaneó la rebelión contra los asirios, que supuso una cadena de sufrimientos en el pueblo de Dios. Se consideran palabras auténticas de Is, a parte algunos retoques. Al puesto de Sobna Dios elige a Eliacín, como ministro de la casa real de Jerusalén, es decir, “siervo” de la casa de David en términos bíblcios. El nombramiento se simboliza con la entrega de las llaves del palacio real. El texto refleja dos momentos: v.19, rechazo de Sobna, y v. 20 - 23, nombramiento de Eliacín, y es en esta parte, donde hay más elaboraciones literarias. A nivel de pensamiento religioso se indica que Dios por medio de sus mediadores promociona o desdeña a quienes deben ser transmisores de sus planes, también a nivel social. Y en el caso de Eliacín es juzgado como el modelo de un buen gobernante, en cuanto legitimado por Dios, pero es considerado como “siervo” en el sentido que debe ser responsable ante Dios, y conocedor de sus fronteras y limitaciones a la hora de gobernar al pueblo de la promesa. No olvidemos la promesa hecha al rey David en 2 Sam 7. Eliacín recibe las cualidades prometidas en Is 9,5-6 al soberano ideal de Israel. Nos hallamos, pues, ante una iniciativa de Dios para dirigir los destinos de su pueblo, y la iniciativa es toda suya, quiere decir el texto.

Apertura cristiana: Aquí con un lenguaje mesiánico nos invita a mirar hacia el futuro, que Dios programa con su mirada omnisciente, que supera con creces nuestros criterios parciales y un tanto falibles. La historia no es fruto de una sucesión mecánica y férrea del hombre, sino que es necesario abrir los ojos y descubrir que Dios tantas veces se adentra en la vida de personas que no cuenta para marcar el rumbo de los acontecimientos, y con otros mas “creídos” no cuenta. Quien tiende a marginar a Dios suele obedecer más sus criterios personales, que posiblemente crea más certeros, sin embargo los criterios de Dios son otros. ¡Atentos a quienes damos crédito a la hora de dirigir a la sociedad!

 

 

 

Sal 137, 1-3. 6-8 (no completos):

Es un salmo de acción de gracias, recitado en el santuario (v.2) a causa de la escucha de las súplicas (v.3), que contienen resonancias de entusiasmo hímnico, y son entendidas como eco de la experiencia cultual del orante, que le ha confirmado la certeza de su escucha y la participación en la actuación salvadora de Dios. Del Sal no es desprende con facilidad si es el rey quien ora en el templo, o un miembro de la comunidad a la vuelta del exilio.

San Atanasio lo califica como el Sal de la “llamada universal”. Es un salmo que ahuyenta la amenaza de un peligro, y de ahí surge una acción de gracias alegre y reiterado al Dios liberador. Dios no es mudo, sino que responde, cuando se le invoca, porque es misericordioso (v.2) y atiende las súplicas (v.3). Dios mira a quien sufre, al humilde y margina a los soberbios; recordemos el canto de Ana en 1 Sam 2,8s, que después resuena en el Magnificat. Dios no crea a la persona para abandonarla a la intemperie de las miserias o contradicciones, sino que la mira continuamente con amor atento y cercano.

Magnifica oración cristiana: Cuando uno se fía de estas palabras sálmicas, se trasforman nuestras situaciones personales. Para utilizar una frase bíblica Dios “echa a las espaldas nuestros pecados”, y presenta ante nosotros un horizonte diáfano, lleno de luz, donde la vida se nos aparece como donada nuevo, un futuro no tan lleno de miedos e incertidumbres, que Dios diluye con su amor, pues a Él pertenece la estabilidad. Es un salmo que recompone la armonía entre Dios y el hombre, donde el todo el ser personal aparece empapado de Dios, que extiende su mano y “abandona la obra de sus manos”. ¡Alegrémosnos en este Dios!

Rom 11, 33-36:

Se trata de un himno de exaltación a la sabiduría de Dios, que el apóstol entona después de contemplar su plan salvífico, que continúa en la fe y vida de la iglesia, su pueblo. Plan que sobrepasa nuestras categorías y se vuelven “irrastreables” sus caminos, de ahí que al creyente le quepa sólo la adoración y la alabanza a este Dios, que toca las fibras más profundas, cuando confiamos en el Él.

Mt 16, 13-20:

Narra la confesión de Cesarea de Felipe. La primera parte (v.13-26), común a los otros sinópticos, contiene la fe mesiánica de Pedro. La segunda (v.17-19) es exclusiva de Mt, que enuncia la promesa del primado de Pedro. Como sucede en la sección precedente de los panes, el ministerio de Jesús ha llegado a un punto muerto. La crisis galilea es confirmada también por Jn 6,60-71. Jesús toma la iniciativa para desbloquear la situación, y les pregunta a sus discípulos sobre su identidad, respondiendo Pedro en nombre de todos con una nítida confesión mesiánica en Jesús, como Hijo de Dios. De la solemne declaración de Pedro emerge un énfasis que trasciende la simple mesianidad: Por varios encuentros ya era conocido a los discípulos en Jesús que Dios mismo estaba presente y actuaba en Él. Pero también es cierto que Mt enriquece la confesión con el significado postpascual de la filiación divina de Jesús. “Dios vivo” deriva de la tradición bíblica y expresa la presencia operante de Dios.

Confesión de fe en la iglesia de hoy: Hoy la iglesia, guiada por el vicario de Cristo, continúa confesando que Jesús de Nazaret es Hijo de Dios, tarea que, como entonces, no resulta fácil, pues el sentido de lo divino en la historia humana encuentra rechazos o indiferencias. Es la fe quien no da ese impulso definitivo para saber afirmar que centralidad de la persona de Cristo, cual Hijo de Dios, en nuestras vidas y en vivencia de la fe de la iglesia, animada y fortalecida con la presencia de su vicario en la tierra. Como a Eliacín se le concede las llaves del palacio real, del mismo modo a San Pedro lo confirma Jesús como interprete autorizado y supremo de sus obras y palabras dentro de la comunidad cristiana. El papa no es sólo “la gran conciencia humana del mundo”, como algún no-cristiano lo ha definido, sino el intérprete autorizado y supremo de la ley divina para sus hermanos en la fe.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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