| Reflexión
sobre la Vigilia Pascual y Primer domingo
de Pascua (fr. Rafael Sanz)
Celebrar la Pascua
quiere recordarnos que nada de cuanto amamos,
aspiramos, o soñamos se perderá;
que todo tendrá su cumplimiento,
que nada desaparecerá porque el amor
de Dios ilumina nuestro destino. La resurrección
del Señor es la palabra constante
y definitiva sobre nuestro peregrinar en
la fe.
Hch
10, 34-37. 43
Contiene uno de los ochos
discursos puestos en labios de Pedro. El
apóstol inicia con un exordio para
situar el mensaje en el contexto de una
situación nueva. Siguen el mensaje
cristológico, una síntesis
del ministerio de Jesús, que desemboca
en la muerte y resurrección, las
apariciones y una alusión a la parusía.
Es el discurso que precede la Pentecostés
de los paganos (Hech 10,44-48). Por eso
esta alocución petrina presenta a
Cristo en una perspectiva universal, en
cuanto que enfatiza a Jesús como
portador de la salvación sin fronteras,
preanunciado por las Escrituras. Lucas elabora
un material precedente y resume esquemas
de su evangelio, subrayando que el Señor
resucitado pertenece a todos, incluidos
los paganos. Con este discurso abre las
puertas del mensaje cristiano a los gentiles,
representados a continuación por
el centurión Cornelio. Esta apertura
en la óptica lucana no es una programación
humana, sino que obedece a la inspiración
del Espíritu. Supone una superación
de barreras profundas, y la figura de Pedro
significa aquí la obediencia de la
comunidad cristiana al Espíritu.
Es la primera muestra de cómo Dios
actúa, rompiendo duros esquemas mentales
que a veces aprisionan.
Vertiente
cristiana: En esta primera lectura
de Pascua de este ciclo A se quiere dejar
bien claro que Cristo resucitado es un patrimonio
universal, que no se identifica con cotos
culturales o ideológicos cerrados.
Pedro es una imagen de este proceso: un
hombre anclado en lo “conocido”,
un cristiano donde el cuño cultural-religioso
era definitivo. Pero la magia renovadora
del Espíritu cambia su mente y comprende
que la acción de Dios es irresistible,
y que la fe no es recorrer un camino trillado.
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Sal 117
Es un salmo de acción de gracias,
que la liturgia nos ofrece de forma fragmentada.
Se compone de seis partes: invitación
a alabanza, v.1-4; confianza en el Señor,
v.5-9, descripción de una dificultad,
v.10-14, acción de gracias, v.15-18,
ingreso en el templo, v.19-25, procesión
litúrgica, v.26-29, inclusión
final, v.29. El fondo del Sal lo constituye
la victoria sobre los enemigos de Israel,
pero esta situación histórica
le sirve al salmista para dejar bien claro
que con la ayuda de Dios se pueden superar
muchas encrucijadas que se encuentran
en la vida. De ahí que el orante
se deshaga en cantos de júbilo,
fiesta, alegría y gozo ya que está
rodeado de la cercanía divina.
Tal tesitura crea entusiasmo contagioso.
Este Salmo ha sido muy usado en la primitiva
comunidad cristiana para cantar la acción
de Dios en el Jesús crucificado,
símbolo de las redes de muerte
que el hombre crea. Este es el día
del Señor, porque Dios lo ha convertido
en la piedra angular, esa piedra necesaria
para clarificar tantas zozobras humanas.
Lectura
cristiana: El Sal. da rienda
suelta a una alegría que no creamos
nosotros, sino que sencillamente nos debemos
limitar a ponerle música y letra,
una alegría que no deriva de nosotros.
La iglesia apostólica cantó
con estas palabras que el evento inaudito
del Cristo resucitado, esa piedra angular,
es código de lectura de tantas
situaciones humanas llenas de oscuridad,
desconcierto, faltas de ilusión.
El Cristo resucitado “no reprime”,
no nos impide ser “progresistas”,
sino que saca a flote lo más genuino
que hay en cada uno de nosotros, que tiene
mucho que ver con “esta vida”
que nos regalado y nos veamos con el optimismo
de Dios, y no con enfoques mezquinos que
nos pueden ahogar y entristecer.
Col 3,
1-4
Col 3-4 constituyen la sección
moral de la carta, y en el texto de hoy
se subraya que la resurrección
del Señor es el fundamento de la
vida cristiana. A la luz del Señor
resucitado debemos contemplar toda nuestra
vida, y no creer que este ambiente obedece
a un régimen cerrado y a una autonomía
tal que no sea posible juzgarlo de otra
manera. En la sección siguiente
el apóstol no hablará del
hombre nuevo y viejo, dos formas de vivir
en Cristo.
Lc 24,
13-35
Es el relato de los discípulos
de Emaús. Se trata de una narración
original bajo dos aspectos: una aparición
a lo largo del camino a dos discípulos
que no pertenecen al grupo de los doce
o de las mujeres. Es un tema frecuente
en la literatura religiosa antigua, incluida
la Biblia: la divinidad visita de incógnito
a los hombres, camina con ellos, les trae
un mensaje, y desaparece en el momento
de hacerse reconocer. Pero en Lucas es
necesario afirmar que no depende de estos
relatos míticos, sino que se puede
pensar en una confluencia general del
helenismo sobre Lucas. En comparación
con otros relatos evangélicos de
las apariciones, está es especial,
que incluso se puede preguntar si es una
separación del resucitado. En el
fondo los dos discípulos no han
visto al Resucitado, sino un viajero extranjero,
y después, al reconocerlo, a nadie
más. El evangelista quiere transmitir
un mensaje a los lectores de su tiempo.
El relato puede ser comprendido en la
perspectiva del contraste. Existe un doble
movimiento. En la primera parte, hasta
el v.24, se acumulan separaciones y divisiones:
los dos discípulos se alejan de
Jerusalén, lugar del evento pascual,
y del grupo de los discípulos,
están divididos entre ellos y distantes
sobre todo de Jesús mismo, considerado
como un extranjero, de los acontecimientos
salvíficos que no entienden. Están
tristes: una situación oscura y
sin esperanza.
Jesús asume esta situación
negativa, y va al corazón del alejamiento
y división, y a partir del v. 25
se da un vuelco a todo. Jesús se
convierte en sujeto de la acción,
explica la Escritura, asume el papel de
huésped en el gesto de la “fracción
del pan”. Las distancias son anuladas:
Jesús es reconocido, el corazón
de los apóstoles “arde”,
vuelven a Jerusalén, comunidad
de los discípulos, pero Jesús
desparece de la vista para estar presente
en la vivencia de la fe. Una narración,
pues, en dos partes: v.13-24 y 25-35.
El relato
posee varios perfiles, pero quisiéramos
destacar uno. El hilo conductor del “camino”
está en el fondo de la narración.
Caracteriza el camino de Jesús
hacia Jerusalén, lugar del “éxodo”.
Este caracteriza el itinerario de la iglesia
hacia el mundo y del creyente como seguidor
de Cristo. El relato de Emaús desarrolla
una “catequesis de la vida”.
El creyente, en su camino cotidiano, no
está solo. De manera invisible,
pero real, Jesús se hace compañero
del camino a recorrer para llegar hasta
El. El mismo ayuda a reconocerlo en la
fe, iluminada por la Escritura y en el
don Eucarístico. Pero una vez reconocido,
huye de la posesión, e invita a
seguir el camino más allá,
para alcanzarlo en el lugar de su éxodo:
es decir, como el Resucitado.
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