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Pincha aquí para leer el Pregσn de
Cuaresma-2008 (por
Fr. M. Rincσn)
Las lecturas de este primer
domingo concentran su atención en
la condición humana (la debilidad
congénita Gn 2), en la tentación
y la desobediencia (alejarse de Dios y no
poder mirarle cara a cara), el pecado y
la obediencia, que Pablo atribuye a Cristo.
En la carta a los Romanos Pablo afirma que
la gracia ha sobreabundado allí donde
el pecado aumentó (Rm 5,20). Las
tentaciones de Jesús, después
del ayuno de cuarenta días en el
desierto, que presenta el evangelio de Mt,
permiten la referencia a los rasgos de la
espiritualidad de la Cuaresma: desierto,
ayuno, pruebas / tentaciones, lucha contra
el mal / demonio, pecado, oración
y aceptación plena de a voluntad
de Dios. El punto central de esta espiritualidad
es Jesús, presentado como nuevo Adán
(Rom.) capaz de resistir a la tentación,
y que pone su vida en las manos de Dios,
en su personal travesía del desierto,
en un paralelo intencional entre Jesús
y el pueblo de Israel peregrino hacia la
tierra prometida. La liturgia al escoger
estas lecturas ha querido hacer resonar
el eco de lo que supuso la tentación
de Adán y Eva, las del pueblo de
Israel en el camino hacia la tierra prometida
y las tentaciones de Jesús. El contexto
bíblico es evidente.
Las tentaciones eran entonces, y lo son
hoy también, un desafío radical
a la confianza puesta en Dios. E desierto
es el lugar inhóspito y de prueba
de resistencia ante los elementos y teniendo
en cuenta la propia inseguridad por eso
puede ser lugar de la rebelión contra
Dios o de la oración y del abandono
en las manos de Dios, signo de penitencia
y de desapropiación de si, de los
superfluo, espacio para volver a sí
y para purificar el corazón. El diablo
el tentador, –el acusador, el adversario–
es un personaje activo que aparece en las
tentaciones como aparecerá en algunos
milagros de curación, aparece en
Gn 3,1 como la serpiente, que seduce e induce
al mal.
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Gn 2 7-9;
3,1-7; Sal 50; Rm 5, 12-19; Mt 4,1-11
Unas palabras del libro de Deuteronomio
pueden ayudarnos a comprender el hilo
común de esa experiencia: “Recordarás
todo el camino que Yahvé, tu Dios,
te ha hecho andar durante estos cuarenta
años por el desierto, a fin de
humillarte, probarte y saber lo que encierra
tu corazón, y si observas o no
sus mandamientos” (Dt 8,2) y continúa
recordando el cuidado paterno de Dios,
que hizo pasar hambre pero dio el maná,
para “hacerte conocer que no sólo
de pan vive el hombre”, sino de
todo lo que “sale de la boca de
Yahvé” (Dt 8,3), poniendo
en relación el maná con
la palabra de Dios, porque la “Palabra
de Dios” es vida para Israel, o
como dice el mismo Jesús, al presentar
sus palabras, “palabras que son
Espíritu y son vida” (Jn
6,63), porque no habla por “su cuenta”
(Jn 12,49).
La Tentación: en
los tres casos del evangelio, como en
el caso de Adán y de Eva, hay una
seducción de fondo que pone en
duda la confianza en Dios: la primera
propone a Jesús que actúe
pidiendo una intervención prodigiosa
de Dios, convertir las piedras en pan;
es decir, que se sirva de su poder como
Mesías –si eres Hijo
de Dios-, como Dios había
proporcionado dones prodigiosos a su pueblo
en el desierto; la respuesta de Jesús
se aleja de la intención del diablo,
que pretendía implicarlo en su
plan; Jesús mantiene el primado
del Padre, la naturaleza humana y la divina
no se oponen, porque toda la vida es una
continua lucha contra el mal, con la libertad
de elegir la vida o la muerte; la respuesta
de Jesús es el abandono a Dios
Padre y la confianza en Él: su
palabra es alimento. La segunda, propone
a Jesús el desafío a Dios,
la desobediencia, y que Dios se vea obligado
a proteger a su Elegido; el diablo cita
el salmo 91, 11-12 como garantía
de que Dios preserva de todo peligro.
Jesús renueva su obediencia y confianza
en Dios, sin pretensiones de actuar espectacularmente,
sino ateniéndose a la voluntad
de Dios. La tercera, la que ofrece poder
a cambio de la idolatría; si Dios
que hacía ver la tierra prometida
a Moisés desde el monte Nebo, solo
pedía fidelidad total y adoración
a él solo, Satanás (príncipe
de este mundo, 2Cor 4,4) aquí
se erige en “dios” y pide
que Jesús reconozca el poder enorme
que tiene sobre el mundo. La respuesta
de Jesús es de nuevo una afirmación
de su confianza en la voluntad de Dios:
Adorarás al Señor, tu Dios,
a él solo darás culto”
(Dt 6,13) es una palabra que remite a
la fidelidad exclusiva a Dios, confirmada
por Jesús que se atiene a la voluntad
de Dios.
La desconfianza como tentación
es una constante en la experiencia humana,
desde Adán hasta la propia experiencia
de cada uno, y se puede mezclar con el
orgullo y con la soberbia de elegir contra
Dios, de darle la espalda. Es la experiencia
de las zonas de sombra que señalan
la fragilidad humana; en el tiempo de
Cuaresma nos ayuda a pensar en el alcance
del pecado, en la presencia del bien y
del mal, y, sin dejarnos llevar por el
pesimismo, a pensar en la gracia que nos
llega por medio de Jesucristo. Es Jesús
el que purifica el corazón humano,
el que ayuda a reemprender el camino,
el que con su gracia vuelve al ser humano
capaz de vivir la fe, la esperanza y la
caridad. En la respuesta de Jesús,
la confianza en Dios nos remite a la imagen
y semejanza de Dios que llevamos en nosotros,
sin dejarnos llevar por tentaciones diabólicas
que nos alejan de Dios y nos enfrentan
al prójimo porque cierran nuestro
corazón y lo endurecen. La conversión
que propone la Cuaresma nos pide abandonar
ídolos – no fabricarnos ídolos
– ni de los bienes o seguridades
económicas – que son necesarios
para la vida de cada día –,
ni de las aspiraciones excesivas que pueden
tergiversar la religiosidad auténtica
y hacerla ostentosa; nos pide que no adoremos
a nadie, sino que siempre sea Dios el
que está en el primer puesto.
El Señor nos promete su gracia
y está junto a nosotros, no seremos
tentados por encima de nuestras fuerzas:
“Dios es fiel, que no permitirá
que seáis tentados sobre vuestras
fuerzas, sino que con la tentación
os dará el éxito de poder
sobrellevarla” (1Cor 10,13). Nuestra
oración en este tiempo de Cuaresma
debe arraigar en la Palabra de Dios que
nos ilumina y nos permite una mirada no
pesimista sobre el misterio de la iniquidad
que arruina a tantas personas. Hay una
creciente alarma sobre el uso de productos
farmacéuticos que se consumen para
combatir el ansia o la depresión
causadas por problemas y desajustes en
el trabajo, crisis familiares, fracasos
escolares, afectivos, defectos y trampas
en la relaciones personales; incluso se
habla de un aumento del 8% anual desde
hace varios años como paliativo
de los efectos de la creciente violencia
que se instaura en la vida de cada día,
del clima de intimidaciones y agresiones
de grupo, de pandillas, o de una moda
obsesiva, y no digamos lo que se mueve
con la desinformación afectiva
y manipulación de la sexualidad,
es decir, deshumanización de las
personas concretas y daños a las
personas que son la carga de cada fin
de semana. Es la consecuencia de las tentaciones
modernas cuyo coste humano es sobrecogedor,
no sólo por el egoísmo ciego,
sino por la canalización de la
vida y del tiempo. En la oración
debemos tener en cuenta todas estas dimensiones
y proponernos la fidelidad a Dios y a
caridad atenta.
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