Celebrar el adviento, leyendo a Isaías

El Adviento inicia el año litúrgico.

Es un tiempo de vigilancia, una actitud de fe, propicia oportunidad para llegar a una comprensión y percepción de la presencia del Señor en los sacramentos, en su palabra, junto con la comunidad cristiana. Clarificar nuestra fe equivale a descubrir al Señor presente en nosotros.

La vigilancia no debe entenderse solamente como defensa ante el mal que nos acecha, sino como una espera confiada y gozosa de Dios, que nos libra aquí y ahora. La vigilancia es una sana atención hacia el paso del Señor por nuestras cosas y casas.

Adviento es una actitud de pobreza espiritual, es decir, tiempo de conversión. Pobreza espiritual es aquella actitud de sentirse necesitado de Dios, que nos ilumina y fortifica. Es la disposición para acoger cada una de sus iniciativas. “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22). La multiplicación de las relaciones mutuas por el progreso técnico no lleva al hombre a la perfección del coloquio fraterno. En el misterio de la encarnación el hombre es donde descubre su verdadera imagen y su pertenencia a un mundo nuevo, cuando nos abrimos a Cristo. El viene para todos, pero ya los profetas vislumbraron su irrupción en la historia humana.

Isaías nos desvela modalidades de vivencias, que Dios nos posibilita y ayudan a valorar este tiempo de espera del Señor en nuestras vidas.

 

1. Is 2,1-5:

v.4: “De las espada forjarán arados; de las lanzas podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra”.

Los caps. 2-4 forman una pequeña colección de oráculos de Is, que pudieron existir antes en una compilación separada, lo que parece indicarnos que esta sección es históricamente independiente de los oráculos del cap. 1. Is 2-4 canta la presencia de Dios en Jerusalén, centro universal de los pueblos.

Este texto encaja en un lenguaje posterior a Isaías, y con los salmos sobre Jerusalén. Históricamente habría que situarlo en el contexto de la reforma litúrgica de Josías, rey que la promovió. De hecho, Is 2,1-5 confirma conexiones con Is 9, 1-6; 11,1-5; Miq 5,1-5. Se enfatiza la centralización el culto en Jerusalén, es decir, en el templo. Más tarde la unidad ha recibido retoques redaccionales, como se aprecia en el v. 5.

El profeta se proyecta mentalmente hacia los tiempos mesiánicos, e identifica el monte con el templo de Dios, en el cual se reunirán todos los pueblos, presentando un universalismo religioso en toda su amplitud. Isaías adopta un lenguaje poético y describe dicho tiempo mesiánico como una paz total en un desborde de imaginación oriental.

He aquí otra muestra:

2. Is 11,5-9:

“Entonces el lobo y el cordero irán juntos, y la pantera se tumbará junto al cabrito, el novillo y el lobo engordarán juntos, un chiquillo los pastoreará… El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en escondrijo de la serpiente... porque el país se llenará de conocimiento del Señor…" Son imágenes para expresar la paz total, suprema ansia de todos los corazones en todos los tiempos.


Isaías nos ofrece otro destello de su clarividencia cuando proclama:

3. Is 9,1-2:

“El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa, los que habitaban en un país de sombras se inundaron de luz. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: gozan en tu presencia…”.

Esta palabra lejana en el tiempo, pero tan cercana en nuestras inquietudes, pues las verbaliza magistralmente, la podemos gozar y revivir en el culto, en la celebración de los sacramentos con los hermanos en la fe; aquí descubrimos el rostro de Cristo, y al mismo tiempo se nos posibilita una comprensión plena de nosotros mismos. El culto, es decir, la presencia de Dios a través de su palabra, nos otorga una “paz plena”, es decir, armoniza y clarifica las esferas más personales y profundas de nuestra personalidad. Nos reconcilia con nosotros mismos. “De las espadas forjaremos arados…”, es decir, podemos cambiar situaciones que creemos insuperables e intocables, cuando nos fiamos de la palabra del Señor, que emana y fluye de su santuario, pero, sin duda, la vida de todos los días, ya fuera del templo, será la gran beneficiada de esta comunión con Dios.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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