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1Re
19, 19a. 11-13a:
Contiene una teofanía
de Dios al profeta Elías. La frase
que concentra la atención en esta
revelación es la “voz de una
brisa tenue”. Este modo de manifestarse
Dios reviste un cierto aire de polémica
con la religiosidad cananea, donde destacaban
los fenómenos atmosféricos
como modalidad de la manifestación
de la divinidad. Esta acotación indica
una nueva forma de revelarse Dios, y supone
un distanciamiento frente a las teofanías
del entorno de Israel. La asociación
con el recuerdo de Moisés (Ex 33-34)
sirve para ilustrar la trascendencia de
Dios, postura que contrasta con la situación
histórica de Elías, de ahí
que éste tenga que cubrirse el rostro.
Otro texto que ayuda a conocer el ambiente
de esta escena es Ex 33,19.22, que facilita
un paralelismo con 1 Re 19,11, concretamente
el referido al “pasar” de Dios
ante Moisés y Elías en el
momento de manifestarse. El concepto del
“paso” de Dios es utilizado
en clave sacerdotal por la elaboración
deuteronomística.
La narración se halla, pues, anclada
en un contexto de oposición a la
cultura reinante en esta época, la
cananea, que conllevaba un enfoque naturalista
de la vida. El rechazo de Elías de
tal enfoque le supuso persecución
por los suyos, concretamente de la reina
Jezabel, que lo buscaba para matarle. En
este desconsuelo Elías recibe la
visita de Dios, que le habla como a un amigo
con calma y pacíficamente, en un
“susurro” o “suave brisa”.
Lectura cristiana:
¡Bella escena! Uno siente que se acabe,
pero sirve de paradigma para intentar observar
cómo se descubre a Dios en la vida
del creyente: no en la distancia, simbolizada
con los fenómenos atmosféricos,
sino en la cercanía personal, habla
y escucha, trayendo calma y paz en las pruebas
de la vida. Al Dios cristiano no le resultan
desconocidas las ansiedades de los suyos,
sino que los rodea con su “susurro”
continuamente para que prosigan su camino
hacia el Horeb, como Elías, es decir,
a no desmayar en nuestros empeños.
La “brisa” de Dios es ese aliciente
que nos acaricia en los desconciertos de
nuestro peregrinar.
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Sal 84,
9ab.10-14:
El Sal 84 refleja la esperanza postexílica.
Los repatriados se habían dejado
influenciar por la idolatría, los
inquietantes abusos de poder y corrupciones,
criminalidad y otras debilidades. De ahí
que fuese necesaria la propuesta de una
“utopía” de ideales
en el espíritu, ya conocido en
el Dt-Is. La ausencia de referencias al
templo puede ayudarnos a situar este salmo
en tiempos de Ageo, Tercer-Is y Primer
Zacarías.
El Sal. gira en torno a palabras-claves,
dispuestas estratégicamente en
el cuerpo del Sal: “fidelidad”,
“tierra”, “salvar”,
“justicia”, “paz”,
“dar”, “ira”,
“verdad” (en sentido bíblico),
etc.
El Sal. proporciona un clima dulce y
afectuoso, y el poeta intenta crear desde
el principio una atmósfera de paz,
que alcanza su culminación en el
oráculo final. Existe una visión
optimista de la existencia, razón
por la cual “nuestra tierra”
se convierte en la “tierra de Dios”.
Surge así el signo de un universo
reconciliado con Dios y cuidado por Él.
Dios muestra también su ira, juicio,
tempestad, etc, pero en este salmo se
revela como palabra de amor susurrada
al corazón del pueblo perseguido
y ahora liberado.
Perfil
cristiano: Frente
a las durezas de la vida, a los cambios
de escenarios históricos, o de
ánimo el Sal nos descubre una presencia
armonizadora, es decir, a Dios, que simplemente
nos pide que le escuchemos, pues “está
ya cerca de sus fieles”.
Rom 9,
1-5:
Continúa la carta
del apóstol Pablo a la comunidad
de Roma. Después de haber hablado
de la salvación para todos los
hombres en Cristo Jesús (Rom 1-8),
Pablo llega a la cuestión de Israel.
Es el drama del apóstol, en cuanto
hebreo que era antes de la conversión.
El pueblo hebreo ha sido elegido por Dios
y consagrado por Él. La iglesia
no puede olvidar que a través de
Israel ha llegado Cristo.
Mt 14,
22-33:
Jesús camina sobre
las aguas. Mientras que Mc le confiere
un aspecto epifánico, en cuanto
que Jesús manifiesta su identidad
trascendente, Mt infunde al fragmento
un enfoque más eclesial. La barca
simboliza la iglesia en su difícil
nagevación a través del
mundo agitado. Como los hebreos fueron
acompañados por Dios en la travesía
del desierto, así ahora la nueva
comunidad mesiánica es socorrida
por el Señor Resucitado, que calma
el viento y sube a la barca. Con la presencia
del resucitado y Pedro en la barca la
iglesia puede caminar confiada. La frase
“ánimo, soy yo, no tengáis
miedo” constituye el centro del
relato, donde se revela la dignidad divina
de Jesús y su señoría
sobre los elementos naturales desencadenados.
Después de la multiplicación
de los panes, donde Jesús muestra
su mesianidad, el presente prodigio revela
su poder sobrenatural, pero también
la fragilidad de los discípulos,
que dejados solos, comienzan a debilitarse
en la fe. Jesús los socorre, y
creen ver un fantasma como en la resurrección,
cuando se les aparece (Lc 24,37.39).
Mensaje
eclesial: El Señor como
resucitado camina en medio de los creyentes.
No pide saltos impetuosos, semejantes
al de Pedro, sino descubrirlo como dominador
de las fuerzas adversas, como esa presencia
cercana. Sólo así mantendremos
la calma y la serenidad en las circunstancias
oscuras. Sabedores de su interés
por nosotros navegaremos en silencio y
prontitud, superando tempestades personales
y eclesiales.
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