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Is
55, 1-3:
Coincide con Is 55, que
suele ser considerado como el epílogo
del Dt-Is, donde se encuentra la temática
del nuevo éxodo, la eficacia de la
palabra, la trascendencia de Dios, que superando
todo, puede cambiar las circunstancias históricas.
Por otra parte, es visto como la continuación
normal del libro de la consolación,
según el cual el Siervo de Dios restaurará
Jerusalén, símbolo del pueblo
elegido, rodeándola de su favor.
Hoy el profeta insiste en la invitación
a los exiliados a alimentarse de su sólida
enseñanza, que procura la vida en
su plenitud, y que antaño fue el
privilegio de David. Todos los bienes vivificantes
son ofrecidos gratuitamente. En este sentido
todos los exiliados son animados a incorporarse
a la nueva comunidad mesiánica, aunque
carezcan de medios, moral y materialmente;
la única condición para entrar
en esta comunidad es la fidelidad y obediencia
a Dios. El profeta recuerda al pueblo su
llamada especial, que comporta una vida
según los criterios divinos. Dios
una vez más se mezcla con las angustias
históricas de su pueblo, esta vez
el destierro en Babilonia, para que tome
conciencia de su partencia a Dios y el interés
del Señor por él, aunque tal
tesitura no le ahorra riesgos y exigencias.
Esta cercanía divina se confirma,
y en tal sentido el profeta recuerda la
alianza davídica, que desvela ahora
su vigencia y eficacia, al favorecer el
regreso a la tierra prometida.
El doble
nivel cristiano: La perspectiva
histórica y futura se interfieren
mutuamente. El profeta apremia a que busquen
los bienes verdaderos, aquellos que sacian
profundamente nuestra sed en un ambiente
de difidencia frente a Dios, a quien acusaban
de haberlos abandonado a merced de sus enemigos.
Estamos en una tesitura de increencia, marcada
por el distanciamiento ante la esfera divina,
y precisamente aquí llega el mensaje
del profeta, que ayuda abrirse y confiar
en Dios, en cuanto que puede saciarnos gratuitamente.
La misericordia dispensada a David la continúa
ahora en cada creyente, allí precisamente
donde surge la soledad de la existencia,
el creerse desamparado y a la intemperie.
¡Descubramos esta sinceridad de Dios
en la palabra profética de hoy, pues
es gratuita y sacia nuestras angustias cotidianas!
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Sal 144,8-9.15-16.17-18:
El Salmo responsorial corrobora esta
certeza. Se halla este salmo acróstico
en la pequeña colección
de David (Sal 138-144), y abre el horizonte
solemne de la parte final del salterio.
Es definido como un himno de “alabanza”,
centrado en Dios, como rey y dueño
del espacio y del tiempo, y se desglosa
en una inagotable secuencia de atributos
divinos que expresan su inabarcable bondad
y grandeza. Su soberanía la ejerce
sobre la creación con su providencia.
La ternura y el corazón de Dios
prevalecen en su gobierno y juicio. En
todas sus obras es posible encontrar una
huella que habla de El en términos
de bondad, amor y gloria efusiva.
El Salmo suele ser estructurado en cuatro
estrofas: primera: v.3-6, segunda. v.7-9;
tercera, v.11-13, cuarta: 14-20, articuladas
con el prólogo (v.1-2), interludio
(v.10), epílogo (v.21). Como se
puede observar, la liturgia no lo ofrece
entero.
El Salmo canta al Dios de la ternura,
que cuida de todas sus criaturas. Toda
la plegaria está impregnada de
alegría, esperanza, alabanza, y
sostenida por la certeza que el justo
está en las manos de Dios y ningún
tormento lo alcanzará (Sab 3,1).
Lectura
cristiana: Es
un canto al Dios cercano a quien lo invoca,
pues escucha los deseos de aquellos que
confían en Él. San Bernardo
afirmaba que “es necesario que el
alma justa ame a Dios con un amor inmenso
para que ésta pueda descansar plenamente
en Dios, y esto es obra del Espíritu
Santo”. El salmo nos anima a abrirnos
a este Dios que nos contempla en tal tesitura,
y esta vivencia la debemos estrenar constantemente.
¡Jamás contemplaremos plenamente
esta cercanía divina a nosotros,
pero intentémoslo junto con los
hermanos en la liturgia!
Rom 8,35.37-39:
Sabe a un himno de triunfo
en medio de tantas fragilidades que rodean
al apóstol, y se convierte también
en un canto de victoria para tantos cristianos
que se reflejan en él. San Pablo
alcanza precisamente en su presentación
de la fuerza del evangelio en Rom 5-8
un momento cumbre. El crucificado, como
Hijo de Dios, ha desvelado la realidad
del amor de Dios hacia el creyente, y
éste constituye el fundamento de
la seguridad que muestra San Pablo. Después
de haber ofrecido una sinfonía
de motivos sobre la justificación
y la gracia en esta parte central de la
carta (Rom 5-8) concluye ahora con este
enfoque totalizante: el hombre, el creyente,
está rodeado de este amor manifestado
en Cristo, que nos hace criaturas nuevas,
y aleja tantas cadenas de miedos que a
veces nos empequeñecen y fragmentan.
El apóstol
habla desde la certeza del amor de Dios
Padre revelado en Cristo, y que el Espíritu
nos ayuda a descubrir aquí y ahora
esta perspectiva de fe que inunda todo
nuestro ser. Este se nos da en el Espíritu
de manera estable, y no hay mejor consolidación
de la vida cristiana que remitirse a este
amor, y sentirse “amados de Dios”
(en sentido pasivo) ¡Magnífico
horizonte vital!
Mt 14,
13-21:
Todos los evangelios
narran la multiplicación de los
panes. Quizás tradiciones evangélicas
se han formado sirviéndose de la
narración del milagro de Eliseo
(2 Re 4,42-44), que presenta numerosas
trazas afines, aunque más reducidas:
el profeta sacia cien hombres con veinte
panes, mientras que Jesús sacia
a cinco mil con cinco panes y dos peces.
El sentido mesiánico deriva de
la asociación con el prodigio del
maná (Ex 16,4-35). También
Jesús se encuentra en el desierto
con una multitud hambrienta, y como Moisés
se había preocupado del pueblo
en la salida de Egipto, ta su vez Jesús
acoge con compasión y cura a los
enfermos. El sentido eclesial se subraya
con la mediación de los discípulos,
que distribuyen el pan a la multitud.
El significado Eucarístico, más
claro en Jn, igualmente se evidencia en
los sinópticos en la descripción
del milagro con una terminología,
como “partir”, “dar”,
“cuando se hizo tarde”, etc.
Estamos, pues, ante un “hecho”
de Jesús profundamente arraigado
en la tradición bíblica
veterotestamentaria.
Lectura
cristiana:
Como hemos visto en las lecturas del AT
de hoy, Dios se anticipa a nuestras situaciones
reales; nos acompaña en nuestro
caminar tantas veces extenuante. Hoy en
nuestras celebraciones eucarísticas
Cristo es el pan que sacia todos nuestros
gustos (parafraseando al libro de la Sabiduría),
es decir, el arco de nuestra existencia,
alivia nuestros sufrimientos, anima nuestro
espíritu, sana nuestras dolencias,
alimenta nuestra vida, etc. Pero siempre
toma Él la iniciativa, abre espacios
de consolación y suscita esperanza
en la vida, no obstante la “dureza
de la travesía del desierto”.
A nosotros sólo se nos pide que
acojamos este pan eucarístico con
fe junto a los hermanos en el seno de
la iglesia.
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