|
Sab
12, 13. 16-19:
Este texto se halla en
la tercera parte del libro de la Sabiduría,
es decir, después de la gran reflexión
sobre la sabiduría divina en sí
misma (Sab 7-9); ahora el autor se detiene
sobre el modo cómo ésta es
ejercida por Dios en la historia humana.
El género literario ahora es el midrash,
vale decir, un comentario sobre las circunstancias
que vive el autor, pero a la luz de la palabra
divina. La lectura de hoy pertenece a una
de las dos grandes digresiones: una en torno
a la misericordia y omnipotencia divina
(Sab 11,15-12,27), y otra sobre la idolatría
(Sab 13-15).
Los términos de perdón,
compasión y misericordia constituyen
el núcleo de esta perícopa
de Sab 12,8-18. El autor contempla la creación
como una manifestación del poder
de Dios, y conoce las criaturas, pues lo
más recóndito del corazón
humano está ante su presencia. Ama
a sus criaturas y lo muestra en su compasión,
no obstante a veces la dureza del corazón
humano. Dios ejerce su poder con misericordia
y amor. Frente a las apostasías de
los judíos en medio de un mundo helenista
de la época del autor, éste
desvela que Dios actúa con criterios
bastante diferentes a los nuestros, es decir,
con indulgencia y dando ocasión para
repensar errores cometidos. La última
palabra la tiene el perdón divino
y no la arrogancia humana.
Ilustración
lúcida de tantas y tantas situaciones:
Este autor nos sitúa en la época
helenista, ya que estamos en el s. I a.
C, donde el hombre de entonces desplegaba
su poder con el ejercicio del poder con
audacia, no dejando espacio a la incidencia
de los dioses, ensalzaba la fuerza de la
razón, y existían conversiones
hacia la nueva cultura del iluminismo antropológico.
Pero el autor descubre la dulce esperanza,
en cuanto que en este ámbito es posible
repensar las cosas frente a la ceguera de
tanta razón o sin razón. Sólo
Dios ofrece esa posibilidad revisarnos,
y entonces se descubre el criterio definitivo
coincide con el arrepentimiento, con la
sensatez a la hora de valorarnos. ¡Consejo
válido para aquel tiempo y también
en nuestros días!
|
Sal 85,5-6.9-10.15-16:
Es un canto a la bondad de Dios, que
desencadena una confianza inasible. Es
un salmo sereno, y considerado como un
fruto tardío de la poesía
sálmica, donde el orante dentro
de un marco lamentativo se sincera ante
Dios. El Sal está compuesto de
tres partes: la súplica coincide
con los v.1-7, sigue una alabanza (v.8-11),
y se concluye con una acción de
gracias (v.12-14). Lo específico
estriba en la añadidura (v.14-17)
con la presencia de una lamentación
y amplia súplica, las cuales tienen
como objeto una nueva aflicción,
hasta ahora no mencionada.
El núcleo del Sal gira en torno
a la confesión de la propia insuficiencia,
y de ahí el deseo de estar cercano
a Dios para que le enseñe el camino
de la vida, la fidelidad y la verdad.
Sólo desde esta realidad necesaria,
desde el temor de Dios, se obtiene la
sabiduría de la existencia, y a
partir de esta profunda vivencia se comprende
la bondad de Dios, que ha librado al orante
de las profundidades infernales del sufrimiento.
Lectura
cristiana: Aunque
la liturgia se fija básicamente
en alabar al Dios compasivo y misericordioso
en conexión con la primera lectura,
es necesario indicar que aquí el
orante gracias a la bondad de Dios hacia
él no da rienda suelta a la venganza
y amargura frente a sus enemigos. Tal
actitud interior sólo ha sido posible
gracias a la auto- superación que
le ha sido dada por Dios, es decir, se
ha fiado plenamente a las sugerencias
divinas. ¡Magnífica receta
para muchas de nuestras situaciones, donde
reina el desasosiego debido a nuestro
entorno!
Rm 8, 26-27:
Una perla paulina sobre
el Espíritu. Aquí Pablo
describe otra dimensión del Espíritu
en nuestra conciencia de creyentes: orientar
nuestra oración para que tomemos
conciencia de cuanto nos conviene. Estamos
a un nivel genuino de fe, y se supone
un proceso de purificación y confianza
en Dios Padre, revelado en su Hijo único.
Literariamente este texto pertenece a
una sección centrada en el sufrimiento
a la espera del Señor (Rom 8,18-30).
Pablo en la segunda parte (caps. 5-8)
con un lenguaje espiritual alcanza un
punto culminante: El crucificado en cuanto
Hijo de Dios desvela la realidad del amor
de Dios, que comprendemos gracias a la
ayuda del Espíritu. La vivencia
personal nos ayuda a superar los sufrimientos,
debilidades, miedos, y flaquezas psíquicas
y físicas, y, además, nos
dispensa la certeza de que somos escuchados
en nuestra súplica.
Nivel cristiano:
Aquí nos hallamos en una esfera
simplemente de fe, es decir, vernos en
nuestra vida diaria desde la perspectiva
que Dios Padre ha desvelado en Cristo
por medio del Espíritu, y ¡que
es real! en el momento que nos dirigimos
a Dios con nuestras súplicas, el
cual nos lleva por sendas según
su designio. ¡Hermosa aventura humana
y espiritual!
Mt 13,
24-43:
Seguimos en Mt 13, es
decir, en el capítulo de las parábolas
sobre el reino de Dios. Este domingo nos
ofrece tres. Jesús compara el reino
de Dios a la buena semilla en el campo,
a un grano de mostaza, y a la levadura.
Se detiene más en comparar el reino
de Dios con un “hombre que ha sembrado
buena semilla en su campo, mientras todos
dormían….”. Jesús
afirma que el campo es el mundo, y que
en este viven juntos los hijos del reino
y del maligno. Alguien querría
arrancar en seguida la cizaña,
es decir, los impacientes que se creen
justos, y que desean hacer limpieza ya.
Como nos recuerda el libro de la Sabiduría
hoy y el salmo responsorial, Dios es paciente,
lento a la ira, rico en piedad y leal.
A todos concede el tiempo para cambiar
y revisarse, ya que sólo al final
de la vida nos juzgará. La enseñanza
de Jesús sobre la realidad del
reino se trasforma en una paránesis
a fin de advertir a los cristianos laxos,
poco caritativos e indulgentes con los
demás, dentro la perspectiva del
juicio, pero sólo a Dios pertenece
la sentencia.
Insistencia
de las parábolas: Quien
se deje iluminar por la fuerza de la palabra
sembrada en su vida se trasforma en hijo
de la luz, y sólo así se
puede proyectar luz sobre los demás.
Vivir anclados en prejuicios puristas
no favorece el resplandor de Dios sobre
la faz de la tierra, pues la dimensión
y característica de la presencia
de Dios en la historia excede unas valoraciones.
¡Dejemos a Él la última
palabra!
|