Décimo quinto domingo del tiempo ordinario

Is 55, 10-11:

Es un canto a la fuerza de la palabra de Dios, una palabra viva y llena de vigor en el arco de la existencia histórica del hombre. Este texto hay que situarlo en el ámbito del Dt-Is de la liberación de los exiliados de Babilonia, pero su mensaje excede estas circunstancias históricas, ya que en el NT Jesús de Nazaret encarnará esta palabra divina, venida a la tierra para realizar en la tierra el favor de Dios hacia el hombre.

El profeta está pensando en un periodo de gracia y reconciliación para su pueblo después del desastre del exilio. Este mensaje exultante no conviene separarlo de los versículos anteriores, donde se puede observar cómo Dios planea la historia un tanto misteriosamente para nosotros. Nuestros cálculos humanos un tanto o un mucho estrechos no alcanzan a escudriñar sus intenciones por mucho que nos empeñemos. Los designios de Dios sobre las situaciones históricas quedan fuera de nuestra óptica de comprensión, y hoy se enfatiza que sus miras se descubren en su palabra, cuya eficacia es comparada con la lluvia, donde a la larga produce sus frutos, y como en este caso que su palabra es eficaz en la liberación del pueblo.

Una buena oportunidad para detenernos sobre la incidencia de la palabra divina para nuestra fe, en cuanto es capaz de comunicarnos cuanto Dios piensa sobre nosotros y de trasformar nuestra vida. Pero es menester recordar que todo el arco emocional e histórico puede quedar iluminado por esta palabra divina que viene de lo alto; de ahí la necesidad de confrontar todas nuestras vivencias con ella.

 

 

Sal 64, 10-14:

Es la segunda parte de un himno, donde se alaba a Dios en templo en la liturgia del templo de Jerusalén por las cosechas y la lluvia primaveral. De las tres partes en que se puede dividir el Sal, la tercera corresponde a la sección utilizada en el culto de este domingo, donde se enfatiza el cuidado que Dios tiene con la tierra. Sobre un fondo de la geografía palestina, donde en la primavera a causa de la lluvia la tierra se cubre de verde, el salmista califica esta agua como la “visita” de Dios, una visita que denota el aspecto benéfico y amoroso de la generosidad divina, el don de la tierra cantado en Dt 8. La lluvia simboliza este amor.

Para el hombre oriental la creación no es el mundo en sí, sino el ambiente natural del hombre en un triple plano: cósmico, político y social. El Sal 64 en este sentido coincide con una alabanza, en cuanto que expresa una tesitura primaria del hombre, y como criatura racional eleva su acción de gracias a Dios, a este Dios que se vuelca en bendecir al hombre con los bienes de la tierra. Las acciones de Dios se describen con siete verbos en forma paradigmática, y ante esta bendición divina surge la alegría del hombre. El cariño de Dios se nota en tantos detalles, por eso el salmista se contagia y desborda de júbilo.

Perfil cristiano: Quizás seamos a veces un tanto propensos a embelesarnos ante la naturaleza por sus maravillas, pero no se debe perder la perspectiva de fondo: como en el texto de Is el agua que fecunda la tierra es símbolo de la palabra de Dios, quien trasforma no sólo el ámbito de la naturaleza, sino que cambia también el corazón del hombre. Dios no es una consolación vacía, sino que su presencia trasforma nuestro interior, por eso nos rodea de sus favores y de ahí surge la alabanza, como sugiere el Sal 64. ¡Leámoslo con sosiego!

Rm 8, 18-23:

La liturgia continúa ofreciéndonos la carta de Pablo a la comunidad cristiana de Roma. El fragmento reflexiona sobre la condición actual del mundo en relación a la cercanía de Dios, ya visible en Cristo, pero en espera de un mundo nuevo. Toda la creación está sometida a la “caducidad”, pero nutre la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción para “entrar en la libertad de los hijos de Dios”. Este proceso se ha iniciado ya en cada uno de nosotros, los creyentes, y ciertamente Dios guiará la historia hacia su glorificación final junto con los hijos de Dios.

Enfoque cristiano: Nada de un mundo cerrado en sí mismo, que tiende a sofocar y ahogar cualquier atisbo de sufrimiento. Este pone nerviosa a la persona, porque lo “natural” según ciertos criterios es el gozo, o dicho con palabras más actuales, el hedonismo. Pero los sinsabores existenciales o látigos corporales no se quitan fácilmente de encima, nos acompañan como nuestra sombra. San Pablo en el v.18 nos recuerda que no hay proporción entre el sufrimiento actual y la gloria futura, magnífica sugerencia que nos ayuda a vernos con más serenidad y realismo, y a no asustarnos y resquebrajarnos ante nuestros dolencias o frustraciones. La palabra última no es el sombrío horizonte imaginado, cuando no se tiene esperanza, sino la “redención de nuestro cuerpo”, pero aquí y ahora en la fe, y lo podemos lograr en parte.

Mt 13, 1-23:

Una parábola que nos sabemos de memoria. Mt 13 es llamado como el capítulo de las parábolas, y hoy se nos ofrece la del sembrador. La experiencia del declinar del prestigio personal de Jesús es compartida por sus discípulos, y participan también de su crisis y rechazo. En la óptica de Mt se intenta animar a los discípulos a la confianza, no obstante las dificultades. La explicación trasforma la parábola en alegoría, aplicándola a las diversas actitudes de los oyentes entonces y ahora.

La palabra divina a veces la imaginamos más sublime y quisiéramos que por arte de magia respondiera inmediatamente a nuestros deseos, pero ¡no!, sino que suele acompañar nuestra evolución personal, purificándonos de nuestros miedos e infundiendo energías a nuestro caminar.

Mateo ha enriquecido la enseñanza de Jesús en ocasión de la crisis galilea con otros contenidos doctrinales para dar una información completa sobre la realidad del reino, que se manifiesta progresivamente en la comunidad cristiana.

Reflexión en torno a palabra de Dios: Es la esfera externa a nosotros, que puede iluminar nuestras vivencias, pero frecuentemente crea interrogantes o no se le da cabida; dicho con palabras más llanas, suscita crisis, rechazos o indiferencias más o menos confesadas o disimuladas. Pero conviene recordar que la palabra divina respeta muy mucho nuestra “intocable” libertad, no se impone, sino que nos acompaña pedigüenamente, pero ¡nos alegra en nuestro caminar y el corazón!, cuando la escuchamos.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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