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Zac
9, 9-10:
Nos hallamos ante un fragmento
claramente mesiánico con tintes insólitos
dentro del AT, pues solía predominar
en la vertiente oriental el conquistador
arrogante y dominador. En el ámbito
del AT los cánticos del Siervo de
Dios del Dt-Is presenta rasgos parecidos,
y en este sentido se puede entrever que
las revelaciones mesiánicas se van
matizando continuamente en el curso de los
libros proféticos. Este vaticino
de Zac 9,9-10 creaba cierto desconcierto
en la mentalidad judía, pues no se
imaginaban un Mesías triunfando por
medio de la modestia y humildad. Pero aquí
una vez más tenemos la palabra divina,
facilitando sorpresas, y será el
NT quien aproveche tal vaticinio para presentar
a Cristo como rey pacífico y universal,
que cumple las promesas del AT, al inaugurar
un reino de paz, mansedumbre.
No conviene olvidar que este oráculo
mesiánico coincide con el Deutero-Zacarías,
una ya época tardía de la
profecía, donde se tiende enfatizr
sólo la acción de Dios frente
la colaboración humana en los planes
divinos con los consiguientes rasgos escatológicos,
y a excluir las mediaciones de los agentes
humanos. De ahí el gran optimismo
del profeta ante el futuro reino bajo la
égida del Mesías, que aliviaría
el sufrimiento del pueblo que sigue esperando
en la venida del Mesías, que renunciará
a la fuerza de las armas y procurará
la cercanía de Dios a los humildes,
es decir, a aquellos que se fían
exclusivamente de Dios.
Vertiente
cristiana: Asistimos
a una transformación en el pensamiento
profético, que se ajusta a las necesidades
espirituales y vivenciales del pueblo elegido.
En este caso se subraya que el Mesías
mirará a los ojos de cada uno y sabrá
leer los sufrimientos de cuantos creen en
El, procurándoles una respuesta adecuada
y otorgándoles el aliento que necesitan
para caminar sin sobresaltos y anímicamente
serenos.
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Sal 144,8-11.13-14:
Explicita el mensaje de Zacarías,
insistiendo en este caso en la bondad
de Dios “en todas sus acciones”.
El Sal 144 literariamente corresponde
a un himno alfabético, el último
del salterio que adopta esta modalidad,
para expresar una totalidad desde la “a”
a la “z”, la totalidad de
Dios, que según el orante es “insondable”.
El Sal tributa a Dios una alabanza, que
encuentra su apoyo en la confesión
de Dios, en sus cualidades, acciones y
obras divinas.
Para describir a Dios adopta variados
títulos, como: “Dios mío”,
rey o monarca, en un momento en que no
hay independencia nacional, siendo rey
de todos sus fieles. Estos títulos
divinos se complementan con las facetas
divinas, que siempre tienen una relación
con el orante: Dios es grande (3), clemente
y compasivo, paciente y misericordioso
(8), bueno (9), justo y leal (17), cercano
(18). Dios en sí mismo muestra
su grandeza (3), poder (4), honor y gloria
(5), fuerza y grandeza (6), bondad (7),
compasión (9), gloria y poder (11),
santidad (21). El orante ante este espectáculo
se concentra en ensalzar, bendecir, alabar,
ponderar, confesar, anunciar, dar a conocer
a Dios. Su alma se queda pequeña
para verbalizar la vivencia de Dios en
su vida.
Lectura
cristiana: Es
conveniente leer todo el salmo para empaparnos
bien del ánimo que lo envuelve,
es decir, el modo cómo Dios se
desvela ante quien se fía de ÉL.
El Sal nos posibilita una contemplación
personal de Dios, que abarca variadas
facetas. Las palabras del santo de Hipona
nos ayudan a sintetizar el pensamiento
creacional: “Y así, contemplando
la hermosura entera de este mundo, su
misma belleza te responde: No me hice
yo, me hizo Dios”.
Rm 8, 9.
11-13 :
Rom. 8 es un contrapunto
al cap. 7, donde la “pobre criatura”,
el ser humano aún justificado por
Dios, se sabe liberado y sanado por Cristo
Jesús, en una vida donde su responsabilidad
consiste en “dejarse conducir por
el Espíritu de Dios”. En
los escritos paulinos el “Espíritu
de Dios” no es una fuerza impersonal
que coincida con Dios, sino sujeto activo,
persona que tiene la naturaleza divina
y desde Dios actúa como una fuerza
en los bautizados, habitando en ellos,
fortaleciéndolos e iluminándolos.
La dialéctica
vital en la fe: San Pablo afirma
magistralmente que el justificado no tiene
nada que ver con la dimensión caduca.
Quien se siente justificado por Dios en
Cristo asiste en su interior a una trasformación
personal que afecta incluso a su cuerpo
físico hasta convertirlo en un
cuerpo de rasgos de resucitado, en cuanto
que vive la vida nueva. Quien se fíe
del Espíritu de Dios irá
descubriendo continuamente sorpresas en
sí mismo, sorpresas que desvelarán
la dignidad de ser persona, y criatura
de Dios. Quien, por el contrario, borre
la huella divina o la ahogue, obedecerá
a su sensibilidad a veces un tanto limitada
e inconsistente, que se aprecia en tantos
momentos del peregrinar humano.
Mt 11,
25-30:
Mientras que las precedentes
perícopas se caracterizaban por
el rechazo encontrado por Jesús
debido a su obra, la atención se
dirige ahora a quienes le acogen. Una
sección agitada y polémica
encuentra un epílogo positivo,
donde se califica la obra de Jesús
como revelación. El texto es uno
de los más discutidos de la tradición
sinóptica, ofreciendo numerosos
estímulos, pero también
no pocas dificultades. El texto de hoy
se puede dividir en tres partes: v.26-27,
una alabanza a Dios, v. 27, donde Jesús
habla de una manera didáctica impersonal
de sí mismo, y , finalmente, los
v.28-30 se centran en aquellos que se
hallan agobiados.
Nos fijamos sólo en la tercera
parte, dada su conexión temática
con la lectura de Zac. Constituye una
unidad compacta, que descansa sobre tres
palabras claves: “peso”, “yugo”
y “reposo”. Esta serie escalonada
de “dichos” de Jesús
concluye, pues, con una concesión
al “reposo”. El corazón
humano encuentra sólo descanso
cuando acoge la bondad, incluyendo la
divina. Descubrir y vivir la cercanía
bondadosa de Dios es descubrir el don
de Dios en nuestras vidas.
La acogida
de Dios: La sabiduría
de la vida consiste en abrirse a Dios,
y habitualmente ésta no se halla
en la autosuficiencia del hombre, sino
en la confrontación nuestra “manera
de ver la vida” con la sabiduría
de Dios, que dona a su manera, es decir,
aceptando la luz divina, que se nos llega
a través de su palabra personal:
Cristo Jesús. Esta vivencia proporciona
un “descanso” profundo y confortante,
también a nivel corpóreo.
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