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Ex
19, 2-6a:
El texto de hoy está
encuadrado en los caps. de la alianza (Ex
17-24). Después de un largo viaje
por el desierto, salpicado de circunstancias
adversas y desfavorables, el pueblo llega
al Sinaí, lugar de un significado
especial para la historia de Israel. Pero
no conviene perder de vista la tensión
narrativa que se respira desde los primeros
acontecimientos narrados en este libro,
donde la iniciativa de Dios ha abierto los
ojos del pueblo por medio de su profeta
Moisés. Ahora se ponen los elementos
para que el pueblo comprenda su situación
ante Dios, y con calma se le recuerda que
lo sacó de Egipto “en alas
de águila” y traído
hasta este lugar. Libres de amenazas enemigas,
sociológicamente hablando, una vez
más se le dice que son “su
propiedad”, si guardan su alianza.
La lectura de hoy acentúa tres elementos
que condensan el pensamiento de esta alianza:
iniciativa de Dios-oferta-exigencia. Pero
en el fondo Dios crea nuevos espacios de
vida y comprensión, no fácilmente
asequibles al pensamiento humano.
La palabra nos muestra a un Dios muy
atento a los escenarios humanos del sufrimiento
de entonces, y, como más tarde nos
recordará esta misma palabra escrita,
será una constante actitud y mirada
de Dios, escenarios tantas veces surgidos
de los mecanismos humanos, y que se pueden
considerar a veces casi naturales. Aquí
tenemos como telón de fondo los trabajos
forzados de Egipto para levantar las pirámides,
que se contemplan hoy como maravillas, pero
no conviene olvidar otros lados no tan estéticos
que dieron origen a las mismas. El texto
se fija en una nueva tesitura: Dios está
con su pueblo, y puede ahuyentar peligros
semejantes, donde la persona cuenta sólo
por su capacidad muscular a servicio de
intereses ambiguos.
Apertura
del texto: Dios
suele precedernos en nuestros afanes y proyectos,
y la palabra divina hoy lo subraya: “Vosotros
mismos habéis visto cómo traté
a los egipcios”, “os saqué
en alas de águila”, y “os
traje hacia mí”, frases quizás
un tanto lejanas, pero que desvelan “una
presencia” invisible de Dios, pero
cercana, no reducible a nuestras categorías
de pensamiento o una cadena de casualidad.
Con este ropaje de lenguaje bíblico
se enfatiza que Dios escucha, asiste, libra,
compromete y se compromete. La elección
es una llamada, y la alianza no culmina
con una simple superación circunstancias
adversas o una relajación anímica,
sino en la apertura a los hermanos.
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Sal 99,
2-3.5:
Nos hallamos ante un himno procesional,
con dos partes bien diferenciadas: a)
v. 1-3 y b) v. 4-5; cada una está
compuesta de una invitación a la
alabanza, que a su vez argumenta.
Es un salmo sencillo, pero lleno de vitalidad,
ya que el orante reconoce la ternura y
la bondad de Dios. Comienza con una triple
confesión de fe, utilizando palabras
claves de la revelación bíblica:
alegría, pueblo y nombre de Dios,
bondad, misericordia, fidelidad. Con la
invitación a “reconocer que
el Señor es Dios”, se quiere
afirmar que la fe constituye una posibilidad
del conocimiento de la realidad, pues
Dios nos ha creado, y somos suyos. En
el v.5 se concluye con otra profesión
de fe, nuevamente concreta, en cuanto
que Dios nos ama y protege.
Proyección
de luz sobre nuestros pasos:
Ante la suposición de caminar sin
sentido en nuestra vida, el salmo 99 nos
ayuda a vernos en la esfera divina. Nada
de cuanto hacemos o sufrimos será
irrelevante, sino que el arco de nuestra
existencia gira en torno este amor de
Dios por cada uno de nosotros. Es un amor
fiel, que no se agrieta, recurriendo a
una imagen bíblica.
Rom 5,
6-11:
Otra página maravillosa
de San Pablo, donde el apóstol
subraya una vez más el actuar paradójico
de Dios hacia el hombre, entonces y ahora.
Es Dios quien elige y establece el tiempo
para mostrar su inalterable proyecto de
amor, ya seamos conscientes o menos de
la realidad que nos rodea.
Pablo conjuga dos conceptos claves en
estos versículos: reconciliación
y justificación, un tanto inseparables
para él. Pero el ex-fariseo la
salvación no es solamente perdón,
sino una regeneración, la entrada
en una tesitura, donde nuestra existencia,
modelada sobre el Señor resucitado,
puede verbalizar el sello definitivo sobre
nuestro aquí y ahora, caracterizado
por la fidelidad y la confianza en Dios
y en la persona, a pesar de nuestras ingratitudes.
La incondicionalidad
de Dios hacia nosotros: Se
oye hablar con una cierta frecuencia de
vivir una vida de “calidad”,
pero aplicado tantas veces básicamente
a aspectos de salud, o bienestar vital,
y un tanto cerrado a esferas que no encajan
con este perfil, es decir, la “cualidad”.
El mensaje del apóstol de hoy nos
recuerda que nuestra existencia la debemos
abrir a este “mirarnos” de
Dios con amor, dada nuestra incapacidad
para superarnos en nuestras derrotas o
fragilidades. Excluir esta esfera empequeñece
nuestros horizontes de vida, y la hacemos
sombría, es decir, sin “cualidad”.
Mt 9,36
- 10,8:
La lectura de hoy proporciona
un dicho de Jesús (Mt 9,36-38),
que actúa como un resumen sobre
su actividad anterior, centrada en curaciones,
preparando el enfoque del segundo gran
discurso del cap. 10. Nos encontramos,
pues, a caballo entre dos secciones del
evangelio. En palabras breves, se insiste
en que los colaboradores de Jesús
se deben caracterizar por la ausencia
de avaricia, y una total sobriedad y abandono
en la providencia divina. Se insiste en
la gratuidad, en cuanto debe ser el sello
de las relaciones humanas: con Jesús
se inaugura y estrena una nueva era del
amor de Dios, de un modo de ser y estar
en la vida, un amor gratuito y absoluto,
que cura, fortalece y anima la relaciones
entre las personas, infectadas tantas
veces de intereses. Una auténtica
laceración, que tanto daño
hace. Las curaciones de Jesús y
de sus discípulos miran a un reconocimiento
de la dignidad de la persona en todas
sus dimensiones, evitando enfoques unilaterales.
Y esta posibilidad no es factible con
el sólo esfuerzo humano, sino se
contempla en la cercanía divina
a cada uno de nosotros.
La Eucaristía
significa, entre otras realidades, esta
presencia de Cristo resucitado, donde
se muestra compasivo y misericordioso
con cada uno de los participantes, que
nos lleva a mirar a los demás y
a nosotros mismos la máxima de
la lectura de hoy: “Gratuitamente
habéis recibido, gratuitamente
dad”.
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